jueves, 25 de febrero de 2016

LA ENFERMERA QUE SE OLVIDO DEL MIEDO- Korea- Por Karl Detzer



La enfermera

que se olvido del miedo

Por Karl Detzer
Condensado de
«Everywoman's Magazine» 
 

EL 25 DE SETIEMBRE de 1950 hacía una noche desapacible y nublada en la Isla de Kyushu, la más meridional del archipiélago japonés. Soplaba un viento borrascoso y amenazaba lluvia. A las 3 de la madrugada el repiqueteo de un despertador rompió el silencio del alojamiento de las enfermeras en el aeródromo estadunidense de Ashiya, y Jonita Ruth Bonham empezó a vestirse apresuradamente.
Jonita Bonham es tenienta del Cuerpo de Enfermeras de la Fuerza Aérea estadunidense; tiene 28 años, cabellera cobriza, ojos azules muy separados y nariz respingona, todo lo cual hace de ella una linda muchacha. Ya vestida, fue a la cocina del alojamiento, calentó café y se bebió dos tazas del líquido cargado y negro.
En seguida, afrontando las arremetidas del viento,se hundió en las tinieblas y avanzó a buen paso hasta la oficina del aeródromo.Media docena de grandes  aeroplanos de trasporte con los motores en marcha trepidaban formados en fila para emprender el vuelo hacia Corea. Centenares de soldados, en su mayoría reemplazos recién llegados de los lejanos campos de instrucción, esperaban en pie junto a sus paquetes y sacos cuarteleros la llamada para su primer viaje al frente de batalla.
Para la tenienta Bonham aquel vuelo era rutinario. Llevaba tres meses en el puesto, como enfermera del Comando de Trasporte de Tropas. Volaba casi diariamente a Corea, donde ayudaba a llenar los aviones de heridos, a quienes hacía la primera cura y administraba plasma y morfina en el viaje de vuelta. En las últimas dos semanas había permanecido en el aire 245 horas y trasportado más de 600 bajas, a razón de unos 36 heridos por viaje. No había tenido días libres ni otro reposo que las tres horas de descanso nominal entre vuelo y vuelo.
En la oficina de operaciones Jonitá se reunió con sus compañeros, la capitana Vera Brown del Cuerpo de Enfermeras y un técnico de la sanidad militar. El avión que habría de conducirlos, un gran C-54 pilotado por el teniente Ward, estaba ya cargado de tropas y sus cuatro motores trepidaban suavemente.
¿Por qué no echan un sueño, muchachas?—preguntó Ward, a tiempo que señalaba a las mujeres dos literas situadas inmediatamente detrás del puente de vuelo. La capitana Brown se acostó en seguida. Jonita Bonham y el sanitario se sentaron en la litera baja. Los motores bramaron y el gran aeroplano se lanzó velozmente pista adelante. Llevaba a bordo 52 hombres y las dos mujeres.
A unos tres cuartos de kilómetro más allá de la pista, ya sobre las aguas profundas de la bahía, ocurrió algo que nadie ha podido precisar porque el piloto murió a los pocos segundos.
«El avión chocó violentamente contra el agua—dice Jonita—. No hubo tiempo para pensar . . . sonó un ruido espantoso y el aeroplano se sumergió en seguida. Me dicen que se partió en dos. Me encontré debajo del agua, luchando por subir a la superficie. No sé cómo acerté a salir. Sentí que alguien pasaba junto a mí y me dejaba atrás.en la ascensión. Y de pronto me vi nadando . . . no teníamos puestos los salvavidas. Encontré flotando un saco cuartelero y me agarré a él. Cerca de mí nadaban unos cuantos hombres; otros flotaban, terriblemente rígidos. Todo estaba oscuro, y durante el primer medio minuto, silencioso.»
Luego empezaron a oírse gritos de hombres en las aguas revueltas y negras que rodeaban a Jonita. El viento se llevaba sus voces roncas de miedo y dolor.
—¡Aquí hay una balsa salvavidas!
—gritó un hombre que estaba cerca de ella— ¿Cómo se infla ?
—Sácala de la funda—gritó a su vez Jonita—. Se infla por sí sola.
Un momento después la muchacha vio la silueta de la balsa bamboleándose en la cresta de una enorme ola. Nadó hacia ella y lo mismo hicieron una docena de hombre; uno que pasó junto a Jonita gritó: «¡Aquí está una de las enfermeras!» Y la muchacha sintió que un brazo la empujaba, hacia la balsa. Luego se agarró firmemente a una cuerda que colgaba de uno de los costados. Se sacudió el agua de los ojos y vio la negra superficie salpicada' de cabezas de nadadores. Se aproximó al más cercano, lo tiró hacia ella y le guió la mano a la cuerda. Después hizo lo mismo con otro y otro y muchos más.
—No recuerdo nada con claridad
—dice Jonita—. Sólo me acuerdo deque alguien me ayudó a alcanzar la balsa. No creo que pude ayudar a nadie.
Pero Percy Johnson, soldado de infantería curtido en el campo de batalla, que regresaba al frente, contó algo muy distinto en su informe oficial. «La tenienta Bonham asumió el mando—dice el informe—. Ninguno de nosotros llegó ni siquiera a imaginar que estaba gravemente herida. No dio la menor señal de turbación y dispuso las cosas con la mayor sangre fría. Todos los hombres obedecieron sus órdenes sin discutir. Ciertamente son muchos los que le deben la vida.»
Distinguió en las tinieblas otra balsa como a 20 metros de distancia y vio que varios hombres estaban trepándose a ella. Al fin, cuando se cercioró de que ya no quedaba nadando ningún soldado, permitió que la sacaran del agua fría y la izaran a la balsa.
No había rastro de Vera Brown ni del joven sanitario que había estado sentado con Jonita en la litera. Habían muerto instantáneamente en el choque. Cuando Jonita se tendió de espaldas en la atestada balsa, sintió dolor en la cabeza y el pecho, y náuseas. También el brazo izquierdo le dolía y al levantarlo le pareció observar que la muñeca se doblaba hacia un lado.
—Comprendí que estaba rotadice—pero ni siquiera tuve tiempo para pensarlo. Porque en aquel preciso instante uno de los hombres empezó a gritar: «¡Voy a nadar hasta la orilla a ver si consigo ayuda!»
Jonita sabía que tal cosa era imposible; el hombre estaba cegado por el pánico.
¡No te muevas de la balsa!— ordenó—. Estas aguas están llenas de tiburones. Además serías arrastrado mar adentro. Tranquilízate. Pronto llegarán los botes de salvamento.
Pero los botes no llegaban. Pasó una hora. Desde la costa nadie había visto la caída del avión en el agua. Otro aeroplanos despegaron después y pasaron zumbando por encima de las balsas flotantes pero sus pilotos no podían verlas en la oscura superficie del mar.
Los hombres de la balsa donde iba Jonita eran 17, en su mayor parte malheridos. Pero aun hacerles la primera cura resultaba imposible a causa del constante azote de las olas. Jonita, olvidando su propio dolor, procuró confortar a los heridos y, tener ocupados a los sanos en dar gritos a los de la otra balsa para no perder el contacto. De vez en cuando algunos náufragos impulsados por el miedo trataban de lanzarse al agua pero Jonita les hablaba hasta sentir que se le desgarraba la garganta, y mantenía así su valor y su determinación.
El avión había despegado a eso de las cuatro. Poco después de las seis uno de los náufragos de la otra balsa gritó: «¡ Veo una luz!»
Cuando su propia balsa subió a la cresta de una ola, Jonita vio en el agua el resplandor fugaz de una lucecilla amarillenta, muy lejana.¡Griten con todas sus fuerzas! —vociferó—    —¡Griten todos! ¡Todos a la vez! ¡Todos los de las dos balsas! ¡Griten sin descanso!»
Los que podían hacerlo aunaron sus voces en un potente grito que atravesó la oscuridad. La luz desapareció, volvió a brillar. Luego lanzó un gran destello en la dirección de las balsas.
La tenienta Bonham distinguió entonces la forma de un barco de pesca japonés con un proyector pequeño en la proa. Cuando el barco se aproximaba, unos cuantos hombres de la balsa se revolvieron confusamente para disponerse a saltar al barco salvador. Jonita los detuvo.
¡Nos van a volcar!—gritó¡Permanezcan quietos donden están! ¡Tiren este cabo al barco! ¡Muéstrenles dónde está la otra balsa! ¡Hagan que remolquen las dos balsas a tierra!
Jonita vio cómo los cabos de las dos balsas quedaban amarrados a la popa del barco y sintió el tirón cuando los pescadores arrancaron hacia tierra. Luego todo lo vio confuso. Cuando llegaron a la playa todavía conservaba el conocimiento aunque ya no podía sentarse.
Siguieron muchos meses de hospital. Jonita estuvo varias veces a las puertas de la muerte. Tenía una grave fractura del cráneo, un pómulo partido, un hombro roto, seis costillas fracturadas y algunos huesos rotos en la muñeca izquierda. Los cirujanos tuvieron que abrirle el cráneo tres veces para aliviar la peligrosa presión. Toda la vida llevará una cicatriz de tres centímetros en la mejilla.
—Me fue relativamente bien—comenta. Veintiséis de sus compañeros perecieron. Pero muchos de los otros 27 están con vida gracias a Jonita Bonham, la enfermera que se olvidó del miedo.

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