sábado, 27 de febrero de 2016

"MASADA NO VOLVERÁ A CAER"_-Por Paul Friggens 1968

 Estando sentados  en la cumbre del Monte Masada, en Noviembre de 2006, el guia nos dió una charla...y dijo: Saben, ¿Por qué los judios españoles prefirieron ser  quemados en la inquisición española y no luchar?--Porque el Templo de Jerusalén habíia sido  quemado,  y ellos preferían compartir igual suerte. .
En ese momento sentí en mi corazón unos deseos de llorar por la suerte de aquellos judíos españoles..
______________________________________________________________________________
"Masadá
no volverá a caer"

POR PAUL FRIGGENS

  Las ruinas de esta antigua fortaleza judía,
recientemente excavadas, evocan el recuerdo de una de las
resistencias más heroicas y sublimes que registra la
historia en sus anales, y son fuente de renovada
inspiración para los amantes de la libertad.

DESPUÉS de escalar, bajo el tórrido sol del desierto, la cumbre rocosa en que se asentaba una altiva fortaleza que dominaba el yermo de Judea y el mar Muerto, puse mi planta en el lugar donde se verificó el hallazgo arqueológico más importante de los tiempos modernos: Masadá. Este peñón de cerca de 500 metros de altitud es, ciertamente, uno de los sitios de la Tierra en que con más fuerza late el corazón de los seres humanos.
"Aquí mismo, hace casi 2000 años", dijo mi guía, "un puñado de héroes ofreció la más vigorosa resistencia de que hay memoria".
Y, mientras me acompañaba por entre las ruinas, me contó la siguiente epopeya:
La historia de Masadá remonta a la era pre-cristiana. Allá por el año 35 antes de J. C., Herodes el Grande, rey de Judea, erigió aquí una enorme fortaleza. Despótico y suspicaz, Herodes temía la rebelión de su pueblo, y más aun a que Marco Antonio, soberano de Judea, pudiera entregar esta provincia a Cleopatra, reina de Egipto. Hizo, pues, que su ejército levantase una elevada muralla, con 37 torres, alrededor de la cima, de nueve hectáreas de superficie. Aquel nido de águilas era un palacio semicircular de tres plantas, excavado en el precipicio norte de Masadá. Con sus lujosos baños cubiertos de azulejos, sus cámaras de techo apoyado en suntuosas columnas y sus paredes ricamente adornadas de frescos de vivos colores, proporcionaba al monarca comodidades sin fin y protección contra el viento del desierto y el candente sol. Allí, en gustoso aislamiento y completa seguridad, gozó de una existencia regalada hasta su inuerte, ocurrida cuatro años antes del nacimiento de Cristo. Legó su ciudadela a una serie de guarniciones romanas.

Flechas contra catapultas. El año 66 de nuestra era, después de un siglo de odiada dominación romana, los judíos se levantaron en armas. Roma despachó contra los insurrectos un ejército de 80.000 hombres que, al cabo de cuatro años de combatir con fiereza, aplastó la insurrección. Los romanos saquearon y prendieron fuego por los cuatro costados a Jerusalén, arrojaron los niños a las llamas y embarcaron a los sobrevivientes para Roma, donde los pasearon, encadenados, por las calles.
Es decir, todos, menos un millar de empecinados patriotas —entre hombres, mujeres y niños— que, acaudillados por Eleazar-ben-Ya'ir, se replegaron a la abrupta Judea y ocuparon a Masadá. Convirtiendo las ruinosas estancias de la ciudadela en albergue improvisado, los patriotas resistieron tres años, con increíble y hazañoso denuedo, a las poderosas huestes romanas. Por último, se reforzó a los sitiadores con los 5000 hombres de la famosa Décima Legión, mandada por Flavio Silva, con la consigna terminante de destruir la madriguera de aquellos tenaces rebeldes. Silva mandó rodear la cumbre de una muralla paralela de asedio y asaltó la fortaleza. En vano. Los patriotas se mantuvieron firmes.
Entonces, Silva ordenó un solo asalto en masa desde el oeste y dispuso la construcción de una rampa gigantesca para subir a las alturas de Masadá. Se forzó a millares de judíos hambrientos y enfermos a trabajar en la descomunal obra desde el alba hasta la noche, y con todo el calor del desierto. Los defensores
de Masadá hacían llover piedras y flechas sobre los sitiadores, consiguiendo retrasar el progreso de la obra. Inútil esfuerzo. Los romanos, al abrigo de sus catapultas, remataron la empresa. Silva emplazó un enorme ariete y principió a martillar implacablemente las defensas de Masadá. Por una brecha penetra- ron, tea en mano, los asaltantes para pegar fuego a la fortaleza. juzgando inminente su victoria, se retiraron a su campamento a preparar el asalto final y decisivo del dia siguiente.
El relato de los últimos días de Masadá está descrito con vívidos colores en las páginas del historiador judío Flavio Josefo, que, a la caída de Jerusalén en poder de los romanos el año 70 de nuestra era, se pasó al enemigo y llegó a ser un opulento ciudadano de la soberbia urbe. La suya es la única narración contemporánea de lo que aconteció en aquella funesta noche de primavera del año 73.
Muerte por sorteo. Cuando el fuego comenzó a propagarse por los baluartes de Masadá, Eleazar-benYa'ir reunió a sus compañeros y les dijo: "Las primeras luces del día alumbrarán nuestra derrota, pero nos queda la libertad de elegir una muerte honrosa en unión (le nuestros seres queridos. Salgamos de este mundo, no como esclavos, sino como hombres libres, junto con nuestras mujeres y nuestros hijos.
"Mas antes de morir", ordenó Eleazar, "que el fuego consuma toda la fortaleza. Será un golpe terrible para los romanos, que hallarán nuestros cuerpos a salvo de sus cadenas y no cogerán un solo adarme de botín. Dejemos intacta una sola cosa: nuestras provisiones de boca, pues darán testimonio de que no hemos perecido por falta de alimentos, sino porque hemos preferido la muerte a la esclavitud".
Conmovidos por las ardientes palabras de Eleazar, sus compañeros se juramentaron para suicidarse en masa con los 960 patriotas sitiados. Cada uno de los hombres se despidió tiernamente de sus familiares y los mató. Entonces hicieron hogueras con sus bienes materiales delante de sus casas. A la temblorosa luz de las-llamas, se prepararon para su hora más trágicamente hermosa. Escuchemos a Josefo:
"Echando a suertes, escogieron diez hombres que habrían de matar a los demás. El resto se acostaron en el suelo, abrazados con sus mujeres y sus hijos, y tendieron el cuello a los encargados de ejecutar la triste misión. Luego que hubieron dado muerte a todos, sortearon el nombre de aquel de ellos que habría de quitar la vida a los otros nueve. Entonces, cuando el que quedó vivo se hubo asegurado de que todos estaban muertos, puso fuego al palacio real y, con todas sus fuerzas, se hundió en el pecho la espada".
A la siguiente mañana, la Décima, al son de las tubas, se lanzó al asalto, confiada en la victoria. Pero en vez de la resistencia que esperaban, los romanos hallaron solo ruinas humeantes y lúgubre silencio. "Entraron en el palacio", continúa Josefo, "y fue entonces cuando se toparon con la muchedumbre de los muertos. No pudieron menos de maravillarse de tan atroz resolución y desprecio a la muerte que habían mostrado".
¿Cómo pudo Josefo trazar un cuadro tan real y crispante de las últimas horas de Masadá? Pues porque hubo testigos presenciales: dos mujeres y cinco niños que se ocultaron en una cisterna durante la matanza y lo contaron después todo a los romanos. Probablemente Josefo escuchó la narración de boca de los romanos, o quizá habló con las mujeres y los niños sobrevivientes.
El sueño de Yadin. Así terminó la gesta de Masadá. Pasaron los siglos, y la fortaleza, abandonada, fue desmoronándose. Su nombre quedó  grabado en la memoria del pueblo judío, como un blasón de gloria. Y así hubiera continuado, remoto y envuelto en reverente misterio, como las ciudades bíblicas de Sodoma y Gomorra, si no hubiese sido por la voluntad indomable de un hombre: del Dr. Yigael Yadin, profesor de arqueología en la Universidad Hebrea de Jerusalén.
Yadin, apacible sabio cincuentón, fue cabecilla de guerrilleros en la guerra de independencia de Israel el año 1948 y sirvió como jefe de estado mayor israelí hasta que renunció en 1952. Después de su regreso a la vida civil se le despertó un interés apasionado por Masadá. Inspirado Por los palpitantes relatos de Josefo, escaló el escarpado peñón que se yergue en Judea y comenzó sus nivestigaciones arqueológicas. No tardó en convencerse de que la montaña podría guardar en su seno la codiciada verdad, amén de raros y Preciosos tesoros. Y abrazó con llusión de soñador el propósito de organizar una expedición para desenterrar las ruinas.
En 1963, tras muchos años de arduo trabajo, Yadin vio, al fin, realizado su sueño. Al frente de una expedición patrocinada por la Universidad Hebrea, el Departamento Israelí de Antigüedades, la Sociedad Israelí de Exploraciones y grupos e individuos particulares, Yadin se lanzó a una titánica empresa en la que consumió once meses, descubrió el 97 por ciento de Masadá, removió más de 40.000 metros cúbicos de tierra y llevó a feliz término una obra que, normalmente, hubiera costado 25 años de labores arqueológicas. El resultado fue revelar a un mundo atónito la historia de los valientes que prefirieron una muerte gloriosa a la vil servidumbre.
Con la ayuda del Cuerpo de Ingenieros del Ejército israelí, Yadin atacó el peñón con todas las reglas del arte militar. Desde helicópteros sus auxiliares fotografiaron y cuadricularon la fortaleza palmo a palmo. Los zapadores abrieron una carretera a través del yermo inhóspito de Judea, construyeron traídas de agua, levantaron un campamento de 50 tiendas y chozas cerca del lugar donde el general romano Silva había sentado sus reales hacía casi 1900 años. Sujetos sobre el abismo por cinturones de cuerdas, los obreros labraron una escalera en el paredón de piedra e instalaron un teleférico para trasportar cargas pesadas hasta la cumbre de Masadá.
Faltándole la mano de obra necesaria, Yadin publicó avisos en la prensa israelí y en The Observer de Londres en solicitud de obreros voluntarios, cuidándose de advertir claramente que el trabajo era rudo y el clima casi insoportable por lo cálido, que las condiciones de vida eran penosas y que los voluntarios tendrían que costearse de su propio peculio el viaje de ida y vuelta a Masadá. Y sucedió lo inesperado: llovieron miles de respuestas de jóvenes y viejos, de pobres y ricos, de judíos y gentiles, de todo el mundo.
Mudos de asombro y emoción. Fueron, en total, unas 5000 las personas de 28 países que acudieron como voluntarias. Yadin las puso a trabajar en turnos de dos meses y en equipos de a 300. Se trabajó, primero, de octubre de 1963 a mayo de 1964; después, de noviembre a abril. A las 4:45 de la madrugada se tocaba la diana, y una hora después ya estaban los voluntarios subiendo la cuesta para dar principio a sus agotadores trabajos, desplazando enormes cantos, cavando, cerniendo tierra. Repentinas y violentas tempestades del desierto obligaron más de una vez a suspender los trabajos, hicieron trizas las tiendas y anegaron el campamento. En varias ocasiones hubo que arrojar la comida a los expedicionarios desde helicópteros, por haberse cortado todos los demás medios de comunicación. El peor de los obstáculos fue, sin duda, el rigor del clima desértico. "De día nos achicharrábamos y de noche nos helábamos", recuerda un voluntario.
Pese a todo, la obra adelantaba con firmeza. Un día, hurgando en las cenizas y escombros, los obreros dieron, al fin, con algo que probaba plenamente la autenticidad de la célebre resistencia.
"Nos quedamos mudos de estupor y de emoción", cuenta Yadin en su libro Masadá, "ante lo que acabábamos de descubrir. Revivimos, pasmados, los postreros y más trágicos instantes del terrible drama. En las gradas que conducían a un estanque de la casa de baños de Herodes había tres esqueletos. Uno era de un hombre de 20 años. A su lado había muchos eslaboncillos de cotas de malla, haces de flechas, un velo litúrgico. Cerca estaba el esqueleto de una joven que conservaba el cuero cabelludo intacto por la extremada sequedad de la atmósfera. El cabello negro, cuidadosamente trenzado, parecía acabado de peinar. El tercer esqueleto era de un niño. No cabía duda: lo que nuestros ojos contemplaban eran los despojos mortales de algunos defensores de Masadá".
Yadin exhumó 25 esqueletos de hombres, niños y mujeres; pero no se han hallado los restos de los demás defensores. Acaso se los llevaron los romanos. Pero el hallazgo más sorprendente de todos fue el de once enigmáticos fragmentos de arcilla cocida, con caracteres hebraicos inscritos. Cada uno de ellos ostentaba un solo nombre o apodo: el de Ben-Ya'ir y el de cada uno de los otros diez caudillos. Los arqueólogos conjeturan que estos tejuelos hayan sido las suertes que se emplearon en la siniestra lotería de hace casi 20 siglos.
 Las excavaciones pusieron al descubierto 10 kilómetros de murallas de la fortaleza, las ruinas de un palacio herodiano con su cisterna y su sala real exornada de frescos, una sinagoga, trozos de ánforas de vino y de trigo, alimentos desecados: dátiles, sal, trigo, huesos de aceitunas y pepitas de granadas. Había también monedas de bronce y plata acuñadas durante la insurrección, pilas de proyectiles arrojados por las catapultas romanas, lámparas de barro, un vasto surtido de cosméticos y de objetos de alfarería, y hasta 14 fragmentos de rollos de cuero y de pergamino semejantes a los descubiertos en 1947, cerca de Qumran, a orillas del mar Muerto, y que tanta celebridad alcanzaron.
"El valor científico de esos hallazgos es inmenso", declara Yadin.
"Pero por grande que sea su importancia, Masadá es, ante todo y por encima de todo, un símbolo. Representa el tesón heroico de unos pocos ,contra muchos, de los débiles contra los fuertes; el postrer combate de los que prefirieron la muerte a la esclavitud y la sumisión oprobiosa".
Todos los años millares de jóvenes israelíes suben a la cima de Masadá en solemne peregrinación. Allí, en una ceremonia nocturna alumbrada por el rojizo flamear de antorchas, los reclutas israelíes juran la bandera a la voz de "¡Masadá no volverá a caer!" Porque Masadá es un santuario donde se rinde culto a la independencia y al heroísmo; es un símbolo augusto para los amantes de la libertad en toda la redondez de la Tierra.

No hay comentarios:

Publicar un comentario