sábado, 19 de marzo de 2016

CASCOS EN LA LLANURA (Condensado de «Country Gentleman») Por Herbert Rarenal Sass



Cascos en la llanura

(Condensado de «Country Gentleman»)

Por Herbert Rarenal Sass



RETROCFDAMOS tres mil años y situémonos con la imaginación en las llanuras de Arabia y Ber­bería, famosas por los caballos de gran fogosidad, brío y ligereza que en ellas se crían. Las galeras fenicias zarpan con rum­bo a España. Junto con el hierro, los tin­tes, las especias y las frutas, que son su carga habitual, llevan ahora caballos de esa noble raza semisalvaje. Pasan varios siglos. Aquellos animales se han cruzado con los de raza europea dando origen al caballo andaluz, orgullo de España.


De allí pasa al oeste norteamericano. Ese oeste del canto y la leyenda; del bi­sonte y del reno; del oso gris y del indio de las llanuras. En toda la vasta región no hay ni un solo caballo, y los indios de to­das las tribus—paunis, comanches, dako­tas—tienen que recorrer a pie sus dilata­das tierras, en lentas y penosas jornadas.


Bajemos el telón y después de un in­termedio de años volvamos a levantarlo. He aquí ahora el oeste norteamericano tal como lo vieron los primeros coloniza­dores. Las praderas están ahora llenas de caballos salvajes cuyo número, en ciertas regiones, rivaliza con el de los bisontes. Millones de manadas hacen retemblar llanuras y desiertos con el estrépito de sus cascos. Los indios, condenados antes a caminar, son ahora diestros jinetes, quizás los mejores del mundo.


¿Cómo se realizó ese milagro? Fue una de las más dramáticas y trascendentales metamorfosis que jamás hayan ocurrido en tierra aguna. De ella nació ese esplen­doroso drama del oeste, que forma parte principalísima de la historia de los Esta­dos Unidos, de su literatura y de la con­ciencia nacional de su pueblo.


En el año 1519, Hernán Cortés,* desem­barcó en México, llevando consigo los primeros caballos que pisaron tierra nor­teamericana. En 1540Francisco Vázquez de Coronado, con 26o jinetes, cruzó el Río Grande en dirección al norte, en una exploración que lo llevó hasta Kansas. En esta expedición se extraviaron muchos caballos, y muy bien pueden haber sido éstos los que dieron origen a los caballos salvajes norteamericanos.

 Si el caballo—una raza apta para vivir en el nuevo medio, desde luego—no hu­biera llegado al oeste ni se hubiese mul­tiplicado con la abundancia con que se multiplicó, antes de que allí llegaran los colonizadores, el oeste no podría haber sido lo que fue. La mayor parte de su prosperidad económica, y el puesto que ocupa en el arte y en la literatura de los Estados Unidos, se lo debe al caballo—a ese caballo, que llegó con los españoles y que conquistó un imperio que los espa­ñoles no pudieron conquistar.

 Era éste el mismo caballo de los fenicios y los árabes, aunque con ligeros cambios. Abandonado a sus propios recursos en los ardientes arenales del sudoeste norteame­ricano donde el pasto y el agua escasea­ban, el ágil y vigoroso animal de fina sangre árabe berberisca se convirtió al poco tiempo en el más resistente y el más hermoso de los caballos, y prosperó de modo admirable donde el pesado y cor­pulento caballo del norte hubiese perecido. El aumento de las manadas salvajes fue asombrosamente rápido.

 Junto con esta multiplicación vino el despertar del oeste. Una tras otra, las tri­bus de pieles rojas que habían estado por centenares de siglos circunscritas a un pe­queño radio de actividad, vieron dilatar­se sus horizontes con el advenimiento del caballo. Nada ilustra esta revolución más dramáticamente que la historia de los indios dakotas. Dos siglos atrás eran una tribu de la selva que vivía cerca de la cabecera del río Misisipí. Incapaces de hacer frente a los ojibuayes y chipevés, fueron arrojados por éstos a las llanuras de los bisontes. Allí se presentaron a sus ojos asombrados los primeros caballos sal­vajes. No acertando a comprender qué eran ni de dónde venían aquellos cua­drúpedos enormes, los bautizaron con el nombre de «los perros divinos

 De pronto los dakotas se tornaron en audaces jinetes.

 Ellos, que peleando a pie habían tenido que huir ante enemigos in­feriores en número, eran ahora la más te­mida caballería de las praderas del norte. Barrieron a sus enemigos del sur y del oeste hasta convertirse en dueños y se­ñores de todo el vasto territorio compren­dido entre Minnesota y las Montañas Ro­quedas, desde el Yellowstone hasta el Platte. Con millones de bisontes que les servían de sustento, y miles de caballos, —los dakotas se convirtieron en la más altiva y poderosa de todas las tribus.

Los caballos de las praderas del norte no tuvieron aumento menos rápido, pro­bablemente, que los de la misma raza sal­vaje en la América del Sur. Según se dice, los originadores de éstos fueron cinco se­mentales y siete yeguas que en 1537 se dejaron libres en las cercanías de Buenos Aires. Menos de medio siglo después, sus descendientes estaban esparcidos en un ra­dio de 3coo kilómetros.

  Una excelente autoridad en estas materias opina que de no haber sido por el advenimiento de los colonizadores blancos, los caballos de las llanuras hubieran rivalizado en número con los bisontes; y calcula que la canti­dad de éstos ascendía entonces a cincuen­ta millones de cabezas.

  Píke vio manadas enormes de bisontes en Texas y en todo el norte de México, y Víctor Shawe dice que entre el río Columbia y las mesetas del desierto, su número era tan enorme que una sola manada tomaba desde el alba hasta la noche para pasar por un sitio.

 En las llanuras del oeste, con el paso de las generaciones, el caballo fue perdiendo en belleza, tamaño y forma, hasta llegar al tipo corriente del llamado caballo va­quero. 

 De vez en cuando, sin embargo, ocurrió lo que podría llamarse un «retroceso de la raza» y los caballos que de ello resultaron—más grandes, más ágiles y más hermosos que los comunesse hi­cieron famosos. Todos, o casi todos fue­ron verdaderos mustangs, de pura sangre árabe y berberisca, sin ninguna de las mezclas que se encuentran en los caballos de hoy.

 En el oeste quedan actualmente unos 10.000 caballos salvajes. Hay en ellos algo de la noble sangre original, es cierto, pero el verdadero caballo árabe-berberisco que transformó un continente, ha desapare­cido para siempre de las llanuras. Ha des­aparecido junto con el bisonte a cuya destrucción contribuyó.

         
_____________________________________________________________

                                            Origen de los potros salvajes

y del ganado “Texas longhorn

(Cuerno largo)



“…Los alimentos de la tierra sagrada pasaron después a España y más tarde a América. Animales, como las ovejas y ciertas palomas también proceden de Israel. Los briosos, corceles españoles de la conquista provenían de los caballos árabes que a su vez tuvieron su origen de las caballerizas del rey Salomón, además de esto Salomón tenía cuarenta mil caballos en sus caballerizas para sus carros ( 1ª de Reyes 4:26), “y traían de Egipto caballos y lienzos a Salomón porque la compañía de los mercaderes del rey compraba caballos y lienzos y venía y salía de Egipto..., el caballo por ciento cincuenta piezas de plata y así lo adquirían por mano de ellos todos los reyes de los heteos y de Siria”(1 Reyes 10:28-29)…”



“…Los criptojudíos cuando se establecieron en Nuevo León, se dedicaron a la ganadería vacuna y equina, y cuando la inquisición llevó prisioneras a las familias sefarditas a la ciudad de México, quedaron abandonadas y vagando por esos inmensos territorios todas esas vacas y caballos que siglos más tarde encontrarían los colonos norteamericanos en partes del “salvaje oeste ”  (Expresado por  Pastor Carlos Ortíz, "FE AGRADA A DIOS",  Texas año 1997 )

No hay comentarios:

Publicar un comentario