sábado, 19 de marzo de 2016

LOS ULTIMOS POTROS SALVAJES DE NORTEAMERICA Por Robert O'Brien



Los últimos potros salvajes

de Norteamérica
Por Robert O'Brien

EN EL AÑo de 1846, cierto joven oficial que cruzaba con su co­lumna de soldados las ardientes lla­nuras del sur de Tejas divisó algo extraordinario: un inmenso mar de caballos salvajes. Más tarde escribía: «La ma­nada se extendía hasta donde alcanzaba la vista. No podría calcularse el número de animales que la componían.»

Los exploradores que vieron esas inmensas manadas de roanos y negros, alazanes, rucios y castaños, overos, bayos y tordillos, nunca las olvidarán. «El pisoteo de sus cascos semejaba el re­tumbo de las olas contra la costa escarpada,» decía uno de ellos.



Todavía hoy, en las mesetas desiertas y en los cañones escondidos del Oeste de Norteamérica, viven, ariscos y salvajes, los rezagos de aquellas enormes manadas de mostrencos que con una tempestad de cascos hacían estremecer las pra­deras; pero pronto desaparecerán para siempre si continúan los rodeos mecanizados de los últimos 10 años.



Los españoles trajeron el caballo a la América en el siglo XVI; la ra­za fogosa del caballo andaluz. A los que se escapaban de la dehesa para volver al estado salvaje los llama­ron mestencos o mostrencos; de la corrupción de estas voces vino el nombre de mustangs con que los bautizaron los colonizadores, norteamericanos. Por los años de 1800 probablemente había cerca de dos millones de ellos que galopaban li­bres desde el Río Columbia hasta la boca del Río Bravo.

Andaban generalmente en peque­ñas manadas, de cuatro a 60, compuestas de un semental con su harén de yeguas y sus potros. A veces, la sensación del peligro, o quizá el mero gusto de galopar en compañia, juntaba las manadas independientes en una sola e inmensa partida, tal como la que vio aquel joven oficial.



Juraban los llaneros que el semen­tal mestenco era «el más terrible en­tre los peleadores de cuatro patas.» Cuando peleaban por sus yeguas, sus relinchos semejaban agudos gritos de desafío. Se encabritaban y entra­ban al combate sobre las patas tra­seras. Rompiendo huesos con feroces manotones, rasgando la carne con sus dientes poderosos, continuaba la lucha hasta que uno de los dos huía para salvar la vida o quedaba muer­to en el sitio bajo los cascos asesinos del adversario.

A medida que los norteamerica­nos avanzaban en la conquista de su oeste, cazadores y chalanes los co­gían en trampa por millares, los do­maban y los vendían a los mineros para silla o carga, y a los colonos y agricultores del Este para el tiro de sus arados y carretas. Algunos esca­paban. Eran estos los más apeteci­dos por los llaneros, aunque dema­siado salvajes, demasiado veloces, demasiado impetuosos para poder­los contener. Esos fueron los caba­llos de la leyenda.



En los años del 70 andaba errante por las inmensas llanuras del sur de Tejas un semental blanco como la leche y de ojos negros y brillantes. Era tan arisco y esquivo que los lla­neros lo llamaron el «Fantasma de Llano Estacado.» Por fin, en marzo de 1882, dos cazadores de bisontes localizaron al Fantasma y su yegua­da en el abrevadero. Lo acosaron durante cuatro días con caballos de remuda, haciendo un recorrido de cerca de 500 kilómetros. En la tarde del último día los cazadores lo per­siguieron por el filo de una colina baja que penetraba en una ciénaga muy extensa y profunda.

El Fantasma llegó al final de la colina, que terminaba en un despe­ñadero, y, sin vacilar un instante, saltó a la ciénaga. Cuando sus perse­guidores frenaron las cabalgaduras en el borde escarpado, viéronlo en­terrado en el cieno hasta la paletilla, y hundiéndose cada vez más con el forcejeo. Un momento después, le­vantó la cabeza en lucha desespera­da, dio un postrer resoplido de agonía y se hundió definitivamente.



Hacia 1880, otro caballo, de color azul-acerado, con la crin y la cola como la plata, y el ojo de pedernal, fue encorralado en un rodeo efec­tuado en la región noroeste de la costa del Pacífico. Acometió impe­tuoso contra cuatro vaqueros que intentaron enlazarlo, voló después sobre la cerca del corral, hizo peda­zos otros vallados y se escapó.

Tomó el rumbo del este, hacia las desoladas tierras de Montana, galo­pando, al parecer, siempre de noche. Los vaqueros divisaban frecuente­mente su silueta solitaria sobre la cima de algún peñasco al salir la luna. La crin y la cola argentadas despedían una fosforescencia espec­tral. Quedábase inmóvil largo rato, para desaparecer luego entre la os­curidad de la noche. A la semana, otros vaqueros lo alcanzaban a ver sobre la planicie, a cientos de ki­lómetros de distancia. Llamáronlo ellos también el Fantasma y rondó por aquellos desiertos muchos años hasta que no se volvió a saber más de él.

Estos heroicos mustangs viven aún, inmortalizados en la mitología del Viejo Oeste. Cuando la tempes­tad se desata sobre las mesetas, el sencillo vaquero que ha oído las consejas de los viejos imagina escu­char el estridor de los cascos reco­rriendo al galope las soleadas prade­ras del Paraíso de los Caballos.

 Hacia 1920, sin embargo, con el cercado de las haciendas y la termi­nación del pasto libre, se había aca­bado casi por completo el caballos salvaje en Tejas, Arizona y Nuevo Méjico. Luego, una ley del gobierno federal autorizó a los rancheros pa­ra tomar en arriendo grandes exten­siones de tierras del dominio públi­co para pasturaje, y los ganaderos no querían compartir los pastos de sus dehesas con las yeguadas anda­riegas e indómitas. Cada mustang, calculaban, se comía más de 10 kilos de yerba al día, forraje suficiente pa­ra una vaca o cinco carneros. Por otra parte, los caballos salvajes rom­pían cercas y espantaban el ganado de los abrevaderos.

Con la ayuda de funcionarios del gobierno, los ganaderos organizaron extensos rodeos. Se valieron de avio­nes, pilotados por arriesgados acró­batas del aire, para hacer salir las manadas de caballos de sus escondri­jos en los profundos cañones o de las altas mesetas, lanzando sus aparatos en picado y espantándolos. Después, valiéndose de señuelos, añagazas y un pelotón de hombres a caballo, iban guiándolos hasta meterlos en corrales disimulados.

De los animales así atrapados al­gunos tenían marcas y se devolvían a sus dueños. A otros se les domaba para la silla. Los que los estancieros no podían domar eran vendidos pa­ra jinetearlos en los espectáculos de «rodeo,» pero los más se embarcaban en camiones como materia prima para los productores de alimento de gallinas y las fábricas de conservas para perros y gatos.

Después de la Segunda Guerra Mundial, la creciente demanda de alimentos para animales domésticos creó un mercado enorme para la car­ne de caballo y se intensificaron las recogidas. En los ocho años que siguieron a la guerra se capturaron cerca de 100.000 mustangs, en Nevada solamente. Un administrador de correos de aquel estado se incorporó a la cruzada para salvar a los caba­llos salvajes después de haber presen­ciado cómo un aviador, que había logrado desencuevar una manada de un desfiladero, los mataba a tiros desde el aire, por puro deporte, cuan­do galopaban por el llano.

Había otras costumbres bárbaras. Cuando los enlazaban los vaqueros, ataban pesadas llantas de automó­vil al extremo de una soga y dejaban que el bruto las arrastrara en medio de carreras y saltos frenéticos, hasta quedar extenuado y temblando de fatiga. Después los embarcaban en camiones ganaderos con rumbo a los mataderos. En un rodeo que se hizo en Wyoming, un fotógrafo lla­mado Verne Wood presenció la re­novación de la antigua costumbre de los indios paiutes para sujetar al ani­mal con una nariguera:

«Enlazaban a los sementales y los vaqueros les perforaban las ventanas de la nariz con sus navajas de bolsi­llo; introducían por las perforacio­nes un alambre grueso y le daban vuelta apretando fuertemente para que el caballo no pudiese respirar con facilidad, y de este modo no tuviese alientos para huir.»

Aquel espectáculo hizo que Wood emprendiera una campaña para ob­tener un lugar de refugio en donde pudiera pastar libremente un rebaño de 400 a 500 mestencos escogidos, protegidos por las leyes del estado de Wyoming.

Wood y otros que comparten su opinión no creen que los caballos destruyan los pastizales, como dicen los ganaderos. Por el contrario, ase­guran que al escarbar entre la nieve en busca de alimento los potros des­cubren forrajes de invierno que sal­van de la muerte por hambre al ganado. Mantienen abiertos los be­bederos en el verano, y en el invier­no rompen el hielo que se forma en su superficie. Su estiércol extiende la semilla del pasto y fertiliza las tie­rras.

Jamás tuvo el mestenco amigo tan franco e incansable como la señora Velma Johnston, dueña de la hacien­da Double Lazy Heart, de Wads­worth (Nevada). Mujer pequeña, pero decidida y valiente, ha empren­dido reñida lucha en favor de los caballos salvajes del país; tan reñida en realidad, que amigos y enemigos la llaman «la mostrenca.»

«Nací a caballo —dice ella con orgullo—. Amo a los caballos, man­sos o salvajes. Algo tenía que hacer por ellos, al ver la iniquidad con que se los trata.»

Trabajando en compañia de otros amigos de los caballos, contribuyó a la promulgación de una ley que pro­tegía a los mestencos prohibiendo el uso de aviones o vehículos de motor en los rodeos o recogidas que se hi­cieran en el estado, salvo con auto­rización oficial y para la conserva­ción de los prados. Fue aquella una victoria parcial.

La señora Jolinston no está satis­fecha con proteger a los caballos sal­vajes de Nevada solamente; se em­peña en que haya una protección nacional para el número desafortu­nadamente pequeñísimo de los que han logrado sobrevivir a los bárba­ros rodeos mecanizados de los años pasados. El último informe oficial calcula que hay solamente 20.000 de estos caballos nómadas donde an­tes pastaban millones. Dice Velma Johriston: «Estamos tratando de im­pedir otra brutal campaña de exter­minio en masa. Los animales que aún quedan tienen que ser prote­gidos antes de que sea demasiado. tarde.»

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