martes, 15 de marzo de 2016

MI AMIGO EL PERRO FIERO Por T. L. Wolff 1941

Cuántas veces no habrá en que la cólera y la agresividad sean únicamente máscara con la cual se oculta una gran tristeza!

Mi Amigo el Perro Fiero

Por T. L. Wolff

1941

EL TRONCO arrastraba a trote lento mi calesín  por  el  endurecido barro de  una  carretera del  Kansas norteño. íbamos acercándonos a una
granja solitaria y al llegar a su acceso, los sedientos caballos torcieron instintiva­mente hacia la explanada delantera.
Una vez en ella les solté los tirantes. Pero los animales se habían puesto ner­viosos y parecía habérseles ido la sed. Daban la impresión de tener miedo.
También yo sentí el peligro inmediato y lancé una inquieta ojeada hacia la casa. Las puertas estaban cerradas. Nada daba signos de vida. A través de las ventanas se veían las ajadas cortinas tendidas to­talmente. El conjunto inspiraba temor.
Me acerqué a la verja de entrada. Allí estaba el peligro. Un enorme perro mas­tín tiraba energicamente de su recia ca­dena; intentando lanzarse sobre los in­trusos. En los ojos encarnizados, que no me quitaba de encima, se le leía la inten­ción de matar.
Durante unos minutos contemplé el feroz animal. Sus paletillas alzaban casi un metro del suelo. La cadena me pare­ció segura, y fuí acercándome a él lenta­mente, en tanto que le hablaba con dulzura. No ladraba ni gruñía. Solamente tiraba, tensos todos los músculos del po­deroso cuerpo, tratando de romper la ca­dena que lo tenía sujeto. Al enfrentarme con aquella aparición de odio contenido, me recorrió la espalda un escalofrío.
 Siempre hablándole, descorrí el pesti­llo y fuí andando poco a poco hacia el formidable guardián. Nada se movió en él, ni siquiera con el temblor más leve, sino los ardientes ojos que me seguían los pasos. Le hablé del tiempo, de las pro­porciones de su perrera, del peso de su cadena, del violento esfuerzo que hacía contra su collar. Todo esto, avanzando hacia él, pulgada a pulgada, hasta que me puse en cuclillas, con extremo cuidado, manteniéndome cuando menos a un par de pies de su cabeza.
Transcurrieron unos diez minutos sin que por un instante dejase de hablarle. Empecé a temer que aquella magnífica bestia fuese insensible a la amistad. Los minutos se siguieron y casi impercepti­blemente la cadena empezó a ceder su tirantez. Yo seguía hablando. «Es una vergüenza que te dejen solo en una pradera de Kansas, donde la casa más cer­cana está a muchos kilómetros de distan­cia; debe de ser terrible esto de ser un perrazo feroz del que todo el mundo tiene miedo... que mantiene a todos dis­tantes, sin decirle una palabra cariñosa, a pesar de ser tan hermoso como eres. Si tu corazón es proporcionado a tu cuerpo tiene que ser gigantesco. ¿Cuánto tiem­po hace que no has jugado con un niño, que ninguno te ha acariciado el lomo, que nadie te ha hecho cosquillas detrás de las orejas?».
A medida que iba ganando su simpa­tía, fué cediendo en tensión y aflojando la cadena. No me quitaba ojo. Ni siquiera se movió cuando levanté la mano y con gran precaución fuí acercándola gradualmente a su hocico. ¡Un pie, ocho pulga­das, cinco, dos, sólo una! No mostró el menor interés ni con una contracción de la nariz.
« ¿Por qué no me hueles la mano? ¿No quieres que seamos amigos?»
Se me estaba cansando el brazo y em­pecé a creer que mis atenciones estaban condenadas a fracasar. Pero... en aquel momento avanzó levemente la cabeza hacia mis dedos tirando con suavidad de la cadena, para alcanzarlos. Dulcemente le di un golpecito en el hocico. Ahora me miraba con curioso asombro. Su furia había desaparecido. Mis dedos avanzaron por su cara, cosquilleándole, hasta expo­ner mi muñeca a una dentellada que la hubiera partido.
Como se me dormían las piernas, le di una palmadita en la cabeza y me levanté con precaución. El poderoso animal avan­zó levemente hacia mí; yo le rasqué la espalda. Estuvimos así largo rato, mien­tras yo continuaba mi conversación en voz baja y sin dar descanso a mis dedos. Siempre manteniéndome listo para po­nerme fuera de su alcance de un salto.
Imperceptiblemente fuí inclinándome hacia él hasta que nuestros cuerpos se to­caron. Todo temor se había desvanecido y me sentía lleno de compasión por aquella majestuosa criatura que nunca había buscado amigos ni balanceado la cola y que ahora gozaba apretándose con­tra mí, agradeciendo mis palmadas y es­cuchando mi voz acariciadora.
Pero yo no podía continuar allí. Tenía que recorrer muchos kilómetros y la tarde iba cayendo. Me dolía dejarlo después de haber ganado tan laboriosamente aquella amistad a la que él se ha­bía ya rendido por entero bajo la caricia de mis dedos.
 Cuando me separé, me miró asom­brado; al verme alzar el pestillo, dio un quejido y hubo en sus ojos una expresión de súplica. No podía dejarlo. Me volví rápidamente y ya sin vacilar me hinqué de rodillas y le rodee el cuello con el bra­zo. Mansamente frotó su hocico contra mi mejilla. Ya no le hablaba, me limitaba a darle palmaditas en el cuello.
Cuando me encaminé otra vez a la ver­ja, resueltamente, sin siquiera volverme a mirarlo, me sentía conmovido. Subí al calesín e hice arrancar a los caballos. Cuando pasé ante él, gemía tan desoladamente que salté al suelo y volví a su lado.
 Apretó contra mí la cabeza, mirán­dome a los ojos, balanceando lentamente la pesada cola. Yo pensaba con descon­suelo en su soledad, soledad extrema de animal feroz hecho al grito y a la maldi­ción, incomprendido en sus anhelos de amistad.
 En sus profundos ojos castaños que me miraban inteligentemente se veía la ex­presión de su lealtad acabada de nacer, pero decidida y eterna. Las lágrimas me corrían por las mejillas, cuando lo dejé allí, haciendo vanos esfuerzos por se­guirme, sacudido por cortados gañidos el hinchado cuello que le oprimía el collar. Cuando los caballos llegaron a la carre­tera aulló triste y prolongadamente.
Han pasado casi treinta años. Apenas puedo recordar como era la ciudad en cuyas cocheras alquilé el vehículo. Pero aquella amistad continúa grabada en mi memoria, con todos sus detalles.

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