martes, 15 de marzo de 2016

PROEZAS DEL PERRO OVEJERO Por Helena Huntington Smith 1941



Proezas del Perro Ovejero

Por Helena Huntington Smith

Autora, con E. C. Abbott, de «We Pointed Thein North»

(Condensado de la revista «The Rotarian»)

1941 
ALLÁ EN LAS montañas Rocosas, lejos de poblado, pace un hato de ovejas a corta distancia de la áspera carretera que atraviesa la hacienda como una vereda tosca, sin cerca alguna. Varias de ellas, separándose de las otras, empiezan a aproximarse al camino y a dar señales de querer cruzar. El pastor, que ve venir dos o tres automóviles, se da cuenta del peligro y grita a su perro: ¡Cuidado, Custodio! Custodio sabe qué hacer. En seguida se lanza por la orilla de la carretera, ladrando y amagando arremeter y morder (aunque nunca mordió a hombre ni bruto), y corriendo de arriba para abajo y de abajo para arriba, al fin hace dar media vuelta a las ovejas y las arrea hasta volverlas al hato. Un automovilista, que ha visto las evoluciones de Custodio, dice al pastor:.
—   ¡Qué buen perro! ¿Cómo le enseñó usted eso? ¿Y qué-clase de perro es?
—   Pues es un perro y no más — con­testó el pastor, a quien varias veces se le había hecho la misma pregunta—; perro mondo y lirondo, sin humos ni genealogía ni aristocracia.
Bueno: tal vez mestizo sin títulos de nobleza, no sea sino un perro y no más; pero en importancia económica está a la industria de la producción de lana, en que los Estados Unidos gastan por año 68.000.000 de dólares, no podría fun­cionar.
Una vez pregunté a un ganadero si, faltando los perros, no sería necesario tener dos pastores para un hato de ovejas que hoy no necesita más que uno.
— ¡Dos! — exclamó —. Pues sepa us­ted que un pastor y un perro pueden manejar un hato, aun en la peor tem­pestad, lo cual no alcanzaría a hacer, ni con mucho, quince pastores que no contaran con perros.
Los primeros criadores de ovejas y los primeros perros ovejeros del Oeste de los Estados Unidos vinieron de Escocia a mediados del siglo diecinueve. Muchos del los perros eran de los mejores de su país, en donde habían ganado premios en los concursos anuales de rodeo de ovejas establecidos en 1876. Estos perros de raza, cruzados con vigorosos ejem­plares mestizos de las haciendas del Oeste, produjeron una variedad de pe­rros ovejeros de tamaño mediano, pintados de blanco y negro, que han resultado excelentes para el oficio.

El verano pasado vi uno de estos inteligentísimos atravesados en su tarea. Las ovejas estaban paciendo cerca de un bosque. El pastor tenía una perrita, a la cual dió orden, en lenguaje que ella evidentemente entendía, de ir al bosque y hacer salir varias ovejas que se habían metido en él. Al ver la seriedad con que ella partió a desempeñar su tarea, nadie hubiera creído que no tenía más que ocho meses de edad; mas noté que se detenía a menudo y miraba hacia atrás como para cerciorarse de que iba bien.

—   Todavía está cachonita— me dijo el pastor—. Tiene miedo de cometer alguna equivocación y de que yo la regañe.
Segura al fin de lo que el pastor quería, la perrilla se internó en el monte, recogió las ovejas y las arreó al hato. Repentinamente, sin que el pastor le dijera una palabra, dió media vuelta y desapareció otra vez entre los árboles.
—   Va a ver si se le escapó alguna dijo el pastor —. ¿No ve usted qué instinto tiene?
En todas las haciendas de ovejas se oye hablar frecuentemente de perros tan diestros, concienzudos y escrupulosos, que notan cuándo faltan ovejas en el hato, sin haberlas visto salir, y, aunque el pastor no diga ni haga nada, van por su cuenta a buscarlas y traerlas.
Hace unos pocos años, un hacendado de Wyoming compró 300 carrneros, que tuvo que llevar a su finca arreándolos a campo travieso, para lo cual necesitó cuatro días. El primero echó de menos uno de los perros y cinco carneros, pero continuó su marcha con los otros hasta llegar a la hacienda, después de lo cual volvió a buscar los que faltaban. Al otro día encontró al perro muy ocupado arreando los cinco carneros. Yendo más adelante, descubrió que el perro había escogido, al parecer con mucho esmero, campos apropiados para que los carneros pasaran bien las dos noches y estuvieran reunidos por la mañana.

El hábito que el perro ovejero ad­quiere de llevar las ovejas al aprisco se extiende a veces, quizá por un proceso de generalización instintiva que no hace distinciones, a circunstancias en que no sólo deja de ser útil, sino que puede ser molesto y aun perjudicial. Un hombre, por ejemplo, tenía varios marranos en chiqueros, los cuales dejaba salir todos los días a que hozaran y se revolcaran. Al perro ovejero del vecino le pareció que esto no debía tolerarse, y tan pronto como veía salir los marranos emprendía la tarea de hacerlos volver a sus chique­ros, como si fueran ovejas descarriadas.
En algunas partes de los Estados Uni­dos, los rebaños se llevan de los valles a las montañas durante el verano. Había en una de estas haciendas un perro lla­mado Búster, al cual, por estar ya viejo y un poco achacoso, dejó el dueño en casa cuando partió con las ovejas para las montañas: Búster pasó el verano enfurruñado, pero no se escapó para ir a unirse al rebaño, aunque, habiendo hecho el viaje muchas veces, conocía perfectamente el camino. La distancia era de ioo kilómetros, y sin duda el perro sabía que no tenía fuerzas para ir tan lejos. Al fin llegó la fecha de regresar, que era una misma todos los años, Cuando el rebaño estaba de regreso, co­mo a la mitad del camino, Búster se apareció de repente una noche, lleno de júbilo, a recibirlo. Sin duda el perro sabía cuándo había principiado el viaje, y quizá también hasta dónde podían llevarlo sus fuerzas.
El desierto de Colorado, al Sur de Wyoming, es la última región en que aún se ven las cuadrillas nómadas de criadores de ovejas que antes eran co­munes en otras partes de los Estados Unidos y cuya única propiedad perma­nente son los camiones  en que vagan con sus rebaños Algunas de estas cuadrillas tienen 100,000 ovejas y 200 perros. Pasan el verano en las montañas del Sur y el Invierno el desierto helado, donde los camiones con sus ovejas parecen velas dispersas en un mar ilimitado de artemisa. El viento frígido brama y hiela, pero barre la nieve de la llanura y deja al descubierto el poco alimento que hay para el ganado.
El camión, con su cocina portátil y su cama rústica, es la casa del ganadero. El perro vive debajo.
Debe ser excepcionalmente robusto y resistente, pues en el invierno'ticne a menudo que trabajar 15 horas sin tregua, con, las patas sangrando, heridas por las asperezas del suelo y el hielo. En la primavera, cuando la hierba nueva empieza a nacer, las ovejas salen llenas de júbilo y se desperdigan por todas partes. Sólo el perro puede contenerlas, y sin cesar tiene que estar corriendo, atajando y arreando.
Cuando comienzan a nacer los corderos, hombres y perros trabajan día y noche. Un buen perro sabe empujar y voltear suavemente con el hocico a los corderos `recién, nacidos hasta que se levanten y sigan a las madres. Después de hacer esto con varios corderos y cerciorarse de que cada uno está con su madre, vuelve a recorrer todo el campo buscanto otros. Si encuentra algún corderillo que se ha quedado atrás, se está con él y ladra hasta que el pastor, advertido. así, viene y lo lleva. Lo mismo hace Cuando una oveja cae de espaldas, posición que para este animal, como para las tortugas, es muy peligrosa, pues no pueden voltearse por sí mismas y a menudo perecen si no se las ayuda.
La suavidad, habilidad y eficacia con que procede un buen perro ovejero son maravillosas. Un día, en una cantina de Wyoming, un viejo escocés estaba
alabando a su perro, poniéndolo en las nubes. Alguien, mirando un gallo que escarbaba afuera, preguntó por broma al escocés si su perro serviría para cuidar gallinas. — ¡Como no! — contestó éste sin inmutarse, y apostó 50 dólares a que
el perro haría entrar al gallo en la cantina de una manera natural y como por su propio gusto, sin asustarlo ni forzarlo. En medio de las carcajadas de los espectadores, el escocés dió sus órdenes al perro. Pocos momentos después, el gallo entraba en la cantina con tanta naturalidad e indiferencia como si entrara en el gallinero, y el perro detrás, meneando la cola y diciendo con los ojos: «¡Aquí está!»
Los perros ovejeros aprenden fácilmente nuevos oficios. Conocí un ganadero que destinaba un corral a las ovejas cargadas. A las que durante la noche habían tenido cría, las dejaban salir por la mañana con sus recentales, para que paciesen.
Ahora bien, la oveja primeriza no suele ser buena madre; muchas veces deja rezagados a los hijos, como si no le importaran. Sabiendo esto, uno de los pastores se situó con un perro cerca de la puerta del corral, deteniendo toda oveja que venía sin su cría. El perro entendió dedo que se trataba. Al año siguiente, sin que nadie se lo mandara, iba a montar guardia en la puerta del corral, donde detenía y hacía devolver a las ovejas que trataban de salir solas, dejando los corderos atrás.
En las montañas, durante el verano, lo único que el perro ovejero tiene que hacer es no dejar que las ovejas se metan en el monte, o buscarlas y sacarlas, si por casualidad burlan su vigilancia y se escabullen. A mediados de septiembre todas las ovejas se llevan a-las tierras bajas y se encorralan cerca del ferrocarril en hatos hasta de 3000 cabezas.
 Allí se separan de sus madres y se juntan los :Corderos nacidos la primavera an­terior, para despacharlos por tren. Es el tiempo en que el perro está en su mayor gloria. Su tarea especial es correr sobre el espinazo de los corderos apiñados cerca de la puerta del vagón de carga hasta llegar a ella y, agarrando y halando suavemente a los delanteros, inducirlos a entrar. Los otros los siguen mecáni­camente, hasta que todos entran.
Después de estas operaciones, se llevan los rebaños a los pastaderos de invierno.. Durante esta estación, las ovejas se desparraman en grandes extensiones de terreno, y los huracanes y las ventiscas las descarriarían y harían perder si no fuera por los perros. Pero el buen perro ovejero no se atolondra ni aún en las peores borrascas. Un ,pastor que llevaba 38 años en el oficio me dijo que un día, durante una ventisca, cuando, cayendo y levantándose, azotados él y las ovejas por el huracán y la nieve, entelerido de frío y casi ciego, arreaba trabajosamente su rebaño hacia el camión, Reina, su perra favorita, desobedeciéndole por primera vez en su vida, forzó a las ovejas a torcer hacia la izquierda del rumbo que él quería seguir. Él la regañó y le echó mil maldiciones; pero la perra, sin que la furia del amo le importara un pito, continuó en su tarea, y las ovejas siguieron por donde ella las encaminó. De repente el asombrado pastor vió el camión. Si se hubiera guiado por sus cálculos y no por el instinto de la perra, lo probable es que no hubiera quedado quien contara el cuento.

Hace muchos años, un pastor de Tejas fué asaltado y asesinado por un mal­hechor. El perro ovejero que iba con el pastor atacó al criminal, el cual le voló un ojó de un pistoletazo, pero no lo mató. Pocos días después, cuando unos va­queros hallaron el rebaño, el perro, heri­do gravemente y casi muerto de hambre, estaba aún cuidándolo con su acostum­brada diligencia. Uno de los vaqueros se encargó del perro y el rebaño; no ha­biendo tenido experiencia con ovejas, se vió al principio en calzas prietas; pero el perro le enseñó pronto las tretas del oficio.,

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