sábado, 9 de abril de 2016

EL MEJOR AMIGO DEL HOMBRE Senda propia 1946

 EL MEJOR AMIGO DEL HOMBRE
Recopilado por Alan Devoe
1946 

Senda propia
 
A la casa de campo de los amigos con quienes fui a pasar unos días en el norte de Irlanda, daba acceso un camino que se ensanchaba, ya frente a la puerta de entrada, en amplio redondel. Uno y otro, camino y redondel, estaban cubiertos de una capa de cascajo. Advertí, no sin cierta extrañeza, que, desde la puerta, y cruzando por el redondel hacia uno de los costados de la casa, se extendía una línea, al parecer de huellas, que afeaba la igualdad de aquel bien cuidado camino. Eran las tales «huellas» de forma circular, tendrían unos ocho centímetros de diámetro, y se echaba de ver que, al hacerlas, se había procurado que en todas quedase bien limpia de cascajo la blanda tierra que formaba el suelo del camino.
El dueño de la casa me explicó lo que pasaba. Tenían allí un perro de pastor, muy ágil y útil en otro tiempo, pero que ahora—viejo, gordo y apoltronado—se pasaba los días tendido al sol, a la puerta de la quinta. Para ir de la perrera al umbral donde echaba aquellas prolongadas siestas. Vigoroso debía atravesar cosa de cuatro o seis metros del redondel, cuyo cascajo se le hacía harto duro a un perro de su edad. Por eso había abierto los hoyos que yo tomé por huellas, para pisar siempre sobre blando. Mientras permanecía observándolo, Vigoroso se levantó, bostezó, se desperezó, y echó a andar hacia la perrera, paso entre paso, sin tocar una sola piedrecilla.
«Lo mismo hace en la noche más oscura, y sin errar pisada» , me dijo mi amigo. «Cuando empezó con eso, el jardinero pasaba el rastrillo, para borrar los huecos abiertos por el perro. Sin embargo, viendo que Vigoroso volvía a las andadas, decidimos dejarlo; y ahora todos tenemos cuidado de no echarle a perder al perro su caminito».
 
ROBERT C. MCKIMM, Beyasi, Irlanda

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