domingo, 1 de mayo de 2016

MAGNIFICOS VISITANTES- Magnifica Historia Por Ann Wedgeworth -Más que un ángel

 MAGNIFICOS VISITANTES 
Por Ann Wedgeworth

En esta otra historia, de Burton Pierce, que apareció en la revista Pentecostal Evangel, la dirección y el consejo del Señor pueden verse con toda claridad:                 
                             Más que un ángel

Cuando los ángeles aparecen en la tierra, ¿se parecen a los hombres?
Permítanme contarles una experiencia que ocurrió el verano pasado (1973), y luego hagan sus propias conclusiones.
   El 15 de agosto estaba yo en Bessemer, en la península superior de Michigan. Mi madre, mi sobrina nieta y yo habíamos decidido viajar en automóvil a Duluth, Minnesota, que se encontraba a unos 160 kilómetros de distancia.
Cerca de Ashland, Wisconsin, decidimos usar una carretera estatal que corre a lo largo del lago Superior, en vez de tomar la ruta más directa.
Nos detuvimos en Bayfield para almorzar; enseguida seguimos a lo largo de la reservación india Red Cliff. Eran aproximadamente las 2 de la tarde.
Cuando pasamos un pequeño parque de al lado del camino que va al borde del lago, sentí el impulso de detenerme. Pero, debido a que todavía nos quedaba cierta distancia que recorrer, me desentendí de esa idea y continué conduciendo. Unos veinte kilómetros más adelante sentí que el Espíritu me recordaba una y otra vez que debía regresara ese parque. De modo que nos dimos vuelta y regresamos.
Reconozco que dudé del asunto cuando salí del vehículo y me senté en lá verde ladera. No había evidencia alguna de que alguien más estuviera por allí. Nosotros tres aprovechamos el momento para descansar y orar.
De pronto un hombre emergió de la otra parte del parque, y noté que estaba llorando.
Se dirigió directamente hacia mí, y después de unos momentos, me dijo: — Usted es Burt, ¿verdad?
Nos sentamos junto a una de las mesas campestres, uno frente al otro, y él desahogó su corazón. Bill era mitad indio. Me contó la trágica historia de un accidente automovilístico en el cual él se vio envuelto en Oregón. Su esposa y su única hija murieron cuando el vehículo se precipitó a un desfiladero.
Ese día que me encontré con Bill, se sentía tan sobrecogido de remordimiento y de soledad, que había planeado quitarse la vida. El Espíritu Santo me dirigió a ese hombre, de modo que pudiera ministrarle.
Así pues, exhorté a Bill para que mirara al Salvador, que podía suplir sus necesidades. Cité la Palabra de Dios y oré con él. Y Bill abrió la puerta de su corazón y pidió a Jesús que entrara a su atormentada vida.
Supe entonces, por qué sentí el fuerte impulso de regresar a ese remoto parque situado a lo largo del camino. Pero una cosa me tenía perplejo aún, por eso le pregunté a Bill: —¿Cómo sabía mi nombre?
Pensé que podía haberme escuchado hablar en alguna Confraternidad de Varones, o tal vez nos habíamos conocido en algún lugar antes.
Bill me miró extrañado. —¿Qué, no recuerda? — comenzó diciendo —. Estuvimos hablando esta mañana en la parte baja del parque.
—    Pero Bill — objeté —, yo estaba muy lejos de aquí esta mañana.
—    No, Burt, tiene que haber sido usted. Era igual que usted, excepto que tenía una camisa deportiva de otro color. Y me dijo que viniera a la parte alta del parque y que lo esperara.
Le aseguré que no pude haber sido yo de manera alguna, y le expliqué dónde había estado a esa hora. Entonces me miró y preguntó: — Bueno, ¿de dónde es usted?
—Vivo en Springfield, Missouri.
El replicó inmediatamente: —¡Usted me dijo esta mañana que era de lejos, de Missouri!
A esa altura, todos nos dimos cuenta de que la persona que Bill había encontrado esa mañana, no era un ser humano sino un mensajero angelical enviado para detener sus acciones autodestructivas, hasta que yo pudiera dirigirlo hasta Cristo.
Fue algo serio darse cuenta de cuánto me había demorado en llegar hasta el parque, y todo esto mientras Bill había estado sentado, hora tras hora, esperando al mensajero humano de parte de Dios que habría de venir.
Si en verdad había un ángel en el parque, entonces fue conmovedor que se parecía a mí. Pero más que eso, fue solemne para mí saber que el ángel fue enviado para detener los impulsos autodestructivos de Bill, hasta que un ser humano llegara al lugar adecuado, a una hora tardía, para guiar a esa alma necesitada a Cristo. Porque es a los hombres, no a los ángeles, a quienes Dios ha dado el mensaje de reconciliación.
Considere las palabras del ángel que rescató a los apóstoles cuando fueron lanzados en prisión por predicar el evangelio. Fueron desafiados a continuar esparciendo las buenas nuevas, aun cuando ellos sabían que eso podía significar otra sentencia de prisión:
Mas un ángel del Señor, abriendo de noche las puertas de la cárcel y sacándolos, dijo: Id, y puestos en pie en el templo, anunciad al pueblo todas las palabras de esta vida (Hechos 5:19,20).

No hay comentarios:

Publicar un comentario