jueves, 12 de mayo de 2016

NADA ES IMPOSIBLE PARA DIOS

Héroes de la fe
La lámpara
La luz de los cristianos debe alumbrar en diferentes ámbitos que van de lo íntimo o cercano a lo más amplio. Primero, ha de alumbrar a los que “entran en casa” (Lucas 11:33), o sea, a los que son de casa (Mat.5:15), luego, “delante de los hombres”, es decir, a los que están más allá de nuestra casa (Mat.5:16), y también “desde el monte”, es decir, desde nuestra ciudad (Mat.5:14) a los que están más allá de ella.
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Betty Taylor
Un día en que Betty Taylor no estaba en casa, su hijo Hudson Taylor, de apenas 17 años de edad, fue a la biblioteca de su padre en busca de algún libro con el cual entretenerse. Como nada lo atrajo, se volvió hacia un pequeño canasto con folletos y escogió entre ellos uno de evangelismo, que parecía interesante, con el siguiente pensamiento: “Debe haber una historia al principio y un sermón o moraleja al final. Me quedaré con lo primero y dejaré lo otro para aquellos a quienes les interese”.
Se sentó para leer el folleto totalmente indiferente, creyendo realmente que si hubiese salvación, ésta no sería para él. Pero él no sabía lo que pasaba por el corazón de su madre en ese momento, a 120 kilómetros de allí. Ella se había levantado de la mesa con un intenso anhelo por la conversión de su hijo. Fue a su cuarto y resolvió no salir de allí hasta que sus oraciones fuesen respondidas. Hora tras hora aquella madre rogó por Hudson Taylor hasta que ya no pudo orar más, sino que fue impulsada a alabar a Dios, con la convicción de que su oración ya había sido respondida. En aquella misma hora, mientras leía el folleto, Hudson Taylor quedó impresionado con la frase: “La obra consumada de Cristo”. Él pensó: “¿Por qué el autor usó esta expresión? ¿Por qué él no dijo ‘la obra redentora o propiciatoria de Cristo’?”. Inmediatamente las palabras “está consumado” vinieron a su mente. ¿Qué estaba consumado? Luego él mismo se respondió: “Una expiación plena, perfecta y satisfactoria del pecado; la deuda estaba pagada por el Sustituto; Cristo murió por nuestros pecados y no sólo por los nuestros, sino por los del mundo entero”.
La oración de una madre
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Vino entonces un pensamiento: “Si toda la obra está consumada y la cuenta completamente pagada, ¿qué resta por hacer?”. Y con eso brilló la convicción jubilosa en su alma, por medio del Espíritu Santo, de que nada había que hacer sino arrodillarse y aceptar a ese Salvador y su salvación, y alabarlo para siempre. Así, mientras aquella madre estaba alabando a Dios arrodillada en su cuarto, él alababa a Dios en aquella biblioteca a la que había ido para leer.
Pasaron varios días. Cuando su madre regresó, él fue el primero en ir a su encuentro para contarle las buenas nuevas. Su madre lo abrazó diciendo: “Lo sé, hijo; me he alegrado ya por quince días con las buenas nuevas que tienes para darme”.
Tomado de aguas vivas.cl

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