martes, 16 de agosto de 2016

EL ESPIA QUE LLEGO DE ISRAEL 169 Por BEN DAN

 EL ESPIA QUE LLEGO DE ISRAEL 169
Por BEN DAN
 
Pero los combates que habían enfrentado a israelíes y sirios en Nukeib tuvieron otra consecuencia más, esta vez dolorosa, para el espía israelí en Damasco. Hacia fines del mes: de marzo, la prensa y la radio sirias incitaron a la población de Damasco a que "viesen con sus propios ojos el botín de que se apoderaron nuestros valerosos soldados en su combate contra los sionistas". La propaganda oficial había convertido la derrota siria de Nukeib en fulgurante victoria, y todo se había hecho para glorificar al ejército y aumentar su prestigio. Los tres vehículos blindados abandonados en el campo minado de Nukeib, fueron llevados a Damasco y se les expuso en pleno día, en la famosa Plaza de los Mártires (Plaza Mar'ga).
La muchedumbre acudió en masa para contemplar el botín tomado a los israelíes. Elie Cohen tuvo muchas dificultades para abrirse paso a través del populacho que, el ver los vehículos blindados del enemigo, vociferaba consignas tales como: "¡Mueran los sionistas!" o "¡Vivan los héroes sirios!" Los tres vehículos estaban agrupados formando triángulo, en el centro de la plaza, y la gente desfilaba a todo su alrededor. Cohen fue testigo de escenas de fanatismo, que jamás hubiese creído ciertas a no haberlas visto con sus propios ojos;: entre los millares de sirios que desfilaron de este modo ante los vehículos blindados, hubo decenas de ellos que acariciaron y hasta besaron estos, artefactos tomados a los israelíes, como también los hubo que escupieron, sobre los mismos vehículos. Tanto unos como otros estaban animados, sin duda alguna, por el mismo sentimiento de patriotismo por su ejército y de odio por Israel. Al lado de los vehículos blindados se habían dispuesto cierto número de depósitos de combustible, más o menos estropeados, con inscripciones en hebreo, y que se encontraban allí supuestamente para que "probasen" que los, sirios habían derribado aviones israelíes. Pero, allí mismo, Cohen pudo cerciorarse de que, en realidad, se trataba de depósitos de combustible de Mig- 17, de la aviación siria, y no de depósitos: de aviones del tipo "Vautour", que habían tomado parte en la batalla de Nukeib.

En medio de esta sobreexcitada multitud siria, y frente a los vehículos blindados del ejército de su país, el espía llegado de Israel sintió todo el peso de su soledad. No podía prever que, tres años después, casi en el mismo día y a la misma hora, esta misma multitud acudiría para contemplar un espectáculo distinto: el del espía israelí Elie Cohen colgando de la horca.
 
El aflictivo espectáculo de la Plaza de los Mártires ejerció profunda influencia psicológica en Elie Cohen. Sintió más que nunca el peligro latente del fanatismo árabe, capaz de lanzar a este pueblo a la comisión de actos insensatos contra Israel. Más que nunca sintió en este momento la necesidad de poner todo su esfuerzo para cumplir bien su peligrosa misión.
Muy pronto se presentó ocasión de ello. Apenase había vuelto a su casa de regreso de la Plaza de los Mártires, Cohen-Taabes, recibió una llamada telefónica.
—¿Es usted, Kamal Taabes? Bien. ¿ Quiere usted acompañarme al cine, esta noche? —le propuso, la voz de Maazi Zaher El-Din.
—Encantado —contestó Cohen-Taabes.
Así pues, esa misma noche estaba sentado, en el cine Dunia (El Mundo) al lado del sobrino del jefe del estado mayor sirio. Vieron una película dedicada a la epopeya de un comando británico que atacó el cuartel general de Rommel, en el desierto de Libia.
A eso de medianoche, fueron a sentarse en un café cercano al cine. El joven teniente estaba todavía muy impresionado por las, imágenes que había visto en el cine. El cariz profesional del asalto le había impresionado profundamente. Súbitamente dijo a Taabes:
—Imagínese, por un instante, que los israelíes nos hagan lo mismo...
El espía tuvo ganas de- soltar la carcajada. Se contuvo, y comentó:
¿Por qué piensa usted en eso? ¿Tan fuerte son los israelíes, o somos nosotros tan débiles?
Mi respuesta es afirmativa respecto a ambos puntos —contestó entonces El-Din.
Esa noche Elie Cohen sintió que, en el fondo, abrigaba una amistad sincera hacia ese joven teniente, totalmente aparte del hecho de que el oficial sirio habría de prestarle servicios inapreciables. Maazi tenía los ojos oscuros y la mirada franca. Su patriotismo, al que se mezclaba una ínfima parte de odio hacia Israel, era sincero y verdadero. Su voluntad de combatir por su país, y su orgullo de sirio estaban hechos para que conquistase las simpatías de Cohen.
Lo que el espía aún no sabía era que el joven teniente sentía igual simpatía, por él.
Dentro de poco habría de saberlo.

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