martes, 9 de agosto de 2016

EL ESPIA QUE LLEGO DE ISRAEL-Hilmi Por Ben Dan

 EL ESPIA QUE LLEGO DE ISRAEL-Hilmi
Por Ben Dan

Pero los servicios de Tel Aviv sabían que, junto con las facilidades de absorción que su agente encontraría en Buenos Aires, tendría que hacer frente a las múltiples y peligrosas ramificaciones de los servicios árabes de contraespionaje y, entre ellos, a los emisarios del Servicio de Contraespionaje sirio que mostrábase particularmente activo en el seno de la colonia árabe de la capital argentina. En el conjunto de los países de América Latina, las embajadas árabes albergan a numerosos agentes de los servicios de espionaje y contraespionaje de sus respectivos países, tal como es, además, bien sabido que estas embajadas mantienen igualmente servicios especiales de propaganda anuisraelí. Estos servicios están destinados a contrabalancear la propaganda proisraelí que emana, con mucha eficacia, de los influyentes medios judíos de la mayor parte de las capitales de América del Sur.
Un ejemplo reciente, puesto que data solamente de 1964, ilustra la actividad de los servicios árabes de contraespionaje en Argentina, y demuestra hasta dónde son capaces de llegar tales servicios para triunfar en su labor. Ejemplo además impresionante, que prueba que la guerra secreta a la que se libran los Servicios Especiales de Israel y de los países árabes se traslada a veces a lugares muy alejados del Medio Oriente.
El diecisiete de enero de 1964, exactamente a las diez horas treinta y siete minutos, fue a posarse en un terreno militar del sur de Israel un aparato que llevaba la insignia de las fuerzas egipcias del aire. De este aparato, un "Yak-II" de fabricación soviética, salió un piloto egipcio que ostentaba en su chamarra de vuelo las insignias de capitán.
—Soy desertor del ejército aéreo egipcio. Solicito derecho de asilo en Israel —declaró a los estupefactos aviadores israelíes que acudieron junto a él en el momento de su aterrizaje.
El capitán Mahmud Hilmi, de veintiseis, años, había realizado una hermosa proeza. En la mañana del diecisiete de enero había levantado el vuelo en el terreno militar de Bilbess, situado en Egipto, al otro lado del canal de Suez. Había llenado de combustible el depósito del avión y, amparándose en su calidad de instructor para un vuelo de adiestramiento, había sobrevolado el desierto del Sinaí, para ir a posarse sobre el primer aeródromo israelí •que divisó desde su aparato. Varios aviones de tipo Mig de la aviación militar egipcia habían salido en pos de él. Pero logró escapar de ellos y pasar la frontera israelí sin menoscabo. Toda la operación había durado una hora y cuarto.
Podemos imaginarnos la recepción que el comandante de la fuerza aérea israelí dispensó al capitán Hilmi, primer desertor de la aviación egipcia. Este explicó a los oficiales de la base y a los periodistas de la prensa israelí internacional que se reunieron en esta ocasión, que había escapado de Egipto por motivos políticos y morales: durante semanas había participado en las incursiones de la aviación egipcia contra las aldeas del Yemén, operaciones realizadas dentro del marco de la guerra que Egipto libra contra el gobierno monárquico de dicho país. Hilmi añadió que había tomado la decisión de desertar, después de que se le obligó a utilizar gases contra determinadas aldeas yemenitas. Puesto que pertenecía a una unidad designada para que efectuase otras incursiones contra el Yemen, había preferido buscar refugio en Israel.
La fuga del capitán Hilmi a bordo de su, aparato, y susi declaraciones ante la prensa internacional constituían un fulgurante golpe psicológico y moral para Egipto. Era una prueba más, si es que la necesitaba, del modo con que el gobierno del Presidente Nasser pensaba establecer un orden "revolucionario" en un país vecino que se resistía a la revolución. Por otra parte, la acción de Hilmi era un precioso índice acerca del estado de ánimo que imperaba en ciertos medios de oficiales del ejército egipcio.
Hemos de creer que el día de la fuga del capitán Flilmi las autoridades egipcias juraron vengarse del mal que su acción les había causado. Fue cuestión terminada mucho antes de lo que Egipto hubiese osado esperar al comienzo. La venganza fue terrible.
Mahmud Hilmi permaneció seis meses en Israel. Agasajado y festejado por sus iguales israelíes, desayunó varias veces invitado por el comandante en jefe de la aviación israelí que, en aquel entonces, era el general Ezel Weizmann. Al cabo de seis meses expresó el deseo de emigrar discretamente a Argentina, y rogó a las autoridades israelíes que le prestasen su ayuda.
Las autoridades no se opusieron a su proyecto. Se le procuraron los necesarios, documentos de identidad y hasta se le encontró un empleo decente en Argentina : un puesto de aviador civil para trabajos agrícolas, en las cercanías de Buenos Aires, con un sueldo mensual de mil dólares, que bastaba y sobraba para el hombre soltero que era él.
Hilmi salió de Jerusalén en junio de 1964, por vía aérea. Pero, a pesar de las numerosas advertencias de que fue objeto por parte de los Servicios Secretos Israelíes, en el camino hacia Argentina y desde su llegada a Buenos Aires, bajo una falsa identidad, cometió, dos errores irreparables:
Apenas su avión se había posado en el aeródromo de una capital europea, corrió al salón de tránsito para en-viar una postal dirigida a su anciana madre que vivía en El Cairo; gracias a este acto irreflexivo, los Servicios Secretos egipcios no tuvieron dificultad alguna para enterarse de que Hilmi había salido de Israel.
Llegado a Buenos Aires, Hilmi debía permanecer unos días en la capital, ,y fue a instalarse a un hotel. Al día siguiente de su llegada decidió festejarla con una buena comida oriental en uno de los numerosos restaurantes árabes que hay en Buenos Aires. Así trabó conocimiento con una prostituta de origen egipcio. En lugar de desconfiar de ella, cometió el fatal error de, en el curso de la noche, revelarle su verdadera identidad y el secreto de su fuga a Israel.
Hilmi ya no volvió nunca al hotel en el que habían quedado sus efectos personales y sus documentos de identidad.
Varios días más tarde, a primeros de julio, llegó a París el presidente del Consejo israelí Levi Eshkol, para reunirse con el presidente De Gaulle. Unos minutos después de su aterrizaje en Orly, cuando aún estaba en la famosa Isba reservada a los huéspedes distinguidos, le :entregaron un telegrama de los Servicios de Información israelíes: Hilmi había desaparecido; sin duda alguna lo habían secuestrado los Servicios Especiales egipcios en Argentina. El señor Eshkol ordenó de inmediato una encuesta que determinara si los servicios competentes que se habían ocupado del caso Hilmi no habían cometido error o negligencia.
El resultado de esta encuesta, presentado al cabo de un tiempo al presidente del Consejo, fue negativo. Los Servicios de Israel no habían descuidado nada, y la responsabilidad de su triste suerte recaía solamente en el propio Hilmi. Es interesante notar, decía el informe, que. los egipcios obraron con rapidez y eficacia máximas: la misma noche de su desdichada aventura con su "anfitriona" egipcia, Hilmi estaba ya en manos de los agentes   egipcios que lo secuestraron en los locales de la embajada de la RAU en Buenos Aires.
La operación "regreso a El Cairo" cuyo objetivo era devolver al desertor a Egipto, prolongóse durante diez días. Transportado por un buque egipcío, que había echado el ancla en un puerto argentino, Hilmi fue desembarcado en Alejandría. Dos meses después, el mundo se enteró de que Hilmi había sido juzgado en secreto por un consejo de guerra y que, bajo la acusación de deserción y alta traición, se le condenó a muerte y se le ejecutó en El Cairo.

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