domingo, 7 de agosto de 2016

EL ESPIA QUE LLEGO DE ISRAEL Por BEN DAN -Derviche

EL ESPIA QUE LLEGO DE ISRAEL
Por  BEN DAN
 
Acompañado del Derviche, Elie Cohen iba y venía, pues, a pie a lo largo de la calle Allenby en esa jornada de verano de 1960 , intentando identificar a su rastreador, y darle esquinazo.Al comienzo fracasó una y otra vez en este ejercicio que repitióse sin descanso durante días enteros. Ni una sola vez había logrado descubrir a los agentes que le seguían. Sin embargo, cada vez, después; del ejercicio, el Derviche le mostraba fotografías que los rastreadores había tomado en las calles de Tel Aviv y en las que se veía a Elie Cohen parado ante un quiosco de periódico o del escaparate de alguna tienda. Hasta que le mostraron películas que se habían tomado mientras deambulaba por las calles, sin que fuera capaz de distinguir de los demás transeúntes a los que le venían siguiendo.
No fue sino hasta al cabo de una semana de estos ejercicios que Elie Cohen logró, al fin, descubrir por primera vez a los que le seguían. A partir de ese momento el ejercicio convirtióse en juego. Gracias a los consejos del Derviche, Elie reconocía cada vez más fácilmente a los rastreadores, y aprendía a darles esquinazo, mientras que los otros, a su vez, intentaban sorprenderlo por todos los medios posibles, sin que se les viera, con sus cámaras fotográficas miniatura.
Hacia fines del primer mes de este adiestramiento intensivo, el instructor sometió a Elie a una prueba de otra especie. Una prueba que tuvo lugar en Jerusalén.
La operación comenzó con la entrega a Cohen de un pasaporte de nacionalidad francesa, extendido a nombre de Marcel Cowen. Era el pasaporte de un judío de origen egipcio de paso por Israel, antes de que se embarcase con destino a un país africano. No se había hecho más que sustituir con la de Cohen la fotografía de identidad de este turista momentáneo, por mientras durase el ejercicio. Una joven, Zeira, secretaria de los Servicios Secretos en Tel Aviv, entregó este pasaporte a Cohen.
Las instrucciones del Derviche no tuvieron ambigüedad alguna: provisto del pasaporte extendido a nombre dei Cowen, Cohen tenía que ir de Tel Aviv a Jerusalén y, por mientras durase el ejercicio, debía portarse cual si fuese el verdadero dueño del pasaporte. Dicho en otras palabras: Elie debía asumir la identidad del turista francés de origen egipcio, del que se sabía que no hablaba más que el francés y el árabe. Bajo esta identidad, su misión consistía en que entrase en contacto con el máximo número de personas que él mismo escogería, (comerciantes, empleados, funcionarios o, incluso, ministros) capaces de proporcionarle informaciones acerca de Israel.
No era nada más que lo que en el lenguaje técnico de los servicios secretos se llama una operación de tipo CC cobertura".
El Derviche combinó esta operación con el ejercicio al que acababa de dar fin con su nuevo recluta en Tel Aviv: hizo saber a Cohen-Cowen que, durante toda la duración de su estancia en Jerusalén, le seguirían varios agentes del Servicio, y que la operación sería mejor calificada si lograba burlar su vigilancia.
Emocionado al pensar que esta vez tendría que comportarse en Jerusalén cual si fuese ya un espía en país extraño, Elie, convertido en Marcel Cowen, emprendió el camino a Jerusalén, tras haber dicho a su esposa que iba allí en "viaje de negocios" y que tendría que quedarse durante varios días.
Llegó a Jerusalén por tren y fue a instalarse en una modesta pensión de familia, en la que se registró con su falso nombre. Luego se puso inmediatamente a la tarea de dar una vuelta por la ciudad y de entrar en contacto con los habitantes de la misma que escogiera.
Jerusalén, con sus barrios pobres ycallejuelas a sus lo largo de la frontera jornada, la antigua muralla que separa la ciudad israelí de la ciudad árabe, con los puestos de tiro de la región árabe en lo alto de las almenas de esta muralla, daba a Elie Cohen, que llegaba a Jerusalén por segunda vez desde que entró en Israel, la ilusión de una vieja ciudadela oriental. Entregado a sí mismo, debido a su misión, tuvo ocasión de observar la ciudad y de impregnarse de su carácter tan particular y único en el mundo.
Puesto que hablaba corrientemente el francés, no tuvo dificultad alguna para entablar conversación con algunos de los huéspedes de la pensión* en la que había posado, y a los que se presentó cual si fuera un turista del "Mediodía de Francia" y por ellos se enteró de cuáles eran los cafés y restaurantes de la capital en los que era fácil encontrar a hombres de negocios y funcionarios del gobierno.
Así es cómo, en el segundo día de su llegada a Jerusalén, trabó, conocimiento, en el café Vienna, con un funcionario que pertenecía a un gran ministerio, y esa misma noche estuvo invitado a cenar en su casa. En la cena, trabó conocimiento, entre otras personas, con el subdi-
* Para evitar que se establezcan malos entendimientos o incomodar a ciertos vecinos inocentes de Jerusalén, los autores consideran que lo acertado es no indicar los nombres de las personas con las que Cohen logró establecer contacto durante su estancia en dicha ciudad. 
rector de un pequeño banco de la capital. En cuanto se enteró por labios del turista "francés" que éste tenía la intención de instalarse en Israel y de trasladar al país su modesto capital, este subdirector le dio cita para el día siguiente en su despacho. La conversación que la mañana siguiente tuvo lugar entre Cohen y el subdirector, que había olfateado algún provecho y deseaba manifiestamente que su establecimiento se beneficiara con la transferencia entrevista del capital, fue larga y fructífera. Cohen se enteró de todas las dificultades económicas y financieras de Israel, de la "catástrofe" que se avecinaba bajo la forma de suspensión de pagos de las reparaciones alemanas, y del descenso de las colectas de dinero para Israel en Estados Unidos. Elie hizo innumerables preguntas, y el subdirector dedicóse muy amablemente y con manifiesta buena voluntad a proporcionarle las respuestas.
Inútil es decir que, posteriormente, el joven banquero admiróse de no tener noticia alguna de su cliente. Quizá nos sea permitido pensar que se habrá escandalizado al leer estas líneas, y enterarse, sólo hasta ahora, que "el turista del Medio día de Francia" no era otro que Elie Cohen.
En Jerusalén, el aprendiz de espía se había percatado de que, tal como se lo previniera el Derviche, estaba siendo seguido. Más tarde tuvo ocasión de ver las fotografías que se habían tomado de él, entre otras unas del café Vienna con el funcionario del ministerio. En cambio, había logrado salvaguardar el secreto de su encuentro con el banquero, por lo que su instructor hubo de felicitarle.
La operación Jerusalén duró diez días. Cohen, alias Cowen, trabó conocimiento con un impresionante inúmero de comerciantes, funcionarios oficiales y varios intelectuales de esta ciudad universitaria. 
 

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