sábado, 13 de agosto de 2016

EL ESPIA QUE LLEGO DE ISRAEL Por BEN DAN 107-111

 EL ESPIA QUE LLEGO DE ISRAEL
 Por BEN DAN
107-111
 
Un día fue a sentarse a la mesa de shesh-besh de Taabes, en el Club del Islam, un hombre de unos cincuenta años, muy conocido en los medios árabes de Argentina: Abdallah Latif Alheshan.
Luciendo un hermoso bigote pero con los cabellos raleándole, más bien bajito y barrigón, Alheshan era el enérgico redactor Jefe del semanario más importante en lengua árabe de Buenos Aires:: Al Aalam Al-arabí Mundo Arabe). Cohen-Taabes se había fijado en él desde su segunda visita al club, y esperaba una ocasión propicia para trabar conocimiento. El shesh-besh prestábase a ello de maravillas. Haciendo sus fichas a un lado, Taabcs entabló una larga conversación con Alheshan acerca de la situación política de Siria. Taabes explicó al redactor jefe del semanario que estaba harto de vivir "en el exilio", que se sentía sirio y no argentino, y que tenía nostalgia por su país.
—En dos palabras —dijo del modo más natural del mundo—, tengo el propósito de marcharme muy pronto a Damasco.
Alheshan escuchó complacido al joven. Invitó a Taabes a que fuese a verle en las oficinas del periódico, para continuar ahí su conversación. Taabes aceptó la invitación con entusiasmo y de inmediato quedó concertada una cita para el veintitrés de febrero de 1961.
Esta fecha indica claramente el éxito de Cohen y, sobre todo, la prontitud con que había sabido introducirse en los medios influyentes de Buenos Aires. Apenas dos semanas después de su llegada a Argentina, en país extraño y en un medio para él totalmente nuevo, encontrábase sentado en un cómodo sillón, frente al redactor jefe del semanario árabe de la capital. La conversación, que duró más de dos horas, no fue sino la primera de una larga serie de reuniones entre Taabes y Alheshan. El periodista hizo al joven "árabe" varias preguntas acerca de su vida y su familia, y Taabes, le hizo relatos interminables de su juventud, de Alejandría, de sus padres y de sus negocios en la capital argentina.
Por ciertos comentarios de Alheshan, Taabes comprendió que aquél le hubiese gustado ver al partido sirio Baas ("Renacimiento") instalado en el gobierno del país.
Además, Alheshan le dijo, sin rodeos, que era partidario de la colaboración entre Siria y el Egipto de Nasser, pero que se oponía al dominio egipcio sobre la "provincia de Siria" y que repudiaba la explotación a la que se entregaba la administración de Nasser en Siria.
Entonces Cohen-Taabes hizo el comentario siguiente:
Estaría dispuesto a marcharme a Siria hoy mismo para hacer ofrecimiento de mi parte personal al esfuerzo nacional. Pero temo verme mal recibido. No conozco a nadie en Damasco. Correría el peligro de perder el tiempo y malgastar en vano mi buena voluntad.
—El día que decidas partir para Damasco —dijo Alheshan— no dudes en acudir a mí. No tengas temor alguno, pues te recomendaré a todos mis amigos. Entre tanto, ven a verme cuantas veces quieras. Me agradas mucho, soy tu amigo.
Antes de despedirse, Alheshan pidió a Taabes que le diese su dirección para enviarle el semanario que él dirigía. Taabes le dio de inmediato la dirección del departamento que acababa de alquilar en Buenos Aires, calle Taquarra 1485. También le dio una tarjeta en la que aparecían el nombre y dirección de la compañía de fletes.
Cohen tuvo la impresión de que se había ganado la confianza del periodista árabe, impresión que estaba más bien cimentada de lo que él creía.
La prueba tangible y manifiesta de ello no la tuvo sino hasta cuatro años más tarde, en el momento en que Elle Cohen era condenado a muerte en Damasco. En esta ocasión, Abdallah Latif Alheshan dirigió una carta abierta al diario árabe más: importante del Medio Oriente, El-Hayat de Beirut, para defenderse de la acusación contra él formulada en Damasco, y según la cual había prestado ayuda inapreciable al espía israelí. En esta carta decía:
 
"Un día recibí la visita de un joven de unos treinta años, de tez clara y cabello  negro, que se me, presentó dando el  nombre de Kamal Amin Taabes. Me contó que, en su juventud, había vivido en Egipto. Posteriormente tuve ocasiónde encontrarle con frecuencia en las recepciones y cocteles de las embajadas árabes y en el Club del Islam, al que concurren todos los jóvenes árabes de Buenos Aires. Conversamos en varias ocasiones. En general, era más bien taciturno. Daba la impresión de ser un joven seria y reflexivo. Tenía vivo interés por los problemas del mundo árabey me había rogado que, después que yo los hubiese leído, le hiciera pasar los periódicos árabes".
Más adelante de su carta, Alheshan cuenta:
 
"Un día me dijo que volvería a Siria. Es muy cierto que, en ese momento, le proporcioné algunas cartas de recomendación. Pero no soy yo quien le envió a espiar en Siria a beneficio de Israel. Fueron sus amigos personales, los cónsules generales de los países árabes que le concedieron los visados necesarios e hicieron posible su acceso a Damasco. Si, posteriormente, logró esquivar durante cuatro años a todos los Servicios Secretos árabes ¿debe achacárseme a mí la culpa, porque no supe darme cuenta de su verdadera identidad en el transcurso ,de las contadas conversaciones que tuve con él?
 
Así pues, el propio Cohen no sabía, en la época de sus reuniones con Alheshan, hasta qué punto había logrado conquistar su confianza, tal como lo prueba esta carta publicada en 1,965 en el diario El-Hayat de Beirut. Pero su intuición le decía que había logrado desempeñar su papel de Kamal Taabes, y que el personaje de Elie Cohen se había ya evaporado totalmente. También sabía, y esto era de capital importancia, que su corresponsal local, Abraham, atendía con perfecta eficacia todos los detalles de su "cobertura", pues le había procurado todas las pruebas necesarias para el caso de una posible encuesta acerca de su identidad., de su pasado y de su familia por parte de sus nuevos conocidos. Cohen sentía a cada paso el benéfico efecto de la "poderosa mano" de Abraham. El hecho de saberse secundado y protegido en su tarea surtió el efecto de redoblar su seguridad.
Abraham proporcionó, de vez en cuando, a Cohen el dinero necesario para sus gastos y tren de vida que, a causa del personaje que estaba obligado a representar eran bastante elevados. Conviene que precisemos que Cohen, acostumbrado a una vida modesta, jamás planteó problema alguno, desde este punto de vista, a los Servicios  Secretos de Tel Aviv y que, por lo que respecta su presupuesto, quedó más bien por debajo de la norma.
Abdallab. Latif Alheshan no inventó nada en su carta de 1965. Cohen-Taabes no se había conformado en modo alguno con establecer contacto solamente con el redactor jefe de la revista árabe de Buenos Aires. En algunas semanas logró convertirse en invitado habitual de todas las recepciones diplomáticas de las cancillerías árabes de la capital. Se le vio en todas las, manifestaciones árabes organizadas en su mayor parte por el Club del Islam. Se le encontraba en los cocteles de las embajadas de Siria, Egipto y Líbano. En esas pocas semanas, se había convertido en algo así como un elemento pasivo, pero constante, del paisaje habitual de esta clase de acontecimientos semimundanos, semipolíticos. Entre los varios centenares, de personas que invariablemente cabe encontrar en todas las recepciones diplomáticas, ya sea en Buenos Aires, en Washington o en París, se había ya adquirido la costumbre de verle también a él. Esto no tiene de por sí, nada de extraordinario, y toda persona que frecuenta estos medios sabe que, en el fondo, no hay nada más fácil que llegar a ser un asiduo de las recepciones mundanas. Basta quererlo, aprender a conocer este medio, y estar dotado de la sangre fría necesaria para encontrarse en el momento indicado en el lugar preciso. Los demás, los anfitriones y los invitados, adquieren muy pronto la costumbre de ver a esa persona en todas las recepciones, sin que jamás se planteen la pregunta de su
identidad, ni del motivo de su presencia. En el caso de Cohen, el hecho de su presencia en todas las embajadas salía, sin embargo, de lo corriente. Habiéndose introducido en este medio, de todos modos era preciso que siguiera desempeñando en él, sin falla alguna, el papel de Karnal Taabes y que, bajo esta identidad, fuese am pliando el circulo de sus relaciones personales, para sacarle provecho el día necesario.
Así fue como un día, Cohen conoció en la embajada de Siria al hombre que, `cuatro años más tarde, decidiría su muerte: el general Amin El Hafez. El general  Hafez, hombre apuesto, de cabello entrecano con un mechón eternamente caldo en la frente y aire sudamericano más que sirio, era en aquel entonces el agregado militar de la Embajada Siria en Buenos Aires. Abdallah Alheshan presentó a Taabes al general Hafez en una recepción de la embajada. El agregado militar, imponente en su reluciente uniforme de gala, entabló una larga conversación política con Alheshan y Taabes. Hafez habló con mucha confianza del futuro del partido Baas al que pertenecía, y afirmó delante de sus interlocutores:
—Es, el único partido sirio capaz de devolver su esplendor a nuestro país. A fines de este año acabo mi misión en Argentina. De vuelta a Siria, me consagraré a la acción política en el seno del partido.
El elegante militar sirio no sabía aún, evidentemente, que antes de mucho el partido Baas le llevaría al puesto más alto de su país: la presidencia de la República Siria.
Atento como es debido a las palabras de Hafez, Taaes hizo un solo comentario:
Si yo estuviera en Damasco, haría exactamente lo mismo que usted, mi general...
—¿Qué espera, pues, para irse? —contestó Hafez cual si le diera una orden; y le volvió la espalda para conversar con otro invitado.
Pero, en un informe posterior que dirigió a sus superiores, Cohen-Taabes hacía notar que, sin duda alguna, el general Hafez había captado su breve comentario pues, varias veces, al verle en otras ocasiones le hizo un guiño y, le preguntó:
—¿Y qué, cuando partimos para Siria?

Las raras veces que Cohen tuvo ocasión de reunirse, cada vez en un lugar distinto y cada vez en el más absoluto secreto, con su corresponsal Abraham, le hizo entrega de informes detallados acerca de sus relaciones en el medio árabe, que eran más numerosas, semana tras semana. Abraham mostróse satisfecho. Tal como lo prometiera, a los tres meses entregó a Cohen un pasaporte y una tarjeta argentina de identidad a nombre de Karnal. Amin Taabes.
En el mes de mayo de 1961, Abraham transmitió a Cohen una nueva instrucción de Tel Aviv. En ella se decía: "Cohen debe anunciar a sus amigos que ha decidido marcharse dentro de poco para una gira por los países árabes, y que tiene el propósito de hacer una visita a Damasco para apreciar allí mismo las posibilidades, de instalarse definitivamente en la ciudad".

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