miércoles, 10 de agosto de 2016

EL ESPIA QUE LLEGO DE ISRAEL Por BEN DAN -Ejecución

 EL ESPIA QUE LLEGO DE ISRAEL
Por BEN DAN

El coronel Dalli dobló las dos cartas, se las guardó en el bolsillo, e hizo un ademán a Elie dándole a entender que era ya el momento de partir. A unas decenas de metros de la delegación de policía, en el centro de la Plaza de los Mártires, alzábase el patíbulo.
En ese momento eran las tres de la madrugada.
Bajo los reflectores que, de lo alto de sendos postes, alumbraban el centro de la plaza y el cadalso sobre el que se alzaba la horca apiñabanse, desde la medianoche, varios miles de personas. Poco antes de las doce, Radio Damasco había anunciado que el espía Elie Cohen iba a ser ahorcado en la Plaza de los Mártires en el curso de esa misma noche.
Viose entonces una extraña procesión de centenares de personas que, tras abandonar el lecho, se dirigían desde todas partes hacia la Plaza de los Mártires. Los había que llegaban de los barrios pobres y de las tortuosas callejuelas del Viejo Damasco, que se extiende a un lado de la plaza; y también llegaban, en igual número, del moderno barrio residencial, situado al otro lado, en el que desde el año de 1945 habitan, más que otras clases, los dignatarios del régimen, las familias ricas y los militares de carrera. Llegaban de por todos lados a este destacado lugar en el que se han sucedido todos los acontecimientos, gloriosos o macabros,  de la República Siria, y que por tantas veces había visto ya, al apuntar el alba, alzarse el patíbulo, o que tantas veces había festejado a los paladines de los sucesivos golpes de Estado.
Elie Cohen, que dentro de unos instantes iba a subir los escalones del funesto cadalso, había contemplado en esta misma plaza, siendo un curioso más perdido entre los curiosos de Damasco, los vehículos blindados de tracción de oruga del ejército israelí, que se habían exhibido en este mismo lugar durante el invierno de 1962, después que el ejército sirio los trajera de los combates de Nukeib, en las colinas que dominan el lago de Tiberíades.
Así pues, desde media noche millares de personas se habían apostado todo alrededor de la iluminada plaza, mantenidos a distancia de las alambradas de púas que rodeaban el patíbulo por soldados y policías armados hasta los dientes. Sobre la Plaza de los Mártires cerníase un silencio cargado de emoción y miedo.
El miedo innegable que toda persona siente ante la horca. Pero también, sin duda alguna, miedo instintivo de ver aparecer al que, desde hacía tres meses, había sido descrito sin cesar, por la prensa y la radio, cual siendo un "espía de primera categoría", un "criminal sin precedente", un "verdadero Satán bajo forma  humana" Al Modo de ver de millones de ciudadanos sirios, el eespía Elie Cohen se había convertido, pues,en un ser de excepción, dotado de facultades casi sobrehumanas ya que,  durante varios años, había logrado burlar la vigilancia de la poderosa junta militar y esquivar  la inportante maquinaria de los Servicios Secretos sirios. El pueblo de Damasco había abandonado el lecho, a medianoche , para ver de cerca a Elie Cohen vivo... y muerto,
jamás nadie sabrá lo que pasó por el corazón tic Elíe en el instante en que, rehusando la ayuda del coronel  Dalli y subiendo por su propio pie los escalones de¡ patíbulo, debió sentir el abrumador y tenso silencio de la multitud que, conteniendo la respiración, tenñia  la mirada fija en él. Los testigos más cercanos de su ejecución (un grupo de una cincuentena de periodistas, fotógrafos y operadores de la televisión siria), viéronIr pálido, pero sereno, cuando el verdugo de Damasco, un gigante apellidado  Abu Salim, le puso sin desatarlo ,el blanco sayal, de costados burdamente cosidas, destinado a los codenados a muerte; cuando el coronel Dallí , en presencia de todos los miembros del tribunal rnilitor quo le había condenado, le dirigió una vez más la pregunta que, desde su detención, había obsesionado a los jefes de Siria:
—Tenias cómplices en Siria, Elle Cohen? ¿Qué tienes que declarar?
Esos mismos testigos oyeron entonces la respuesta del condenado, que repitió una vez más lo que sus verdugos  habían logrado hacerle decir tras varias semanas tormento:
—Lamento lo que he hecho, y ratifico mis declaraciones anteriores.
Una hora después, el coronel Dalli explicarla a la prensa que, con esas palabras, Elie Cohen había dado a entender que había confesado que jamás tuvo cómplices sirios.
Después de estas palabras, Elie Cohen dio la espalda al coronel Dalli y subió los peldaños del cadalso, en lo alto del cual le esperaba ya Abu-Salim. Antes de ponerle la cuerda al cuello, el verdugo le tendió un capuchón para que le cubriese los ojos. Elíe lo rechazó con la mirada.
Por última vez Elie alcanzó a oír la plegaria "Dios lleno de misericordia" salida de los labios del anciano Nisim Andabo que estaba al pie del patíbulo. Luego todo sucedió con vertiginosa rapidez. Los espectadores de la Plaza de los Mártires apenas tuvieron tiempo para percatarse de que el condenado a muerte había rehusado ocultar su rostro bajo el capuchón cuando ya, con la nuca dislocada, su cabeza colgaba inanimada sobre el pecho.
De todos modos fueron menester noventa segundos para que entregase el alma, y otros dos minutos y medio más hasta que Abu-Salim declarase, dirigiéndose a los miembros del tribunal militar:
—Elie Cohen ha muerto.
Eran las tres y treinta y cinco de la madrugada del diecinueve de mayo de 1965.
Fue el mismo coronel Dalli quien se encargó del último acto, inevitable en Siria, en esta ejecución. Fijó sobre el sayal blanco que recubría el cadáver una gran hoja de papel en la que se podía leer, en grandes caracteres arábigos, la sentencia del tribunal militar que había juzgado y condenado al espía:
"Eliahú Ben Shaúl Cohen es condenado a muerte, en nombre del pueblo árabe de Siria, tras haber sido declarado culpable de haberse introducido en territorio militar y de haber comunicado información secreta al enemigo".
Así llegó a su fin la extraordinaria epopeya de Elie Cohen que, en su patria al igual que en territorio enemigo, se ha convertido desde entonces en un personaje legendario.
Durante esa noche y hasta las diez de la mañana, diez mil personas desfilaron ante su cadáver expuesto en la plaza. El estrellado firmamento de la noche de mayo había cedido el lugar al sol, implacable de esos comienzos del verano sirio, cuando las autoridades sirias hicieron descolgar el cadáver y, ese mismo día, lo enterraban en el cementero judío de la ciudad.
Elie Cohen descansa allí, todavía hoy, pues el gobierno de Damasco se ha negado, repetidas veces, a entregar sus, restos a su familia en Israel.

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