miércoles, 24 de agosto de 2016

UNA PERRA AMIGA Y PROTECTORA

 EL DIA DE LA OSA
POR PER OLA Y EMILY D'AULAIRE
Selecciones Reader´s Digest

Algo oculto había en el carácter de la enorme perra; algo que se revelaría una fatídica tarde de diciembre

 AFINES de 1,986, Missy Perkins vio un anuncio en el periódico: regalaban una perra cruzada, castrada, de tres años, que había crecido demasiado para la casa de sus dueños. La perra parecía una solución ideal para un problema creciente. Los patos y gallinas de la granjita de los Perkins, en Vermont, eran devorados por comadrejas, zorras y mapaches. Las verduras sucumbían ante conejos y ciervos. Una buena perra podría ahuyentar a los depredadores. Además, Missy, su esposo Dale y sus cinco hijos eran naturalmente aficionados a los animales, y aquella perra sería una grata compañía para la familia.
Missy telefoneó a la dueña, quien prometió llevar al día siguiente la perra a la granja. Al ver al animal, Missy se preguntó si no habría cometido un error. Se trataba de una bestia peluda, de 36 kilos: mitad terranova y mitad de "algo salido de un montón de leña". A Missy le preocupó que la espesa melena de la perra diseminara el olor de la granja por todos los rincones de la casa. Pero el animal dejó que los niños tiraran de su piel y sus orejas sin gruñir
Parecía plácida, pero alerta; afectuosa y bien adaptada. Y, aunque un can de aquel tamaño tendría un apetito difícil de satisfacer, los Perkins obtenían suficiente rendimiento del ganado para suministrarle a la perra bastantes sobras como alimento
.No obstante, algo molestaba a Missy. Los dueños de la perra debieron haber advertido que estaba destinada a ser enorme, porque sabían que tenía sangre de terranova, raza que puede llegar a pesar más de 70 kilos. Deberían haber previsto que resultaría demasiado grande para su casa. ¿habría otro motivo para regalarla? ¿Tendría la perra algo que no querían revelar?
Para los niños, aquello fue amor a primera vista, y suplicaron quedarse con el animal. Missy accedió, siempre y cuando pudieran devolver al animal si las cosas no marchaban bien.
La perra se llamaba Rosie, pero este nombre no le duró mucho. "No es una rosa", declaró Zeke, el pequeño de tres años, al describir a aquella bestia peluda con orejas colgantes y zarpas como zapatillas. "Más bien parece una osa". A la hora de la cena, Rosíe se había convertido en La Osa.
La Osa no mordisqueaba las cosas ni perseguía automóviles, y parecía entender que su labor consistía en proteger a los demás animales. También cuidaba a los niños, y los vigilaba tan celosamente como a las gallinas y a los patos. En el invierno, galopaba junto a los niños, cuando en trineo se deslizaban cuesta abajo por las nevadas colinas. En verano, nadaba con ellos en un río cercano.
Los terranovas tienen un agudo instinto para el rescate en el agua, característica que durante siglos les fue inculcada por los pescadores del océano Atlántico, al aprovecharlos para ayudar a recoger las redes y salvar a los hombres que caían al agua. La herencia de La Osa era evidente: cuando los niños se zambullían en el río, la perra nadaba en círculos alrededor de ellos, y ladraba cuando consideraba que se aventuraban demasiado lejos. Era la perra perfecta para una granja: buena compañera, guardiana y protectora.
Desde el principio, el favorito de la perra, entre los niños, fue Zeke. En cuanto el autobús escolar se perdía de vista en la carretera, con los otros cuatro niños, Zeke y La Osa se dirigían al granero con Missy, quien ordeñaba las vacas.
Con frecuencia, después de comer, niño y perra se hacían un ovillo en la cocina, cerca de la estufa de leña. A veces, La Osa dormitaba mientras Zeke fingía leerle algo; a menudo, ambos se quedaban profundamente dormidos, en un enredo de piel oscura, cabello rubio, manos pequeñas y enormes zarpas. A la hora de acostarse, Zeke reservaba el último abrazo para La Osa, su "mejor amiga".
EL 19 de diciembre de 1987, Missy salió de la granja para dejar a Becky, de, diez años, en compañía de un grupo con el que ensayaría villancicos navideños, y a Josh, de 11, en casa de un amigo. Los tres hijos más pequeños jugaban afuera, en la nieve, con La Osa. Al caminar el padre del buzón hacia la casa, Martha, de ocho años, le preguntó si podría ir con Zeke y Sarah a deslizarse en el estanque.
Había dos pequeños estanques alimentados por manantiales en la propiedad de los Perkins. Durante varios días, el frío había calado hasta los huesos, y ambos estanques estaban congelados casi hasta el fondo.
Dale dio el permiso a los niños y se metió en la casa. Martha, Sarah y Zeke se deslizaban de un lado a otro; pero, a los pocos minutos, Sarah concluyó que se estaba aburriendo. "Vamos a deslizarnos en el estanque de Lee", sugirió.
A unos 225 metros de allí, quedaba el estanque de Lee, oculto a la casa de los Perkins por una hilera de árboles. Un granjero lo había excavado en un henar para proveer de agua a su ganado. Con unos 20 metros de anchura, el estanque tenía orillas que descendían hasta una profundidad de 2.5 metros. Los pequeños pensaron que, si su estanque tenía hielo sólido, seguramente el otro estaría igual.
Gritando felices, los tres se deslizaron por todos lados, pues sus botas resbalaban fácilmente por el hielo. ¡Y cómo reían al ver los vanos intentos de La Osa por detenerse de pronto! Al cabo, cansados, los tres se sentaron en el hielo, y La Osa se echó junto a ellos. De repente, el
hielo cedió bajo el peso combinado de todos. Mientras La Osa saltaba hacia la orilla, los tres niños se sumergieron en el agua helada.
Con agudos gritos, Martha y Sarah lucharon por apoyar los pies en los troncos y pedruscos sumergidos. Las ramas de un matorral cercano les brindaron asidero y, valiéndose de todas sus fuerzas, las dos niñas se arrastraron hasta la orilla. El pequeño Zeke, en cambio, se agitaba desesperado en el agua, asido a un pedazo de hielo, pero incapaz de encaramarse en él.
Pedía auxilio a gritos, mientras Martha y Sarah se esforzaban por asirlo, pero estaba fuera de su alcance. Aunque las dos niñas sabían nadar, comprendieron que no eran suficientemente fuertes para permanecer a flote con la pesada ropa ya empapada.
La capacidad de Zeke para nadar era mínima. Cuanto más se sacudía, tanto más se alejaba, en tanto que la chaqueta, las botas, la larga ropa interior y los pesados pantalones se llenaban de agua: el peso amenazaba hundirlo. Al buscar frenéticamente unas varas largas para acercarse a su hermanito, las niñas no pudieron hallar nada que no estuviera arraigado con solidez al suelo. En esos momentos, todos gritaban de terror.
MISSY estuvo ausente sólo media hora. Cuando regresó, saludó a Dale y salió a verificar que sus hijos estuviesen bien abrigados. No los encontró en los estanques pequeños, como esperaba, y enfiló hacia el granero. A medio camino, oyó los gritos que procedían del estanque de Lee. Mientras rezaba por llegar a tiempo, Missy atravesó corriendo el campo, sin dejar de gritar los nombres de sus hijos.
El asimiento de Zeke en el hielo se debilitó. "¡Sostente!", le gritaron sus hermanas. La Osa, que se había encaramado a la orilla, pareció comprender inmediatamente el peligro de aquella situación. Emitió varios ladridos y entró en acción: corrió directamente hacia Zeke y se zambulló en el agua. Con el hocico, sujetó el cuello de la chaqueta del niño, y apretó los dientes con todas sus fuerzas. Sin aflojar en absoluto, el noble animal tiró del espantado pequeño hacia la orilla y el agua baja, donde ya podía tocar fondo y ponerse en pie.
Entonces, La Osa hizo algo que no había hecho nunca, ni repetiría jamás: se dio la vuelta y le ofreció la cola a Zeke. Su mensaje era claro, aun para un pequeño de cuatro años, confuso y asustado. Zeke asió la cola, y La Osa lo remolcó a lugar seguro. Con un tirón final, y con la ayuda de Martha y Sarah, la perra dejó a Zeke en la orilla, donde el sollozante niño cayó en los brazos de sus hermanas. -¡Oh, Osa, eres lo máximo!", exclamó Sarah.
Cuando Missy encontró al amontonado trío, se arrodilló y estrechó a los niños en sus brazos, mientras reía y lloraba al mismo tiempo. La Osa lamía los húmedos rostros, uno tras otro.
Aquella noche, a la hora de la cena, los Perkins unieron las manos para rezar. Dieron gracias a Dios por cada día que pasaban juntos. Lo ocurrido aquella tarde dio a toda la familia una nueva conciencia de la fragilidad de la vida, y de la fina línea que separa a la ventura de la desgracia.
La noticia de la heroica hazaña de La Osa trascendió los límites de la comunidad de Vermont, y pocos días después la cocina de los Perkins se vio repleta de reporteros y equipos de televisión.
La Osa aceptó aquello con naturalidad, contenta de cuidar gallinas, ovejas ... y niños. "A ella le gusta ser sólo la sencilla Osa", comentó Zeke, y diciendo esto rodeó con sus brazos el cuello de la enorme perra.
Luego de enterarse de la proeza de La Osa, la anterior dueña visitó la granja de los Perkins. Missy mencionó su escepticismo por la explicación que le dio al regalarle a la perra. La mujer señaló que, en realidad, el animal era muy grande para su casa; pero luego agregó con timidez: "¡Imagine usted!, ¡mi padre creía que era tonta!"

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