domingo, 25 de septiembre de 2016

MANUEL BAUTISTA PEREZ- LOS JUDIOS BAJO LA INQUISICION EN HISPANOAMERICA

  LOS JUDIOS BAJO LA INQUISICION EN HISPANOAMERICA
BOLESLAO LEWIN 
 
Capítulo V 

SINGULAR FIDELIDAD A LA FE JUDIA Y UN 
EXTRAORDINARIO CASO DE CONVERSION 
A LA CATOLICA 
1. — La figura principal de la "complicidad grande" 
peruana 

Manuel Bautista Pérez es titulado en los documen- 
tos de la Inquisición Capitán grande, es decir, jefe es- 
piritual, rabino, de los judíos peruanos de la primera 
mitad del siglo XVII. En qué se basan los documentos 
para hacer esa afirmación no es sabido, porque el incen- 
dio de la Biblioteca Nacional de Lima, en 1943, convir- 
tió en cenizas las actas del más grande proceso inquisito- 
rial en el Virreinato del Perú, el de la llamada "com- 
plicidad grande", cuya figura principal justamente fué 
Manuel Bautista Pérez. 
Pérez nació en 1593 en Sevilla, ciudad vecina del 
reino portugués, donde existía el más importante foco 
de criptojudíos. Su padre fué español y su madre lusi- 
tana. Cosa muy frecuente en las familias marranas, 
sobre todo en la época de la unificación de ambos reinos 
ibéricos (1580-1641). También el doctor Francisco Mal- 
donado de Silva, criollo, y el conquistador Luis de Car- 
vajal, portugués, estaban casados con sevillanas. Manuel 
Bautista Pérez cuando tenía seis años de edad fué lleva- 
do a Portugal; cuando se hizo mozo se trasladó a las 
Indias, donde llegara a amasar una gran fortuna. Ya 
en 1622 era un personaje vastamente conocido en el 
Perú y muy vinculado a los dignatarios civiles y ecle- 
siásticos. 
Pérez era un hombre de amplia cultura y de pro- 
fundas inquietudes espirituales. En las muy escuetas 
noticias de la Inquisición, se dice de él que "tenía mu- 
chos libros espirituales y trataba con teólogos descen- 
dientes de portugueses de varias materias teológicas". 
Fué también un verdadero mecenas, y según los mismos 
documentos, la famosa Universidad limeña de San Mar- 
cos le consagró actos literarios "con dedicatorias llenas 
de adulación y encomios, dándole los primeros asientos". 
Pese a haber demostrado que era de cuna sevillana, 
tanto la Inquisición como las gentes lo consideraban por- 
tugués, no sólo por sospecharlo judío, sino también por- 
que empleaba mayormente este idioma y porque todas 
sus relaciones íntimas eran de esa procedencia. Cuando 
fué detenido por el Santo Oficio, el pueblo limeño tejió 
en torno a su persona una leyenda que pasó de genera- 
ción en generación y que el notable tradicionalista pe- 
ruano, don Ricardo Palma, refiere en los términos si- 
guientes: 
"Cuenta el pueblo que por agosto de 1635, y cuando 
la casa [llamada después de Pilatos] estaba arrendada 
a mineros y comerciantes portugueses, pasó por ella, un 
viernes a medianoche, cierto mozo truhán que llevaba 
alcoholizados los aposentos de la cabeza. El portero ha- 
bría olvidado probablemente echar cerrojo, pues el pos- 
tigo de la puerta estaba entornado. Vió el borrachín 
luces en los .altos, sintió algún ruido o murmullo de 
gentes, y confiando hallar allí jarana o moscorrafio, 
atrevióse a subir la escalera de piedra, que es, dicho sea 
de paso, otra de las curiosidades que el edificio ofrece. 
El intruso adelantó por los corredores hasta llegar 
a una ventana, tras cuya celosía se colocó y pudo a sus 
anchas examinar un espacioso salón profusamente ilus- 
trado y cuyas paredes estaban cubiertas por tapices de 
género negro. 
"Bajo un dosel vió sentado a uno de los hombres 
más acaudalados de la ciudad, el portugués Manuel Bau- 
tista Pérez, y hasta cien compatriotas de éste en escaños, 
escuchando con reverente silencio el discurso que les 
dirigía Pérez y cuyos conceptos no alcanzaba a percibir 
con claridad el espía. 
Frente al dosel, y entre blandones de cera, había 
un hermoso crucifijo de tamaño natural. 
"Cuando terminó de hablar Pérez, todos los cir- 
cunstantes, menos éste, fueron por riguroso turno le- 
vantándose del asiento, avanzaron hacia el Cristo y des- 
cargaron sobre él un fuerte ramalazo. 
"Pérez, como Pilatos, autorizaba con su impasible 
presencia el escarnecedor castigo. 
"El espía no quiso ver más profanaciones; escapó 
como pudo y fué con el chisme a la Inquisición, que 
pocas horas después echó la zarpa encima de más de 
cien judíos portugueses. 
"Al judío Manuel Bautista Pérez le pusieron los 
católicos limeños el apodo de Pilatos, y la casa quedó 
bautizada con el nombre de Casa de Pilatos. 
"Tal es la leyenda que el pueblo cuenta. 
"En la Biblioteca Nacional existe el original del pro- 
ceso de los portugueses, y de él sólo parece que en la calle 
del Milagro existió la sinagoga de los judíos, cuyo ra- 
bino o capitán grande (como dice el fiscal del Santo 
Oficio) era Manuel Bautista Pérez. El fiscal habla de 
profanación de imágenes; pero ninguna minuciosidad 
refiere en armonía con la conseja popular." 
Según se ve, don Ricardo Palma duda de la vera- 
cidad de la tradición popular que en forma tan amena 
transcribe. También otros autores desconfían de su exac- 
titud. Señalan que en la Córdoba hispana existe asimis- 
mo una casa de ese nombre, y el gran parecido con ella 
de la limeña podría ser el origen del nombre de esta 
última. 
No creemos oportuno debatir . aquí este aspecto, 
aunque también nosotros tenemos graves dudas sobre el 
particular. Nos parece que se trata de un producto del 
medio ambiente mojigato de la época colonial, lleno de 
los más absurdos prejuicios antisemitas y conmovido 
periódicamente por las revelaciones inquisitoriales en 
torno de las cuales se tejían las leyendas más inverosí- 
miles. 
No sólo esa leyenda circulaba en Lima sobre Ma- 
nuel Bautista Pérez. Su ofrecimiento al virrey del Perú, 
conde de Chinchón (1629-1639), de hacerse cargo de la 
custodia y manutención de la Sala de Armas fué inter- 
pretado, después de su aprehensión, como deseo de ob- 
tener el contralor del arsenal de la ciudad, a fin de en- 
trar en tratos con los enemigos de España, los protes- 
tantes holandeses que en aquel entonces dominaban en 
el norte del Brasil, y entregarles la llave del inmenso 
Virreinato. . . 
La recia personalidad de Manuel Bautista Pérez, su 
notable cultura y grandes riquezas, se prestaban muy 
bien para crear una atmósfera de curiosidad en torno a 
su persona. Contribuyó a aumentar el misterio que lo 
rodeaba el hecho de que haya negado los cargos in- 
quisitoriales, por más que lo habían denunciado treinta 
de sus correligionarios. Ni siquiera mediante horribles 
y repetidas torturas la Inquisición logró arrancarle la 
más insignificante confesión acerca de sus presuntos de- 
litos o los de sus relaciones. Esto constituye una prueba 
cabal de gran fuerza psíquica y física, rara — por cier- 
to — en los anales del Santo Oficio. Porque una cosa es 
rezar y otra soportar el inhumano dolor de los huesos 
triturados y de los miembros descoyuntados. 
Sin embargo, Manuel Bautista Pérez no pudo evi- 
tar que de sus voluminosos legajos comerciales la In- 
quisición sacara la nómina de sus representantes comer- 
ciales en el territorio peruano sometido al tribunal in- 
quisitorial de Nueva Granada y confirmase las sospe- 
chas acerca de su condición judaica. Esto, junto con las 
testificaciones arrancadas en la cámara de tormento, fué 
lo que condujo al gran auto de fe en Cartagena, en 
1638. 
Curiosa y comprometedora es la correspondencia 
— aún inédita — de Pérez. No obstante estar redactada 
bajo el acecho de la Inquisición, y a pesar de hacer muy 
frecuentes invocaciones del Todopoderoso, del Señor de 
los Cielos, de la Divina Providencia y de Dios a secas, 
jamás se cita en ella a Jesucristo, a la Trinidad y a los 
santos católicos, lo que fué otro comprobante de su cul- 
pabilidad y de la de sus agentes comerciales. 
Manuel Bautista Pérez, que había caído por pri- 
mera vez en las garras inquisitoriales, habría podido sal- 
var su vida si estuviese dispuesto a hacer el papel de 
humilde pecador y expresase el deseo de someterse a 
las penalidades y vejámenes que implicaba la llamada 
"reconciliación con la Iglesia". Pero él, orgullosamente, 
eligió el camino del desafío del temible tribunal. En ta- 
les casos, éste no sólo no mostraba su "benignidad", si- 
no, por el contrario, castigaba con extremo rigor. El des- 
pecho de los inquisidores frente a la negativa de Pérez 
de atender sus razones ''piadosas", incluso en el momen- 
to en que se hallaba a un paso del quemadero, les hizo 
estampar las siguientes observaciones acerca de los úl- 
timos instantes de su existencia terrena: 
"Dió muestras de su depravado ánimo y de disimu- 
lado judío en el ósculo de paz que dió a su cuñado Se- 
bastián Duarte, relajado en el cadalso, y de las demos- 
traciones de ira que con los ojos hacía contra aquellos 
de su casa y familia que habían confesado y estaban 
allí con sambenitos; oyó su sentencia con mucha seve- 
ridad, pidiendo al verdugo hiciera su oficio." 

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