sábado, 17 de septiembre de 2016

"TU ESTARÁS CONMIGO"-A ORILLAS DEL RIO KWAI Por Ernest Gordon

 TU ESTARÁS CONMIGO"-
A ORILLAS DEL RIO KWAI 
Por Ernest Gordon
Un día un sargento australiano a quien yo no había visto antes, vino a verme. Nos sentamos en cuclillas frente a mi choza, y hablamos de varias cosas. Se veía que tenía algo que decirme pero le llevó algún tiempo para decidirse a hablar.
Finalmente dijo:
— Mis compañeros y yo hemos estado charlando acerca de algunas cosas. Nos pusimos a pensar si, después de todo, no habrá algo que no habíamos entendido correctamente hasta ahora en esta cuestión del cristianismo.
— ¿Cómo sucedió esto? — le pregunté. El sargento arrugó la frente.
— Estamos hartos de todo lo que vemos a nuestro alrededor — continuó —. Hombres que le patean los dientes al caído, que se roban mutuamente y que roban a los muertos, que se arrastran como ratas hasta las cocinas de los japoneses para recoger restos de los baldes de desperdicios ... — No, no puede ser así, — le temblaba la voz por la emoción —, por cualquier lado que se lo mire. , . Está todo muy podrido, podrido. . . — haciendo un esfuerzo volvió a cobrar dominio de sí.
—Sí, señor. Mis compañeros y yo lo hemos meditado bastante. Todos hemos podido conocer el lado peor de la vida ¿no es así? y pensamos que debe de haber algo mejor en alguna parte. De modo que queremos intentar una vez más con el cristianismo. . . descubrir si es de valor, o no.
¿Y qué pasa si descubren que no lo es?
El sargento se rascó el mentón pensativamente.
— Entonces sabremos que no sirve. Eso puede ser importante también.
— ¿Y qué tiene esto que ver conmigo? —pregunté.
El sargento me miró fijamente.
—    Mis compañeros, ... ellos ... bueno, me pidieron que le preguntara si usted estaría dispuesto a encontrarse con ellos, y ... bueno, dirigir las charlas.
— Pero ¿por qué yo? Seguramente hay otros que podrían hacer esa tarea mejor.
—    Ellos piensan que usted es la persona adecuada — contestó con calmosa tozudez —. En primer lugar porque saben que usted es un hombre de lucha, un soldado. Por otra parte han oído que usted asistió a la universidad, de modo que debe de saber algo del cristianismo.
Quedé pasmado con el pedido. Quise rehusar la propuesta de inmediato. Pero cuanto más hablábamos, tanto más me sentía atraído por este hombre. Nos podíamos comunicar sin ningún esfuerzo. ¿Sería tal vez porque había pasado por una experiencia similar a la mía?
Para ganar tiempo mientras tomaba una decisión, le pregunté acerca de su vida. Me dijo que había pasado la niñez en las minas de cobre de Nueva Gales del Sur, en donde creció acostumbrado al rigor y al peligro. No había tenido una educación formal, pero tenía, por naturaleza, inteligencia y fuerza de espíritu.
No le había dado la respuesta todavía cuando mencionó de paso que debido a su experiencia en atletismo, estaba organizando un equipo para devolverle vida a las piernas de los paralíticos. Ya que él se entregaba a los demás ¿tenía yo derecho a rehusar su pedido? Más aun, el interés de sus compañeros debía de ser genuino porque de lo contrario no lo habrían enviado a verme.
—    Y si acepto — le dije, tratando de dilatar la cosa — ¿crees que podré ser de alguna ayuda? — Por supuesto, no me cabe la menor dud- repuso enseguida —, pero debo aclararle algo. Los muchachos no van a aguantar una clasecita de Escuela Dominical. Quieren la cosa en serio.
— Está bien — le dije sonriendo —. Trataré de darles "la cosa en serio". Pero, entiéndame bien, no puedo asegurar que lo que yo diga llegue a tener significado para ellos.
— ¡Gracias! Se levantó del suelo, y me extendió la mano.
—    ¿Dónde nos reuniremos? — le pregunté. Pensó un momento.
—    ¿Conoce ese lugar pasando el hospital, donde crecen muchas cañas?
— Creo que sí.
— Un poco más arriba de las letrinas. Creo que allí estaremos tranquilos.
— ¿No es ese el lugar junto a la Casa de la Muerte?
— Sí, ¿por qué?
Me reí.
—    Es todo parte de mi pasado. ¿Cuándo nos encontramos?
— ¿Es muy pronto mañana por la noche?
—    En absoluto. Estaré allí.
Me dio las buenas noches y se fue.
 Hice un inventario de mis posibilidades. Una cosa sabía con certeza: En una situación tan real como un campo de concentración, no era cuestión de discutir conceptos filosóficos abstractos. Y, sin embargo, tenía muy poco en mi experiencia anterior a la guerra que prometiera ser significativo.
Había pasado por los típicos entusiasmos idealistas de la juventud. David Livingstone había sido uno de mis héroes de la niñez. La vida y la obra de Albert Schweitzer habían sido una inspiración para mí. En algún momento pensé en ser un misionero en algún país lejano pero gradualmente le fui dando la espalda a esa meta, y al mismo tiempo, la espalda al cristianismo. Sus doctrinas prácticas parecían irrelevantes y para el "otro mundo" en comparación con las de mis amigos"- racionalistas.
Las dos manifestaciones de doctrina cristiana con las que estaba familiarizado no me impresionaban en absoluto. La primera de ellas mantenía que la Biblia había sido inspirada literalmente, había sido dictada palabra por palabra y entregada al hombre en bandeja de plata. La vida cristiana estaba organizada como una vida de obediencia a una serie de leyes arbitrarias que me parecían negativas, restrictivas y frustrantes. Requerían que uno renunciara al mundo y sus pecados, pasara largo tiempo en interminables oraciones verbales, se dedicara a estudiar la Biblia de una forma muy literal, y considerara cada desastre como una consecuencia del pecado. El énfasis teológico principal se centraba en la muerte de Jesucristo como un sacrificio hecho para aplacar a un Dios iracundo.
Lo que yo encontraba particularmente difícil de aceptar era la actitud de tales cristianos hacia aquellos que estaban fuera de su grupo sectario. Con la vehemencia de quienes se sientan básicamente inseguros se veían a sí mismos como los ungidos de Dios, y por lo tanto criticaban a todos los demás.
Tal como yo veía las cosas, se las arreglaban para quitarle las burbujas a la champaña de la vida, dejándola chata, insípida y sin gusto. A mí me gustaba el mundo y la vida. Me gustaba la buena compañía y la diversión. Cualquier credo que exigiera no ir al teatro, no tomar, no fumar, y no besar a las chicas me parecía, no sólo monótono y aburrido, sino una manera increíblemente fácil de llegar al cielo. Prefería infinitamente un infierno duro a esta gris morada sin sol de los fieles, en donde cada uno estaba enojado con todos los demás.
La otra doctrina parecía sostener que el cristianismo era solamente para la gente decente, criada en casas hermosas, educada en buenas escuelas, en las que habían aprendido a hacer todas las cosas bonitas que se deben hacer. El cielo, para este grupo de personas, era una especie de continua merienda, con bocadillos y té servido en tazas de loza china. Era todo eminentemente respetable, pero bastante duro para los pececitos que estaban fuera del balde.
Nada de esto me atraía. La política o el servicio social — algo de este tipo — me ofrecían una forma más realista de ayudar a resolver los problemas de la humanidad. Y también estaba la ciencia. El rápido progreso que se hacía en ese campo indicaba que el hombre podía cuidar de sí mismo y resolver sus propios dilemas sin ayuda del poder divino, no importa cuán benigno fuera éste.
Muchos "mundos felices` se construían en aquellos días, y el mío era uno de ellos. No teníamos idea de cuán pronto se desmoronarían.
A medida que hacía mi evaluación decidí que prácticamente mi única ventaja era poder empezar a partir de cero. Después de eso lo más obvio era tratar de descubrir lo más posible acerca de jesús.
Una vez, cuando era estudiante, fui a una conferencia donde se anunciaba la primera de una serie de charlas acerca de la persona y las enseñanzas de Jesús. La serie comenzó con el libro de Levítico en el Antiguo Testamento. No me resultaba claro cómo alguien podía aprender gran cosa sobre Jesús en la variedad de sacrificios que allí s( detallaban en abundancia, de modo que no volví a asistir a las otras conferencias. Debido a experíencias de este tipo yo había llegado a la conclusión de que Jesús era un personaje de cuentos de hadas adecuado para niños tal vez, pero no para adultos.
El lugar lógico para comenzar ahora, reflexioné era el Nuevo Testamento, el único registro de si: vida y de sus enseñanzas que teníamos a nuestrc alcance.
Yo tenía una Biblia. Era una ya bastante usada que me había regalado un suboficial que quería aliviar su mochila antes de emprender la marcha hacia el interior del país. Estaba gastada, rota, y remendada, y tenía la tapa forrada con el hule de  una capa. No tenía referencias, ni explicaciones ni anotaciones.
Esa Biblia era todo lo que tenía para usar de base cuando enfrenté el grupo la noche siguiente en el bosquecillo de bambú. Con no poca alarma descubrí que había un grupo grande esperando.
Estaban allí sentados, esperando en respetuoso silencio. Pero sus rostros tenían un aire de advertencia que decía a las claras: "Te toleraremos, compañero, siempre y cuando no te pongas a dr] una perorata."
Comencé por describir mi propio incierto estado de gracia, hablándoles con toda franqueza de mis dudas y conflictos. Cuando les pregunté de frente si estaban dispuestos a acompañarme y enfrentar las cuestiones básicas de la existencia humana, dijeron que sí.
Al principio me abrí camino cautelosamente. Les conté algo de lo que había aprendido en la escuela acerca de la cultura griega y romana, del politeísmo y del mitraísmo, de la vida y las costumbres del Antiguo Testamento. No me llevó mucho tiempo recorrer la totalidad de mi superficial erudición. Se hizo un silencio, un silencio incómodo. En mi desesperación pedí que me hicieran preguntas.
Era riesgoso de hacer. Podrían haberme liquidado arrinconándome o forzando una competencia verbal en la que yo resultaría el perdedor. Pero no habían venido por esa razón. Querían hallar el significado de la vida, si es que ese significado existía y podía encontrarse.
Eran muy bondadosos estos muchachos. Cuando comenzaron a hablar acerca de sus interrogantes íntimos, lo hicieron libremente. Expresaron con franqueza sus puntos de vista acerca de la vida en este mundo, su sentido, y de la vida en la eternidad. Estaban buscando una verdad que pudieran percibir tanto con su corazón como con su mente. Cuando la reunión terminó supe que podría seguir adelante.
En los encuentros sucesivos fue creciendo el número. Había caras nuevas, más y más pares de ojos mirando interrogantes a los míos. Les fui exponiendo el Nuevo Testamento en el propio lenguaje de ellos, manteniéndome apenas una lección más adelante que ellos.
Por medio de nuestras lecturas y discusiones, llegamos a conocer a Jesús. El era uno de los nuestros. Entendería nuestros problemas porque era el tipo de problemas que El mismo había enfrentado. Lo mismo que nosotros, a menudo no tuvo donde reclinar su cabeza, ni alimento para su estómago, ni amigos en posiciones encumbradas.
El también sabía lo que era estar muerto de cansancio por exceso de trabajo, conocía el sufri-miento, el rechazo, y las desilusiones que son parte de la trama de la vida. Sin embargo no fue un aguafiestas.
A medida que leíamos y conversábamos, fue cobrando vida. Lo empezamos a ver en la plena dignidad de su hombría. Era un hombre a quien podíamos comprender y admirar; el tipo de amigo que nos hubiera gustado tener a nuestro lado, cuidándonos las espaldas; un líder al que podíamos seguir.
Nos fascinaba su humanidad. Aquí había un trabajador, y sin embargo alguien perfectamente libre, que no se había dejado esclavizar por la sociedad, ni por la economía, la ley, la política o la religión. Fuerzas demoníacas existían entonces como ahora. Habían intentado destruirlo, pero no habían podido tener éxito.
Es verdad, lo habían clavado a una cruz y atormentado con sufrimientos; pero no se había quebrado. El peso de la ley y de los prejuicios cayó sobre él, pero no pudo aplastarlo. Había permanecido libre y vivo, como lo había demostrado la resurreción. Lo que El era, lo que hizo, lo que dijo, todo tenía significado para nosotros. Comprendimos que el amor expresado de forma tan suprema por Jesús era el amor de Dios, el mismo amor que estábamos experimentando nosotros, amor que es apasionada bondad, amor que se centra en los demás en lugar de centrarse en sí mismo, amor más grande que todas las leyes humanas. Era el amor que había inspirado a San Pablo, una vez que experimentó su poder, a escribir:
"El amor es sufrido, es benigno."
Las doctrinas que fuimos extrayendo tenían sentido para nosotros. Nos aproximamos a Dios por medio de Jesús, el carpintero de Nazareth, la palabra encarnada. Una aproximación así la veíamos lógica, pues era la forma en que El había venido hasta nosotros. Se hizo carne, anduvo en medio de los hombres, y se manifestó por sus acciones, como alguien lleno de gracia y de verdad.
Fuimos llegando a nuestra comprensión de los caminos de Dios no uno por uno, sino juntos. En la confraternidad de la libertad y del amor, encontramos la verdad, y con la verdad, un maravilloso sentido de unidad, de armonía y de paz.
Mientras llevábamos a cabo cada noche nuestro encuentro en el bosquecillo de bambú, me uní, tan pronto como pude hacerlo, al equipo de masajes del sargento australiano. A cada uno se nos asignó cuatro o cinco pacientes que cuidar, dispersos en distintas barracas del campamento. Visitábamos diariamente a las personas que teníamos a nuestro cargo. Mientras les dábamos masajes escuchábamos sus penas y sus infortunios. Cuando se presentaba la oportunidad les hablábamos, intentando darles confianza, y estimulándoles la voluntad de vivir.
Casi todos nuestros pacientes eran jóvenes. Algunos de ellos estaban moribundos. Entonces tenía razones para agradecer las verdades eternas que habíamos encontrado durante nuestras reuniones en el bosque de bambú. Casi diariamente me hacían preguntas para las cuales la Razón no tenía respuestas. Casi diariamente me veía frente a frente con los grandes problemas de la existencia humana.
Estos interrogantes tomaban muchas formas. Pero casi todos ellos eran simplemente formas de ocultar la gran pregunta: ¿Cómo puedo enfrentar la muerte? ¿Es posible superar la muerte?

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