jueves, 27 de octubre de 2016

AUTOBIOGRAFIA- MADAME GUYON- Pag. 23

Oh, Dios Tú de amor, ¡cuántas veces has llamado a la puerta de
mi corazón!
¡Cuántas veces me has aterrorizado con simulacros de
una muerte repentina! Todos estos sólo dejaron una impresión
pasajera. En breve regresaba otra vez a mis infidelidades. Mas esta
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vez te llevabas y raptabas mi corazón. ¡Ay, que pena tenía ahora por
haberte desagradado! ¡Qué lamentos, qué suspiros, qué sollozos!

¿Quién hubiera pensado al verme que mi conversión habría de durar
toda mi vida? ¿Por qué no, mi Dios, tomaste por completo este
corazón para Ti, cuando te lo entregué tan plenamente? O, si fue
entonces cuando lo tomaste, ¿por qué lo sublevaste de nuevo? Seguro
que eras lo suficientemente fuerte como para dominarlo, pero quizás
Tú, al dejarme a mi aire, expusiste tu misericordia para que la
profundidad de mi iniquidad pudiera servir como trofeo a tu bondad.
Me apliqué de inmediato a todas mis obligaciones. Hice una
confesión general con gran contrición de corazón. Confesé con
franqueza y con muchas lágrimas todo lo que sabía. Tanto cambié
que a duras penas me reconocían. Nunca hubiera incurrido de forma
voluntaria ni en el más mínimo desliz. No encontraron nada de qué
absolverme cuando me confesaba. Descubrí los más pequeños
defectos y Dios me hizo el favor de capacitarme para conquistarme a
mí misma en muchas cosas. Sólo quedaron algunas trazas de pasión
que me dieron algunos problemas para conquistarlas. Pero tan pronto
como daba algún disgusto, por cualquier motivo, incluso a los
empleados domésticos, imploraba su perdón con el propósito de
subyugar mi ira y orgullo; porque la ira es hija del orgullo. Una
persona de veras humillada no permite que nada le ponga furiosa
. Al
igual que el orgullo es lo último que se muere en el alma,
la pasión es
lo último destruido en la conducta externa. Un alma totalmente
muerta a sí misma no encuentra furor alguno dentro de ella.

Hay personas que, sobreabundando en gracia y en paz, a la
puerta misma de la senda resignada de la luz y del amor, dicen que
hasta allí han llegado. Pero están muy equivocadas al ver así su
condición. Si están dispuestas a examinar de corazón dos cosas,
pronto descubrirán esto. Primero, que si su naturaleza es vivaz,
encendida e impulsiva (no estoy hablando de temperamentos necios),
encontrarán que de vez en cuando cometen deslices en los que la
emoción y la angustia juegan su parte. Incluso entonces aquellos
deslices son útiles para humillarles y aniquilarles. (Pero cuando la
aniquilación ha sido perfeccionada, toda pasión ha huido, y ya no son
compatibles con este ulterior estado). Se enfrentarán al hecho de que
con frecuencia surge una moción interna a la ira, pero la dulzura de
la gracia tira de la soga. Transgredirían fácilmente si dieran pie de
alguna manera a estos indicios. Hay personas que se consideran muy
mansas porque nada les frustra. No es de tales de los que estoy
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hablando. La mansedumbre que nunca ha sido puesta a prueba, por
lo general sólo es una falsificación
. Aquellas personas que, cuando
nadie las molesta, parecen santas, en el momento que son
inquietadas por mano de acontecimientos incómodos, se desperezan
en ellos un inusual número de defectos. Pensaban que estaban
muertos, cuando sólo permanecían dormidos porque nada les hacía
despertar.
Continué con mis ejercicios religiosos. Me encerraba todo el día
para leer y orar. Di al pobre todo cuanto tenía, llevando incluso ropa
de lino a sus casas
. Les enseñé el catecismo, y cuando mis padres
cenaban fuera, les hacía comer conmigo y les servía con gran respeto.
Leí las obras de San Francisco de Sales y la vida de Madame de
Chantal.
Allí aprendí por primera vez lo que era la oración mental, y
supliqué a mi confesor me enseñara aquella clase de oración. Como
no lo hizo, utilicé de mi propio esfuerzo para practicarla, aunque sin
éxito pensé entonces, pues no era capaz de ejercitar la imaginación;
me persuadí a mí misma de que la oración no podía hacerse sin
formar en uno mismo ciertas ideas y razonar mucho. Este escollo no
me dio pocos quebraderos de cabeza, durante bastante tiempo. Era
muy diligente y oraba a Dios con fervor para que me concediera el
don de la oración. Todo lo que veía en la vida de Madame de Chantal
me encandilaba.
Era tan niña, que pensé que tenía que hacer todo
cuanto veía en ella. Todos los juramentos que hizo ella, yo también
hice. Un día leí que se había puesto el nombre de Jesús en su
corazón,
obedeciendo al consejo: «Ponme como un sello sobre mi
corazón». Para este propósito había tomado un hierro al rojo vivo,
sobre el que estaba grabado el nombre santo. Me angustié mucho al
ver que yo no podía hacer lo mismo. Decidí escribir aquel sagrado y
adorable nombre en letras grandes, sobre papel, y con lazos y una
aguja me lo pegué a la piel
por cuatro sitios. En esa posición se quedó
durante mucho tiempo.

Tras esto, me empeñé en ser monja. Como el amor que tenía
hacia San Francisco de Sales no me permitía pensar en ninguna otra
comunidad, excepto aquella de la que era él fundador, a menudo me
iba a rogarle a las monjas de allí que me recibieran en su convento.

Con frecuencia me escabullía de la casa de mi padre y solicitaba
reiteradamente mi admisión en aquel lugar.
Aunque era algo que
ellas solícitas anhelaban, siquiera como una ventaja temporal, nunca
se atrevieron a dejarme entrar, porque temían mucho a mi padre
, de
cuyo afecto hacia mí no eran ajenas.

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