jueves, 27 de octubre de 2016

AUTOBIOGRAFIA-MADAME GUYON -PAGS. 22-23

A los ocho meses aproximadamente mi padre me trajo a casa.
Mi madre me tenía más con ella, empezando a tener por mí un mayor
interés que antes. Aún prefería a mi hermano, todo el mundo hablaba
de ello. Incluso cuando estaba enferma y no hubiera nada que yo
quisiera, eso mismo él lo quería para sí. Me lo quitaban a mí de las
manos y se lo daban a él
, aunque gozara de una perfecta salud. Un
día me hizo subir al techo del carruaje, y luego me tiró abajo. Como
consecuencia de la caída me magullé muchísimo. Otras veces me
golpeaba
. Pero hiciera lo que hiciera, aunque fuera incorrecto, se le
guiñaba un ojo, o se le atribuía la más favorable interpretación. Esto
agrió mi carácter. No tenía una gran tendencia a hacer lo bueno, y
empecé a decir que “nunca había sido persona predispuesta a ello”.
No era entonces sólo por Ti, oh Dios, que hacía el bien, pues
dejé de practicarlo al no encontrar en los otros la respuesta que yo
esperaba. Si hubiese sabido hacer buen uso de este tu guiar
mortificante, pudiera haber conseguido un buen avance. Lejos de
desviarme del camino, me habría hecho volver a Ti con mayor anhelo.
Miraba con ojos recelosos a mi hermano, percatándome de la
diferencia entre él y yo. Cualquier cosa que él hiciera se consideraba
correcta; pero si había culpa, recaía sobre mí. Mis hermanastras por
parte de madre ganaban su beneplácito cuidándole a él y
persiguiéndome a mí.
Cierto, yo era mala. Reincidía en mis anteriores
defectos de mentira y enojo. Pero a pesar de todas estas faltas, era
muy cariñosa y benéfica con el pobre. Oraba a Dios asiduamente, me
encantaba oír a quien fuera hablar acerca de Él, y disfrutaba leyendo
buenos libros.

No me cabe duda de que se sorprenda ante una serie así de
inconsistencias; pero lo que viene a continuación le sorprenderá más
todavía, cuando vea que esta forma de actuar gana terreno a medida
que mi edad avanza. Conforme maduraba mi entendimiento, así de
lejos estaba de corregirse en este comportamiento irracional. El
pecado creció con mayor fuerza dentro de mí.

¡Oh mi Dios, tu gracia parecía redundar por dos al aumento de
mi ingratitud! Era conmigo como con una ciudad asediada, rodeando
Tú mi corazón, y yo sólo estudiando como defenderme de tus
ataques. Levanté fortines en rededor del desdichado lugar,
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acrecentando el número de mis iniquidades para evitar que Tú lo
tomaras. Cuando se daba la apariencia de que Tú estabas siendo en
victoria sobre este desagradecido corazón, inicié un contraataque, y
alcé murallas para mantener a raya tu bondad, y evitar el normal
fluir de tu gracia. Nadie más que Tú podría haber vencido.
No puedo soportar escuchar “no somos libres para resistir la
gracia”. He tenido una experiencia demasiado larga y fatal de mi
libertad. Cerré las avenidas de mi corazón, para que no pudiera oír
esa voz secreta de Dios que me estaba llamando para Sí mismo. En
realidad, desde la más tierna infancia, he sufrido una serie de
agravios, bien en forma de enfermedad o persecución.
La muchacha a
cuyo cuidado me dejó mi madre solía golpearme al arreglarme el pelo,
cosa que sólo hacía con rabia y a tirones.

Todo parecía castigarme, más esto, en vez de volverme a Ti, oh
Dios mío, sólo servía para afligir y amargar mi mente.
Mi padre no sabía nada de esto; su amor hacia mí era tal que no
lo habría consentido. Yo le quería mucho, pero al mismo tiempo le
temía, por lo que no le dije nada. A menudo mi madre le hostigaba
quejándose de mí, a lo cual él no daba más respuesta que “hay doce
horas al día; ya madurará”. Este riguroso proceder no fue lo peor
para mi alma, aunque agrió mi temperamento, que por lo demás era
manso y tranquilo
. Pero lo que causó mi mayor daño, era que yo
eligiera estar entre los que me mimaban, para terminar de
corromperme y estropearme.

 Mi padre, al ver que ahora estaba más crecidita, me dispuso
entre las Ursulinas en la Cuaresma, para recibir mi primera
comunión en la Pascua de Resurrección, pues para entonces ya
habría cumplido mis once años. Y en esto que mi más querida
hermana, bajo cuya inspección me puso mi padre, triplicó sus
cuidados con el propósito de prepararme lo mejor posible para este
acto de devoción. Ahora pensaba entregarme a Dios en serio. A
menudo percibía una lucha entre mis buenas inclinaciones y mis
malos hábitos. Llegué incluso a hacer algunas penitencias. Como casi
siempre estaba con mi hermana, y las internas de su clase (que
además era la mejor) eran bastante razonables y cívicas, yo también
me hice así mientras estuve con ellas. Había sido cruel malcriarme,
pues mi propia naturaleza estaba fuertemente inclinada a la bondad.
Con algo de afabilidad se me ganaba enseguida, y con gusto hacía lo
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que fuera que mi buena hermana deseara. Por fin llegó la Pascua;
recibí la comunión con mucho gozo y devoción, y permanecí en esta
casa hasta el Pentecostés. Pero como mi otra hermana era la maestra
de la segunda clase, exigió que durante su semana estuviera con ella
en esa clase. Gracias a sus modales, tan opuestos a los de su otra
hermana, me relajé en mi anterior piedad. Ya no sentía más ese
delicioso y nuevo ardor que había arrebatado mi corazón en mi
primera comunión. ¡Ay!, no duró más que un poco. Mis defectos y mis
caídas pronto se hicieron reiterados y me alejaron del cuidado y
obligaciones de la religión.
Siendo más alta de lo normal para una chica de mi edad, y esto
redundando a un mayor gusto por parte de mi madre, ahora se
encargaba de arreglarme y de vestirme, de buscarme la compañía de
otros, y de llevarme al extranjero. Tomó un orgullo fuera de lo normal
de esa belleza con la que Dios me había formado
para bendecirle y
alabarle. Pero yo la pervertí en una fuente de orgullo y vanidad.
Varios pretendientes vinieron a mí, pero como todavía no había
cumplido doce años, mi padre no escuchó ninguna proposición.
Me
encantaba leer y me encerraba a solas todos los días para leer sin
interrupciones.

Lo que tuvo el efecto de entregarme por completo a Dios, al
menos durante algún tiempo, fue el que un sobrino de mi padre
pasara por nuestra casa en una misión hacia Cochin China. Resultó
que en aquel momento yo estaba dando un paseo con mis damas de
compañía,
cosa que raras veces hacía. Cuando regresé ya se había
marchado. Me contaron acerca de su santidad, y de las cosas que
había dicho. Me tocó tanto que me invadió la tristeza. Lloré el resto
del día y de la noche. A la mañana siguiente, temprano, fui a buscar
a mi confesor muy angustiada. Le dije: “¡Qué, señor padre! ¿Voy a ser
la única persona de mi familia que va a perderse? Ay, ayúdeme en mi
salvación”. Se sorprendió en gran manera al verme tan afligida y me
consoló lo mejor que pudo, sin llegar a creerse que fuera tan mala
como parecía. En mis tropiezos era dócil, puntual en la obediencia,
cuidadosa de confesarme a menudo. Desde que acudía a él, mi vida
era más regular.

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