martes, 25 de octubre de 2016

CAMINANTE Por GINO FRANCESCO

 CAMINANTE
  Por  GINO FRANCESCO

Hasta Buenos Aires yo tenía mis propios planes. En Bogotá había
tomado un mapamundi y había trazado un recorrido que abarcaba casi
todos los países del mundo, con excepción de uno que otro donde
pensaba que sería difícil el raid. Durante el viaje ya había querido
embarcarme. También en Buenos Aires fui al puerto buscando la
posibilidad de irme en barco. Mis planes eran pasar de Sudamérica al
África, de allí al Medio Oriente y Europa, y desde el norte de ésta pasar
al Asia, Oceanía, Japón, Norteamérica y Centroamérica. También había
planeado fundar en algún país, quizás en Italia en la casa de los abuelos,
una comunidad
. Pero al leer el libro de Elena G. de White en el parque
Palermo de Buenos Aires, comprendí que de allí en adelante Jesús Cristo
debería ser quien planease toda mi vida y dirigiese todos mis pasos.
Entonces renuncié a mis planes e ilusiones y me decidí allí en Palermo
rendir mi voluntad y mi yo al Señor Jesús Cristo
. Allí en el parque estuve
orando e hice mi pacto con el Señor. Fue algo definitivo que he
procurado guardar hasta hoy.

Me levanté sin saber a dónde ir. Ahora sabía que Jesús Cristo era mi
amigo; aquel que yo tanto había buscado y deseado, y que Él me guiaría
a donde quisiera.
Me confié completamente a Él. Salí del parque y
esperaba que el Señor me dijese qué calle había de tomar. Deambulaba
por Buenos Aires esperando Su guía. Me imaginaba que Él me hablaría
de alguna manera extraña. Ahora había entregado a Él mi vida y Él era
responsable por mí. Todavía no entendía que Su guianza no requiere
que yo deje de ser responsable
. Caminé por las calles, y como todo
parecía continuar igual, excepto la certeza de Su presencia y la
convicción de Su amistad, ahora mascullaba por las calles en un
continuo diálogo con Él. Entonces pensé: -quizá debo continuar mi ruta
hasta que Él haga algo. Esperaré en Él continuando normalmente hasta
que Él mismo cambie la situación. Entonces partí de Buenos Aires
rumbo al Uruguay.

_____
 Asistimos a una reunión. Al llegar al templo nos sentamos en la
banca de atrás a la derecha. Un coro cantaba hermosas canciones. El
predicador habló luego de un recorrido que había hecho llevando la
palabra y como traía saludos de los hermanos. Hablaba muy
entusiasmado, y mientras hablaba, él y la congregación exclamaban:
¡gloria a Dios! ¡aleluya! Parecían muy contentos. Hablaba casi
gritando, y como tenía micrófono, su voz retumbaba por todo el
edificio hasta la calle. Cualquiera que pasara podía escuchar. Él hablaba
valientemente dando a entender que no debemos avergonzarnos de
confesar públicamente a Cristo
. Hacia el final, en medio de los vivas y el
entusiasmo con que la congregación respondía a sus declaraciones,
entonces dijo que harían otro viaje, otro recorrido. Entonces noté en el
rostro del predicador cierta duda, como si algo interior le dijera que no
se entusiasmara tanto haciendo planes. El entusiasmo de la
congregación decayó un poco también con cierta dubitación. Entonces
el predicador dijo que tuvieran el asunto en oración para ver si era la
voluntad de Dios.
T
erminó la reunión y la gente se despedía muy
contenta saludándose unos a otros.

Un hombre se acercó al predicador cuando este bajaba del púlpito
y parece que le pidió oración. Entonces el predicador le abrazó como
lleno de un gran amor y oró por él. Levantó los ojos al cielo y oró en otra
lengua; me parecía una lengua oriental, hebreo, sánscrito o algo así
. Yo
veía en sus ojos un destello de júbilo celestial. Aquel incidente impactó
mucho en mí; ese fulgor, ese abrazo, esa intercesión sobrenatural. Yo
no recuerdo lo que cantaron, ni el sermón, pero aquel detalle al bajar el
predicador del púlpito quedó como sellado en mi corazón.
Me hizo
recordar como sería que se amaban los apóstoles. Me parecía como si
ese júbilo era por causa de una conexión interior con un mundo
maravilloso e inefable que dejaba escapar sus destellos a través de las
sonrisas limpias, los abrazos francos, las miradas encendidas, los gestos
suaves y delicados. Lucían como si fuesen una hermandad fundida con
la pasión de una misión importantísima y urgente,
y era el vislumbre de
ese mundo maravilloso, como velado en hombres y mujeres sencillos, lo
que me cautivaba. Eran una fragancia del Cristo que yo tan
ardientemente deseaba.

Entonces un joven se nos acercó muy contento y amable. Me
preguntó si éramos creyentes. Le dije que yo creía en Jesús Cristo y que
les había estado hablando de Él a los otros dos muchachos. Se alegró
y me dijo que continuara en ese camino. Entonces me preguntó si ya
había sido bautizado y había recibido al Espíritu Santo. No supe que
contestarle. Él me contó que había recibido el don de lenguas allí, y me
indicó el lugar al frente de los asientos donde de rodillas había recibido
gozoso tal experiencia. Aquella pregunta por el bautismo me dejó
pensativo. Él me preguntó si quería bautizarme allí. Entonces le dije que
tenía que meditarlo bien. Él me deseó que siguiera en las pisadas de
Cristo. La verdad es que una de las razones por las cuales no me animé
a bautizarme allí era porque creía que quedaría atrapado en alguna
organización y yo no quería ser identificado con ninguna clase de secta
particular. Sin embargo, la pregunta por mi bautismo me hizo
reconsiderar aquellos pasajes donde Jesús mismo hablaba del
bautismo.

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