martes, 25 de octubre de 2016

CAMINANTE Por GINO IAFRANCISO

 CAMINANTE
  Por GINO IAFRANCISO

Más o menos 4 o 5 días después de estar en Encarnación esa primera
vez, partí en raid rumbo a Asunción la capital. Mi intención era seguir
de paso al Brasil, pero quería conocer Asunción; además debía retirar en
la embajada colombiana las cartas llegadas a mi nombre. Un belga me
llevó hasta Carmen del Paraná y de allí un joven en un jeep recién
recibido me trajo hasta Asunción. Antes de llegar a la ciudad me
preguntó a qué dirección iba yo a llegar. Le dije que no conocía ninguna
y si por si acaso él no conocía alguna casa de beneficencia donde
pudiera pernoctar de paso algunas noches. Entonces me llevó a la
Misión de Amistad de la denominación Discípulos de Cristo. Allí el
director, don Víctor Vaca, me dijo que podía ocupar la pieza de
huéspedes, al fondo de uno de los edificios, hasta el lunes próximo. Ese
día era sábado. En aquella pieza de huéspedes, el domingo 10 de
octubre del año 1971, me encontré con Jesús Cristo. Me es inolvidable.

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Capítulo 8
El Encuentro
Yo no había pensado demorarme mucho en Asunción; simplemente
quería conocerla y recoger mis cartas de paso hacia el Brasil. Dios, en
cambio, tenía otra cosa preparada para mí. Él había planeado que
tuviera un encuentro que cambiaría definitivamente toda mi vida.
Se me habían dado las llaves de la pieza de huéspedes de la Misión
de Amistad para que la ocupara por ese fin de semana. A la noche
regresaba allí a pernoctar. El permiso, sin embargo, me fue extendido
por un tiempo más. Pero algo me sucedía al llegar por las noches a
dormir. Yo estaba solo y al llegar notaba que se apoderaba de mí un
temor extraño. Era como si en aquel lugar algunas fuerzas malignas
invisibles me oprimían y luchaban contra mí. Como si se opusieran a
que yo pudiera estar tranquilamente a solas para orar, meditar y leer.
Tenía que hacer un gran esfuerzo para poder sobreponerme al temor y
vencer. Cada vez que me acercaba con la llave para abrir la pieza y
entrar, era como si me esperase adentro una gran lucha espiritual, una
agonía. Pero tomaba valor sin dejarme amedrentar y entraba. Cerraba
la puerta y encendía la luz. Entonces procuraba descansar. A veces
apagaba la luz, pero las fuerzas invisibles se acercaban y tenía que
levantarme para arrodillarme en el suelo a orar. Entonces oraba al
Señor intensamente hasta sentirme libre, fuerte y en paz. El Señor me
daba confianza y valor y entonces me entregaba agradecido al
descanso.
Fue en una de aquellas ocasiones de victoria, tras una lucha en la
que había sudado en oración y había vencido, que el cuarto se llenó de
la Presencia del Señor y Su fragancia embargó de tal manera mi corazón
que me postré en el suelo llorando de alegría y gratitud en adoración.
Entonces le ofrecí todo mi ser definitivamente
. Él me habló, se me reveló
en el espíritu directamente.
Me senté en la cama y abrí la Biblia en el
Evangelio según Juan capítulo 14. Muchas veces yo lo había leído,
también a solas, y me había impresionado, especialmente aquella
porción más adelante donde Jesús ruega al Padre para que seamos uno
en Él y con el Padre. Pero esta vez fue diferente. Ahora, mientras leía,
Jesucristo mismo me decía a mi directamente aquello que estaba allí
escrito. Ya no era la lectura de una historia del pasado; no, sino que Él
mismo resucitado y presente allí en espíritu me decía a mí
personalmente: ”No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed
también en mí”1 y así continuaba todo el capítulo 14, el 15, el 16 y el 17.

Cada palabra, cada versículo, me fue dicho a mí personalmente y lo
supe con tal seguridad que no puedo explicarlo. Entonces vi todo Su
amor
;
descubrí que Él me amaba a mí en particular; Él mismo me lo dijo;
me dijo que Él estaría en mí y yo en Él y el Padre en Él y en mí y que
seríamos uno
. Entonces esas palabras de las cuales yo había meditado,
calculado mentalmente, imaginado, comparado, explicado, discutido,
ahora cobraban su verdadero significado y yo las entendía, y las
entendía porque Él mismo me las decía directamente en el espíritu, y en
el espíritu yo entendía claramente lo que querían decir.
Él mismo me
invitaba al seno de Su gloria excelsa e inefable. ¡Qué diferente es
imaginárselo o explicarlo a experimentarlo! Estaba con Él mismo y Él
mismo conmigo y me lo dijo, me lo reveló. Entonces lloré y le adoraba
.
Todas las compuertas de mi ser se abrieron y se derramaron a Sus pies
a borbotones. Y Él me amaba y yo le amaba, y era para siempre.

 Hoy guardo este depósito en mi corazón. Le encontré a Jesús mismo
y Él me encontró y me llenó de Sí. Lo supe porque lo gusté. Fui lleno de
Él mismo y no lo puedo explicar. Cuánto lloraba y me reía. Mi ser había
sido desatado y libertado y llevado al seno del amor trascendental de
Dios por mí, sí, por mí en especial. Sí, entonces conocí la fragancia de
los cielos. ¿Cómo podré olvidarlo?
”No os dejaré huérfanos; vendré a
vosotros”;2 y helo allí cumpliendo Su promesa conmigo particularmente.
Así ya entonces yo no estaba huérfano; Él estaba conmigo desde
ahora y para siempre y evidente por sí mismo.
Una cosa es hablar de Él, tener Su imagen en nuestra mente,
memoria, el recuerdo de su sentimiento; pero otra cosa es conocerle en
la evidencia misma de Su Presencia manifiesta y perfectamente
discernible e inigualable, tan específica y propia de Él que es
inconfundible. ”En aquel día conoceréis que yo estoy en mi Padre, y
vosotros en mí, y yo en vosotros”.3 ”Como el Padre me ha amado, así
también yo os he amado; permaneced en mi amor”. ”26En aquel día
pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros,
1Juan 14:1
2Juan 14:18
3Juan 14:20
27pues el Padre mismo os ama, porque vosotros me habéis amado, y
habéis creído que yo salí de Dios”.4 ”El que me ama, mi palabra
guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada con
él”.5 ””El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me
ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré y me
manifestaré a él”.6
He allí la promesa que Él estaba comenzando a cumplir conmigo.
Entonces le pedí perdón por lo poco de mi amor y le dije que quería
amarle intensamente.
De allí en adelante viviríamos siempre juntos. Yo
le amaría y Él a mí. Entonces Él me ayudaría a servirle. Me sentí
perfectamente comprendido
.
Supe lo que quería decir. ”Ya no os
hablaré por alegorías, sino que claramente os anunciaré acerca del
Padre”.7 Y helo allí tan verdadera y consistentemente como lo más
seguro y estable. El que le conoce, ¿cómo podrá olvidarlo? Él es
inigualable, inconfundible. Sólo Él es así; es Jesús Cristo mismo.
Entonces me fueron abiertas de par en par las puertas de la libertad,
de la verdad, de la amistad y del amor, la eternidad
. Jesús Cristo la
sustancia y no tan sólo el ejemplo, la presencia y no tan sólo el ideal,
Jesús Cristo la virtud, el medio y el método, Jesucristo el vehículo y la
meta, el camino y el fin, la estatura plena, la síntesis perfecta del abrazo
perfecto de Dios y la humanidad.
Y exaltarlo todavía es poco porque
explicarlo es rebajarlo. Abrir la boca es imposible. Idealizarlo y
mitificarlo es imposible. Cuando Él se descubre, nos asombra más allá
de lo excelso imaginado. Ningún mito sería suficiente. Las palabras no
pueden hacerse mito porque las supera. Yo le conozco y no lo puedo
explicar. Moverme es profanarle. Contemplarlo anonadado para
siempre es todavía poco; es como el borde entre la luz indescriptible
que te absorbe de la nada al ser; que te llama de las tinieblas de la nada
a comparecer ante Él y para Él, cuyo sentido nos es Él, perenne e
inalcanzable que nos hinche y desbordamos sin aún completar el
servicio, porque no hay servicio que pueda descansar, sino que la deuda
se acrecienta con la eternidad, y desaparecer en Él adorándole es
todavía poco y nada. Al día siguiente de encontrarle a Él, encontré a mis
hermanos. Ellos me bautizaron.

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