martes, 25 de octubre de 2016

CAMINANTE Por GINO LAFRANCESCO

CAMINANTE 
Por GINO LAFRANCESCO

De Valparaíso y Viña del Mar pasé a la ciudad de los Andes rumbo
al túnel de Caracoles en la frontera con Argentina. Al llegar a los Andes
busqué en el pueblo una casa cural y pedí hospedaje allí hasta el día
siguiente. El párroco me permitió dormir sobre una larga silla en el
despacho. Esa noche aconteció algo significativo. Desperté y era como
si algo bullera dentro de mí. Era un deseo de hacer carteles con
versículos bíblicos y colocarlos en los lugares públicos donde acontecía
precisamente lo contrario de lo que estaba escrito en las Sagradas
Escrituras.
Pasé la noche como en una especie de semi-consciencia
considerando esta idea. Me propuse llevarla a cabo tan pronto tuviera
la oportunidad.

___________________________________
Vientos Favorables
De Copiapó regresé a Antofagasta. Noté que mi recorrido por Chile
había formado en mí un poco más de conciencia moral. Lo noté, pues,
al llegar a Antofagasta conocí a otros jóvenes que viajaban como yo, y
en ciertas ocasiones me vi compungido a compartir de los alimentos
conseguidos por mí. Algo no me permitía escabullirme. El ideal
cristiano se afianzaba más y más dentro de mi corazón.
Esta vez para hospedarme fui a una casa de beneficencia donde
vivían niños.
El director del lugar me convidó una noche a salir con unos
amigos a un bar de la ciudad llamado «El Bucanero»; pero allí resultó
que estos eran homosexuales.
Una vez más tuve que lidiar con esa clase
de gente. ¡Y pensar que a su cargo estaban aquellos niños huérfanos o
abandonados de aquella casa! El director me insistía
que me acostase
con él,
pero yo le hablé de Jesús Cristo
y el Señor me fortaleció de tal
manera que aquel hombre tuvo que recapitular. Entonces me fui a
dormir tranquilamente a otra pieza donde me encerré hasta la mañana
siguiente y fui luego a comprar boleto en tren para la ciudad de Salta en
Argentina.

____________________________________________
Llegamos a Salta a medianoche y me hospedé en la casa de Manolo.
Allí conocí a su madre, doña Elvira Escudero de López, una mujer
interesada en las cosas espirituales. Había estudiado con los a sí
llamados testigos de Jehová, pero se había retirado de ellos debido a
que les habían disciplinado porque su hija había ganado un concurso
de belleza. Aunque ella desesperaba de la misericordia de Dios, no
obstante, perseveraba en su interés por las cosas de Dios. Fue entonces
que decidimos hacer algo para la gloria de Dios. Hablamos de que la
unción de Dios nos enseña todas las cosas, tal como lo había escrito el
apóstol Juan. Tratamos acerca de la perpetuidad de la misericordia de
Dios. Para ese tiempo yo tomaba aquellos versículos que hablan de que
la misericordia de Dios es para siempre, y con ellos pretendía decir que
el infierno no era algo eterno. Si mi doctrina estaba equivocada, por lo
menos sirvió para consolar a doña Elvira y para que ella volviera a tomar
ánimo y creyendo en la misericordia de Dios volviese a seguir el camino
del Señor. Si no volvía a aquella congregación, por lo menos tenía el
consuelo de que la unción misma nos enseñaría todas las cosas. Así que
entre nosotros mismos podríamos ponernos a hacer alguna cosa.
Entonces les conté de mi deseo que había tenido aquella noche en
Los Andes de escribir carteles con versículos bíblicos y colocarlos en
aquellos lugares donde acontecía precisamente lo contrario de lo que
estaba escrito. A ellos les gustó la idea
. Entonces se compró papeles y
crayolas en colores y nos dedicamos a escoger versículos y agruparlos
por temas, haciendo carteles con ellos. Por la noche salíamos en la
camioneta del padre de Sergio y colocábamos con engrudo tales
carteles en las paredes
. En forma humorística le llamamos a nuestro
grupo «el comando Sofonías».
En las paredes de los bancos colocábamos letreros como éste: “No
os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y
donde los ladrones minan y hurtan; 2sino haceos tesoros en el cielo”.1
A la entrada de las confiterías, donde iba la gente a comentar de su
prójimo, colocábamos un cartel como este: ”No juzguéis, y no seréis
juzgados, porque con la misma medida con que medís se os volverá a
medir”.2En la casa arzobispal colocamos uno así: ”El que dice que
permanece en Cristo, debe andar como Él anduvo”. Y así por el
estilo. El ”comando Sofonías” salía de noche a empapelar templos,
comercios, paradas de ómnibus, etc. Durante el día estábamos en casa
preparando los carteles,

Muchos días me detuve en Salta. En ese tiempo yo tenía el cabello
largo; entonces me hacía una trenza. Era un hippie místico. De Salta
salimos Manolo, Sergio y yo a recorrer Argentina, pero en el camino a
Tucumán, Manolo se embarcó en un vehículo y no pudimos
encontrarnos. Sergio entonces se devolvió a Salta. Yo llegué a Córdoba
y busqué la dirección de unos hippies. Estaban escuchando música de
Pink Floyd. Hablamos de Dios, y uno de ellos me dijo que unos
adventistas les visitaban, pero sostenían que el pueblo de Dios eran ellos
exclusivamente. Yo pensaba que no podíamos excluir a otros creyentes
y que el Espíritu Santo podía tratar con nosotros directamente sin
necesidad de pertenecer a ninguna organización humana.
Mientras hablábamos y sonaba la música, uno de los hippies tomó
una jeringa y se inyectó en las venas. Los demás rehusamos todos y
hablamos de dejar las drogas. El joven drogado entonces empezó a
llorar bajo el efecto de la droga y nos dijo que nos veía llenos de luz y de
amor.
Éste me invitó a su casa a hospedarme. Fui con él, pero tuvimos
que entrar en secreto a medianoche por la tapia del patio, porque el
padre de este joven estaba enojado con él. Nos ubicamos en el suelo de
la cocina. Pero, a la madrugada siguiente, cuando su padre se levantó
temprano para ir a su trabajo, nos encontró durmiendo en el piso;
entonces nos echó bruscamente y tuvimos que salir corriendo y saltar
de nuevo la tapia del patio. El muchacho regresó luego a su casa
cuando su padre ya se había ido y me dio mi pequeño equipaje que por
el apuro de esa madrugada no pude sacar.____________ 

_____________________
 Hasta Buenos Aires yo era el dueño exclusivo de mi voluntad.
Planeaba un rumbo y escogía el camino. Ciertamente había descubierto
en Jesús Cristo al maestro, pero todavía no al Señor. Si Él era el Salvador,
¿cuál debía ser mi actitud? Ni siquiera sabía orar. Ya en Salta algún
instinto me había enseñado la forma, pero no se lograba esa
comunicación perfecta. Recuerdo que en algunas ocasiones en Salta
nos encerrábamos en una pieza Manolo, Sergio, la «gringa» hermana
de Manolo y yo, y cada uno se acomodaba en un lugar, y uno por uno
nos concentrábamos en Dios y por turno hablábamos lo más
sinceramente posible con Él en voz alta
.
Pero sucedía que cuando una
especie de burbujeante alegría parecía contestarme desde las
profundidades de las alturas en mi interior, yo me asustaba y paraba la
oración. Me había animado a hablar, pero no estaba listo para escuchar
directamente a Dios. La ”gringa” se ponía a llorar. Comentábamos
entre nosotros el curioso sentimiento que nos invadía en aquellas cuasi
oraciones. Sí, yo sabía de un Dios Supremo, de un Dios Altísimo, de la
Fuente Autoexistente de todo ser; sabía que Jesús Cristo era un gran
maestro, pero lo que anhelaba, pero de lo que no me había aún
persuadido era que ese Dios Altísimo tan Santo y Sublime, estuviera
dispuesto a hablar personalmente conmigo
. Yo pensaba que
ciertamente Él lo sabía todo y que bien podría yo elevarle alguna que
otra petición y hablarle como hacia el cielo, pero lo que yo desconocía
completamente era que Él estaba atento a mí personalmente y muy
dispuesto, no sólo a contestarme desde lejos mis oraciones, sino
también a hablarme intimísimamente y en forma muy particular y
paternal. Sí, yo sabía que Dios era ”El Padre”, pero no conocía su
comportamiento como tal para conmigo. Yo no sabía hasta qué punto
Él estaba dispuesto a condescender para conmigo como para tomarse
tiempo para arrullarme de tal manera tan personalmente
. Buenos Aires
fue entonces para mí una etapa importante preparatoria para ese gran
encuentro.

No hay comentarios:

Publicar un comentario