viernes, 28 de octubre de 2016

CARTA DE JAELIS BERNAERTS A SU ESPOSA -AÑO DE 1559-AMBERES

EL SACRIFICIO DEL SEÑOR
ANONIMO
 
TESTAMENTO ESCRITO POR JELIS
BERNAERTS A SU ESPOSA, ESTANDO EN
LA PRISIÓN EN AMBERES, DONDE FUE
EJECUTADO A CAUSA DE LA PALABRA
DEL SEÑOR,
1559 d. de J.C.

 

 Gracia y paz te sean multiplicadas, mi querida y amada esposa
y hermana en el Señor, “
como las cosas que pertenecen a la vida
y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el
conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia,
por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas”
(2 Pedro 1.2–4).
Mi amada, por ellas eres participante de la naturaleza divina,
si huyes de la concupiscencia de este mundo, como hasta ahora
lo has hecho al renunciarla y al aceptar la regeneración, la fe y la
manifestación de la obediencia, la cual demostraste por medio del
bautismo, en el cual te vestiste de Cristo, y por medio de ello te
convertiste en participante de la naturaleza divina
. Y esto no fue
hecho por las obras de justicia que hiciste, sino que te salvó por su
misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación
en el Espíritu Santo (Tito 3.5). Si perseveras en esto hasta el fin
y si eres paciente en cualquier cosa que te suceda, tú heredarás lo
que te ha sido prometido.
Alaba a Dios y dale las gracias por todos
los beneficios gloriosos que has recibido. Bendice a Dios el Padre
por medio de Jesucristo, aunque te ha sobrevenido la tribulación
por mi partida a causa del Señor. Y sabe también que según la gran
misericordia de Dios, él nos hizo renacer para una esperanza viva,
por la resurrección de Jesucristo de los muertos, para una herencia
incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada para ti y para
todos los que están en la misma fe, que sois guardados por el poder
de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada
para ser manifestada en el tiempo postrero. En lo cual tú, mi querida
y amada esposa, te alegras,
aunque ahora por un poco de tiempo, si
es necesario, tengas que ser afligida en diversas pruebas. Porque sí,
mi amada, somos probados de diversas formas a fin de que se haga
manifiesto si realmente amamos al Señor (1 Pedro 1.3–6).
El sacrificio del Señor 281
Por tanto, esfuérzate, mi amada, aunque te sobrevengan aun
más tribulaciones; porque es por medio de mucha tribulación y
aflicción que entramos en el reino de Dios. Y, como también dice
Eclesiástico en el capítulo 2, versículos 1 al 5: “Hijo mío, si tratas
de servir al Señor, prepárate para la prueba. Fortalece tu voluntad
y sé valiente, para no acobardarte cuando llegue la calamidad.
Aférrate al Señor, y no te apartes de él. (…) Porque el valor del
oro se prueba en el fuego, y el valor de los hombres en el horno
del sufrimiento”.
No obstante, mi amada, es así que Santiago escribe en su primer
capítulo: “Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis
en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce
paciencia. Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis
perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna”; porque cuando
enfrentamos la tribulación, necesitamos mucha paciencia. Por tanto,
te suplico desde lo más profundo del corazón y del alma, que tengas
buen ánimo y con paciencia permitas que la prueba de tu fe se haga
manifiesta, como dice Pedro: “Para que sometida a prueba vuestra
fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se
prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando
sea manifestado Jesucristo, a quien amáis sin haberle visto, en quien
creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable
y glorioso; obteniendo el fin de vuestra fe, que es la salvación de
vuestras almas” (1 Pedro 1.7–9). Entonces ya no habrá más aflicción,
tribulación, oprobio, persecución, gemido, llanto ni lamento (Apocalipsis
21.4). Por tanto, esfuérzate y ten en cuenta que el sufrimiento
que experimentemos aquí pasará, y toda la gloria y los placeres de
este mundo quedarán reducidos a nada.
Pero fíjate constantemente
en las gloriosas promesas del futuro que nos han sido hechas y que
se cumplirán para los que creen, si perseveramos, ya que fiel es el
que promete, porque el Señor no retarda su promesa (Mateo 24.13;
Hebreos 10.23; 2 Pedro 3.9). Pero esfuérzate y confía en él, porque él
no te dejará. Echa toda tu ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado
de ti; por cuanto el que te ha llamado y te ha elegido es un Dios de
toda gracia,
como dice Pablo.
Mas el Dios de toda gracia, que te llamó a su gloria eterna en
Jesucristo, después que hayas padecido un poco de tiempo (nota,
282 El sacrificio del Señor
él dice: “un poco de tiempo”), te perfeccione, afirme, fortalezca
y establezca en lo que has aceptado, o sea, en la fe en él y en su
Hijo unigénito, Jesucristo nuestro Señor. “A él sea la gloria y el
imperio por los siglos de los siglos. Amén” (1 Pedro 5.10–11).
 

Después de este afectuoso y cariñoso saludo a ti, mi querida,
elegida y amada esposa
y querida hermana en el Señor,
quiero
decirte que he recibido tu carta, en la que me escribes que te escriba
un testamento.
No me negaré, si el Señor me da la oportunidad;
porque si pudiera ayudarte con mi sangre, lo haría. Mas ahora no
puedo ayudarte, a no ser escribiéndote. Lo hago para tu consuelo,
por un verdadero amor fraternal y desde lo profundo del corazón,
tratando de terminar esto con la ayuda y la gracia del Señor, con la
misma opinión con la que lo comencé. Sabe, por tanto, mi querida
esposa y hermana en el Señor
, que nuestro Dios visitó a su pueblo
en la antigüedad, cuando ellos estaban en Egipto bajo la esclavitud
del rey Faraón, a quien tuvieron que servir durante casi quinientos
años. Y cuando fue su voluntad librarlos, levantó a Moisés como su
líder. Por él, Dios los libró de la esclavitud de Egipto y los condujo
al Mar Rojo, en donde ahogó y redujo a nada al rey Faraón y a todo
su ejército (con el cual los siguió), librándolos de sus manos. Así
fue como llegaron al desierto, para continuar hacia la tierra que les
había sido prometida. Y Jehová Dios, mediante Moisés su líder,
les dio leyes y costumbres que ellos debían cumplir. Mas ellos no
siguieron en su ley, por lo que Dios se enojó y juró en su ira que no
entrarían en su reposo.
¿Con relación a quién juró? ¡Con relación a
los incrédulos! Y vemos que ellos no entraron allí, y esto a causa de
su incredulidad. Después de haber pasado esto, el Señor habló por
medio del profeta, y dijo: “He aquí que vienen días, dice Jehová,
en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de
Judá.
No como el pacto que hice con sus padres el día que tomé su
mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos invalidaron mi
pacto, aunque fui yo un marido para ellos, dice Jehová. Pero este es
el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice
Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo
seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo
. Y no enseñará más
ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce a
Jehová; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos
El sacrificio del Señor 283
hasta el más grande, dice Jehová; porque perdonaré la maldad de
ellos, y no me acordaré más de su pecado” (Jeremías 31.31–35).
Ahora en estos días postreros, él ha revelado este pacto, dado por
medio de su Hijo Jesucristo nuestro Señor. Él es el verdadero
Moisés,
que nos ha tomado de la mano
y nos ha sacado de Egipto,
donde todos nos sentábamos y servíamos al diabólico rey Faraón,
bajo quien fuimos cautivos por el pecado. Somos redimidos de sus
cadenas y esclavitud por Cristo, que por medio de su muerte y el
derramamiento de su sangre nos redimió y nos reconcilió. Nos libró
del diabólico rey Faraón, a quien él destruyó y ahogó en su sangre,
cumpliendo así el Antiguo Testamento. Porque todo lo que estaba
escrito en la ley y en los profetas tenía que cumplirse (Hebreos 1.2;
Mateo 5.17; Lucas 24.44). Así se cumplió, y el Nuevo Testamento se
confirmó con su sangre. Como ya he dicho, él había prometido este
cumplimiento mediante los profetas; ha sido proclamado a nosotros
por medio del evangelio, y fue confirmado con señales y prodigios
hechos por él y sus santos apóstoles. Después de su resurrección,
él los envió a predicar a todas las naciones para que todo aquel que
crea y sea bautizado, sea salvo. También les mandó enseñar a guardar
todas las cosas que él había mandado (Hebreos 2.4; Mateo 28.20).
Y ahora, mi amada esposa, somos el pueblo que Dios eligió
antes de la fundación del mundo
. Él hizo un mejor pacto con
nosotros que el que hizo con Israel, quienes diariamente tenían que
ofrecer sacrificios por sus pecados, con los cuales, sin embargo,
no pudieron expiarse (Efesios 1.4; Hebreos 7.22, 27). Por cuanto
ofrendas y holocaustos y expiaciones por el pecado no quiso, ni le
agradaron, las cuales se ofrecían según la ley. Entonces él (Cristo),
dijo: “He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad; quita
lo primero para establecer esto último. En esa voluntad somos
santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha
una vez para siempre. Y ciertamente todo sacerdote está día tras
día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios,
que nunca pueden quitar los pecados; pero Cristo, habiendo ofrecido
una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se
ha sentado a la diestra de Dios, de ahí en adelante esperando hasta
que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies; porque con
una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados. Y
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nos atestigua lo mismo el Espíritu Santo; porque después de haber
dicho [como está escrito en Jeremías 31.31]: Este es el pacto que
haré con ellos después de aquellos días, dice el Señor: Pondré
mis leyes en sus corazones, y en sus mentes las escribiré, añade:
Y nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones. Pues
donde hay remisión de éstos, no hay más ofrenda por el pecado”
(Hebreos 10.8–18).
Así que, mi querida y amada esposa, tenemos libertad (versículo
19) “para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo,

por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo,
esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de
Dios”, que es la iglesia, habiéndola purificado con su sangre, para
que fuese santa, sin mancha ni arruga; de la cual eres un miembro,
porque ella es el cuerpo de Cristo y nosotros los miembros del
mismo cuerpo, y Cristo es la cabeza y el sacerdote de la casa de
Dios (como aparece en Efesios 5.26–27; 1.22). Por tanto, mi muy
amada, “
acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre
de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los
cuerpos con agua pura”. Es decir, desechemos toda inmundicia
de corazón y de espíritu, perfeccionando la justicia y la santidad.
“Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza,
porque fiel es el que prometió. Y considerémonos unos a
otros [esto te lo suplico, mi muy amada] para estimularnos al amor
y a las buenas obras” (Hebreos 10.22–24; 2 Corintios 7.1).
Teniendo en cuenta que eres hija del Nuevo Testamento, te
escribo la presente como un testamento según tu petición.
Por tanto,
es mi petición a ti, mi querida oveja, (despreciada de los hombres
pero elegida de Dios, y llamada a su Testamento) que ya que él
nos dejó este Testamento, recordemos su muerte, o sea, la partición
del pan. Mostramos así que él fue quebrantado por nosotros en la
cruz, y de esta manera también recordamos que somos librados
por él de las manos de nuestros enemigos. Esto él nos dejó como
un Testamento eterno para cumplirlo, así como se les mandó a
los hijos de Israel que comieran la pascua y que la cumplieran
anualmente como memoria de haber sido librados del rey Faraón.
Todo eso fue un ejemplo y una sombra de lo que ahora tenemos,
la verdadera sustancia, en el verdadero cumplimiento de nuestra
El sacrificio del Señor 285
redención mediante el verdadero Cristo pascual. Lo tenemos también
en su comunión, en la cual, sin duda, estás incluida, ya que
hace poco tiempo nos lo demostramos los unos a los otros al partir
el pan y beber el vino
. Así demostramos que somos partícipes del
Nuevo Testamento y de las gloriosas promesas dadas a los hijos
del Nuevo Testamento. Por tanto, es mi petición que perseveres
con toda diligencia hasta el fin, para que puedas heredar todas
las promesas,
porque el que venciere heredará todas las cosas.
“Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono. El
que venciere será vestido de vestiduras blancas; y no borraré su
nombre del libro de la vida, y confesaré su nombre delante de mi
Padre”; y le daré otras promesas hermosas que, como bien sabes,
son prometidas a todos los que vencen (Apocalipsis 21.7; 3.5, 21).
Por tanto, mi amada, procura seguir fiel, porque aún estás en el
desierto donde tendrás que ser probada
, así como Israel fue probado
cuarenta años para que Dios pudiera manifestar lo que había en
su corazón. Así que todos los que no permanecieron firmes perecieron
y no pudieron heredar las promesas, como mencionamos
anteriormente. Pero ahora tenemos un mejor pacto, el cual es para
siempre, y no es como el de Israel que fue escrito en tablas de
piedra, sino que éste ha sido escrito en tablas de carne de nuestro
corazón
(Hebreos 8.6).
Así que, mi amada, como ahora tenemos un mejor pacto, anda en
él mejor y continúa firme en la fe. Deja que esta fe se manifieste por
los frutos de la fe, y que la ley, que ahora está escrita en tu corazón
por el Espíritu de Dios, sea leída en ti, al cumplir tú las obras del
Espíritu Santo.
Así serás una carta de Cristo, que a su vez pueda ser
leída por todos
a quienes te manifiestas, como Pablo testifica de los
corintios (2 Corintios 3.3). Pablo dice que ellos fueron la carta de
Cristo expedida por ellos, “escrita no con tinta, sino con el Espíritu
del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón”.
Por cuanto, Cristo también dice (Mateo 5.16): “Así alumbre
vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas
obras, y glorifiquen a vuestro Padre”. Porque si ahora tenemos un
nuevo pacto dado por Cristo, quien es nuestro líder y dador de la ley,
tenemos que guardar sus mandamientos, seguirlo (como te escribí
en las otras dos cartas)
y manifestar su imagen, así como la imagen
286 El sacrificio del Señor
del Padre fue manifestada por él. Él le dijo a Felipe: “El que me
ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos
el Padre? ¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí? Las
palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino
que el Padre que mora en mí, él hace las obras” (Juan 14.9–10).
Ahora bien, mi amada, has escuchado el evangelio por la gracia
de Dios, el cual ha sido predicado en todo el mundo. Lo crees,
y has sido obediente a él, y yo confío por la gracia del Señor
en que aún lo eres.
Estás revestida de Cristo, así que, permítele
manifestarse en ti, así como la imagen del Padre se manifiesta en
Cristo.
Él la manifiesta por medio de las palabras y los milagros,
tal y como tú siempre manifiestas a Cristo por medio de un puro
caminar cristiano; y así sigues verdaderamente a Cristo. Él es el
verdadero Moisés
, que fue primero que nosotros. Síguelo con valor,
sin importar con lo que te enfrentes en este desierto, ya sea tribulación
o aflicción, sufrimiento o persecución. Esfuérzate; Cristo está
delante de nosotros. Síguelo audazmente, porque el siervo no es
más que su señor; ni el discípulo es sobre su maestro, ni la esposa
a su marido, ni la criada a su ama. Basta con que el discípulo sea
como su maestro, y el siervo como su señor, y la esposa como su
esposo, y la criada como su ama.
Por tanto, amada hermana en el Señor, esfuérzate, y considera
la aflicción y la paciencia de Cristo y de todos los testigos piadosos
que desde el principio hasta ahora han seguido a Cristo (Santiago
5.10). Él no los dejó sin consuelo, como tampoco nos dejará a nosotros
sin consuelo, los que estamos encarcelados aquí por causa del
mismo testimonio,
sino que nos da abundante consuelo y fortaleza
por el poder de su Espíritu Santo; eternas alabanzas a él por esto.
Así que, esfuérzate, persevera sin cesar en la oración y la
súplica. Demuestra así que eres hija del Nuevo Testamento, que
la ley del Señor está escrita en tu corazón
y que, por tanto, en ti
es manifiesta. Que el Dios misericordioso te fortalezca con este
fin, por medio de su Hijo y el poder de su Espíritu Santo. Con esto
(ya que no tengo más papel), te encomiendo, mi querida esposa,
al Señor y a la palabra de su gracia.

Escrito por mí en prisión el lunes,
Jelis Bernaerts, tu querido esposo.

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