lunes, 10 de octubre de 2016

EL ALMA DE LOS PERROS-JUAN JOSE DE ZOISA REILLY -1909

 EL ALMA DE LOS PERROS-JUAN JOSE DE  ZOISA REILLY -1909
 LA MAESTRA DE LOS PERRITOS 
  Mi maestra. . . 
Me parece verla todavía. Cierro los ojos y la veo. 
Pero la veo tan bien, que al evocar su imagen, dudo de 
que haya muerto ... La pobre murió tísica. Los chicos a 
quienes ella adoraba, fueron sus victimarios. Los chicos la 
hicieron sufrir y tanto la hicieron llorar, que la infeliz 
no íuvo más remedio que morir- Y murió, os lo juro, san- 
tamente. Era pequeñita, rubia, suave... Hablaba con los 
ojos. Sus ojos eran negros. Además de negros, eran tris- 
tes, pero de una tristeza] de muchacho enfermo que no 
tiene juguetes... ¡Pobre maestra! Me dan ganas de llo- 
rar cuando me acuerdo de ella . . . Yo la hice penar mu- 
cho. Una vez lloró por mí de tal modo que, todavía, des- 
pués de veinte años, mi corazón se encoge de vergüenza. 
Sin embargo, mi culpa no era grave. Su temperamento 
enfermizo y sus nervios sensibles de violín armonioso, 
agrandaron mi falta. ¿Qué le hice? Fué sencillo- Apro- 
vechando un instante en que ella salió al patio, escribí en 
el pizarrón, con tiza, lo siguiente: 
"La maestra se parece a un fideo'' . . . Cuando volvió 
al salón y leyó esa grosera mofa a su flacura, no pudo 
hablar. -Se puso pálida. Tuvo un acceso de tos. Se fué a 
su mesa, y con los codos apoyados en ella y cubriéndose 
el rostro con las manos comenzó a llorar y a toser. Llo- 
raba de una manera tan melancólica y tan en silencio, que 
todos enmudecimos. Aquel llanto y aquella tos'me hicie- 
ron ver un poco más el fondo de la vida. Por nuestras 
inconscientes almas infantiles pasó un helado soplo de 
' miedo- Yo temblé, Quedé inmóvil en mi banco, hasta que 
oí la voz de la maestra. Habíase quitado las manos de 
la cara, y al través de las lágrimas, nos dijo: 
— ¿Por qué son ustedes tan crueles?... Estoy flaca, 
es verdad, muy flaquita. . . Hace quince años que trabajo, 
enseñando a leer y a escribir. Hace quince años que su- 
fro el placer de educar a los niños. Hace quince años 
que estudio de noche y trabajo de día para sostener a 
mi familia y para evitar que mis pobres padres viejos se 
mueran de hambre. De tanto trabajar me he puesto fla- 
ca... Sí. "Flaca como un fideo'"... ¿Y ustedes no me 
tienen lástima. 
Cuando la infeliz dejó de hablar muchos chicos llo- 
raban. Otros, oían con la boca abierta- Los demás, tem- 
blaban. Por mi parte, adiviné esa tarde que el suicidio 
es la única solución de muchas agonías . . . 
— ¿No me tienen lástima? — repetía la señorita. — 
¡ Flaca como un fideo ! . . . ¿ Quién escribió eso ? 
Reinó en el aula, un silencio profundo. Nadie se atre- 
vió a denunciarme. Pero, cuando las clases terminaron 
y todos los alumnos se fueron, yo me quedé el iiltimo. 
Mi maestra en el zaguán presenciaba el desfile. Aguardé 
hasta el final- Entonces me aproximé tembloroso : 
— Señorita ... 
-¿Qué? 
—¿Me quiere hacer un favor? 
— Con mucho gusto. ¿Qué quieres? 
 — Déme un beso. 
— Tómalo. . . 
— Ahora, pégueme . . . 
' — ¿Qué te pegue? 
— Sí. Pégueme fuerte. Déme una cachetada. Hágame 
saltar los dientes... ¡Pégueme! 
— Pero, ¿por qué? ¿Estás loco? 
— No, señorita. Soy un asesino- Yo fui quien escribió 
aquello en el pizarrón. ¿Recuerda? "'Se parece a un 
fideo". 
—¿Tú? 
—Sí. Yo. 
Me tomó en sus brazos. ¡Yo tenia nueve años! Me 
besó una vez. Dos veces- Tres veces. Muchas veces... 
; Aún me parece que me está besando ! . . . Al día siguien- 
te, pedí a mi madre una monedita para comprar bizco- 
chos. Fui a la botica: 
— Déme diez centavos de pastillas para la tos. 
Llegué a la escuela. Penetré triunfante. Y oculta- 
mente, sin que los demás chicos me vieran, le regalé a 
mi maestra las pastillas. 
— Tome, señorita. Son buenas para la tos- 
M'e acarició con su manos húmedas y frías. Me besó 
en ia frente. Y. . . 
Pasaron los años. Cuando volví a mi tierra, fui a 
visitar su tumba. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario