domingo, 2 de octubre de 2016

EL AMOR DE LOS AMORES- RICARDO LEON /6/


EL AMOR DE LOS AMORES-  RICARDO LEON
Me recibió con extremada fineza y cortesía, pre- 
sentándome á su esposa y halagándome con discre- 
tísimos elogios. Vi en aquella casa objetos de 
mucha riqueza y ornato, lienzos antiguos, tapices 
y armas de los abuelos de Villalaz, aposentos que 
parecían de príncipe, todo con gran aseo y limpie- 
za y como penetrado del buen gusto y pulcritud de 
su dueño. Pero lo que más admiré, por ser yo mozo 
y poeta, fué la maravillosa hermosura de doña Jua- 
na, la esposa de don Fernando. 
Tenía esta señora el rostro ovalado, moreno, con 
radiante brillo de juventud y sanidad. Aparentaba 
hallarse en la sazón de los treinta años y poseer 
un genio muy vivo y ardiente. Eran sus ojos par- 
dos, enérgicos y rutilantes; magníficos los cabe- 
llos, cuyos rizos le caían sobre las sienes, menu- 
dos y copiosos como racimos de uvas negras; la na- 
riz recta, y en la misma línea de la frente, como 
el perfil de las figuras clásicas; los labios gruesos y 
encendidos; las mejillas bañadas en sonrosada luz; 
la barbilla redonda y con graciosos hoyuelos; la 
voz de timbre caliente y grave, un poco velada al 
hablar con vehemencia, acariciadora y liviana al 
seguir el vuelo de la conversación familiar; arro- 
gantísimo el cuerpo, y expresivos, algo plebeyos, 
los modales. 
Trataba á su marido con delicada solicitud y 
señales de quererle mucho. Ambos formaban una 
gentilísima pareja, por ser los dos de tanta hermo 
sura y agrado. No hallé más diferencia en su as- 
pecto exterior que el aderezo de sus vestidos, pues 
mientras Villalaz los usaba negros y de austera 
sencillez, su esposa hacía alarde, á mi entender 
indiscreto, de presumida elegancia. Como don Fer- 
nando, por tener los ojos tan grandes y vivos, no 
parecía ciego, y era tan guapo y buen mozo, com- 
ponía muy buena traza al lado de la señora, y aun 
la ganaba en majestad. Todas estas cosas se me 
quedaron grabadas entonces con singular relieve. 
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Como es mi sino hacer movimiento y mudanza 
de las cosas, rodar por el mundo, sufrir trabajos y 
rodear tierras sin echar raíces en ninguna, me 
amaneció un día lejos de aquellos lugares. Tan 
aprisa los desamparé, que ni espacio tuve para des- 
pedirme de don Fernando Villalaz. Metido yo en 
aventuras, allende las fronteras de mi patria, quise 
curarme el pecho de las llagas de amor con que la 
dama de las flores me había inficionado. 
Cuando volví á Castilla, muchos años después» 
tenía casi olvidadas aquellas historias y curadas ya 
mis heridas sin rastro alguno de feas cicatrices. 
Pero siendo placer y dulce tristeza la memoria de 
los pasados males, torné al lugar de mis antiguos 
amores y pedí nuevas de mi hermosa enemiga. 
Nadie supo darme razón, á ciencia cierta, del 
paradero de la ingrata: quién, dijo que había pasa- 
do á vivir en tierras de Extremádura, y quién, ase- 
guró que estaba casada con un señor muy rico y 
necio. Miré los umbrales y las rejas que en otro 
tiempo me tenían cautivo, y al salir de la villa me 
vino á las mientes el recuerdo del señor de la to- 
rre y su esposa, doña Juana; de Pelayo Crespo y la 
mocita del jardín. 
Quise ver á mis antiguos amigos, pero llegando 
á la torre la hallé cerrada y sin alma viviente. En- 
tré en el jardín y me recibió la misma helada sole- 
dad. El huerto, donde tantas veces había descan- 
sado, parecía lleno de hierbas ociosas, ganado por 
la maleza como un erial, sin cerca y sin portillo. 
Sólo la fuente, la vieja fuente amiga, acompañó 
mis pasos en el silencio grave de aquella tierra des- 
amparada. 
Al ver la ruina y estrago de la hermosa heredad 
se me cayeron al suelo las alas del corazón. ¿Qué 
había pasado allí? ¿Qué huracán, qué fiera desdicha 
derribó los jardines, embistió la torre, cerró sus 
puertas y arrojó de su morada á las dos familias? 
Vagando por aquellas mustias soledades, donde 
todo era silencio y dolor, asperezas y sepulturas de 
recuerdos, topé un viejo rabadán que á la orilla del 
río sesteaba con su rebaño. Pregunté al viejo el 
mgtivo de aquella mudanza. 
— Lo que aquí pasó — respondióme el rabadán 
con aires de misterio — no hay lengua que lo de- 
clare... Se dicen muchas cosas, pero nadie conoce 
la verdad. 
— ¿Qué fué de don Fernando? — repuse con im- 
paciencia. — ¿Qué fué de Pelayo Crespo? 
— Se marcharon todos.. ¿A dónde? No lo he po- 
dido saber... Unos cuentan que don Fernando per- 
dió sus caudales... otros dicen que se metió en un 
convento... no falta quien jura que le vió en una 
casa de locos... Y dicen también que dé esta torre 
van á hacer monasterio los frailes cartujos... 
Movido por las palabras sentenciosas del pastor, 
me di á buscar el secreto de la casa de Villalaz, 
adivinando una escondida tragedia. Pregunté á las 
gentes del campo y de la villa; á los antiguos ma- 
yordomos y criados de la torre; al capellán, que fué, 
de don Fernando; á los pastores, colonos, aparce- 
ros y gañanes de la vieja heredad, y al cabo de 
mis preguntas y diligencias, vine á sacar en limpio 
la historia verdadera, una historia tan lastimosa 
que arrancaba de las carnes el alma. 

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