domingo, 2 de octubre de 2016

EL AMOR DE LOS AMORES RICARDO LEON (7)

 EL AMOR DE LOS AMORES
RICARDO LEON
 
Si este largo proemio no apuró tu paciencia y 
hallaste placer con las altas razones de don Fer- 
nando Villalaz; si Pelayo Crespo te movió á sim- 
patía, y miraste con buenos ojos á Isabel y Tasa- 
rín; si deseas contemplar de cerca á doña Juana, 
y saber, hasta el cabo, lo que pasó en la torre, 
vente conmigo por estas páginas y habrás conoci- 
miento de personas y cosas de singular noticia y 
calidad, pues, aun siendo yo quien las pinte y de- 
clare, tienen tal virtud y fuerza, que, á pesar de lo 
tosco del pincel, bien dejarán ellas en este lienzo 
algo de sus estampas y de su espíritu. — Vale. 
PRIMERA PARTE 
CAPÍTULO PRIMERO 
CANTA EL AUTOR LAS EXCELENCIAS DE CASTILLA, SU PATRIA, 
Y COMIENZA LA NOVELA CON LOS SUCESOS DE UN CAMINANTE 
Sagrada tierra de Castilla, grave y solemne 
como el mar, austera como el desierto, adusta 
como el semblante de los antiguos héroes; madre y 
nodriza de pueblos, vivero de naciones, señora de 
ciudades, campo de cruzadas, teatro de epopeyas, 
coso de bizarrías; foro y aula, templo y castillo, 
cuna y sepultura, cofre y granero, mesa y altar; 
firme asiento de la cruz y del blasón, del yelmo y 
la corona; crisol de oro, yunque de hierro: ¡salve! 
Fuiste universidad y escuela del mundo; tendis- 
te el brazo como un puente, sobre los mares; hin- 
caste la planta en las cumbres para estar más cer- 
ca del cielo; hiciste lanza del corvo arado y man- 
tuviste en los hombros, sin fatiga, la pesadumbre 
de la gloria. Tu vientre maternal dió tan copioso 
fruto, que, á no ensanchar sus límites el planeta, 
no cabría en él toda tu raza... Eres pobre, y, sin 
embargo, nutriste el caudal ajeno; eres vieja, mas 
aun tienes entrañas y bríos con que parir recios 
varones; cargada estás de siglos y desengaños y 
todavía mueves el cetro y gobiernas la heredad: 
te pareces á los sarmientos generosos de tus vides, 
secos y nudosos, pero henchidos de savia y coro- 
nados de racimos. 
¡Ancha tierra de Castilla! ¡Cómo se dilataban 
los horizontes bajo el duro callo de los corceles, 
bajo el airón de las cimeras, á los ojos aguileños 
de tus capitanes! Sudaba la carne heroica dentro 
de la fuerte armadura, y el corazón, semejante á 
una saeta, rasgando la coraza, iba á clavarse en el 
cristal de los cielos. 
¿No escucháis todavía la lengua varonil de 
aquellos rudos mesnaderos del glorioso ciclo, Al- 
var Fañez, Martín Antolínez, Pero Bermúdez, can- 
tando la vieja fabla del Campeador, con toda su 
bárbara majestad? ¿No sentís el choque de los mu- 
ros de carne que pelean «pecho contra pecho», ni 
el crugir de las cotas, ni el ronco hervor de las gar- 
gantas, ni el alegre relincho de los caballos? 
Grande polvareda se levanta en la llanura. Mi- 
rad: son los hijos del aurífero Tajo, del Duero, del 
Arlanza y del Pisuerga, «reliquias antiguas de la 
sangre goda»; los de hierro vestidos y de espigas 
coronados, legión de labradores, guerreros, reyes, 
vasallos, nobles, pecheros... ¡la insigne democracia 
de las Castillas, la más hermosa democracia que en 
el mundo se vió...! «Helos, helos por do vienen», 
Bernardo del Carpió y el Conde Fernán González 
y Mudarra el Bastardo y los Siete Infantes de Lara; 
miradlos cabalgar por los campos rotundos del Ro- 
mancero; traen las espadas ceñidas, las adargas á 
los pechos, las lanzas en las manos... Treme la tie- 
rra y treme el nervudo brazo de impaciencia y de 
cólera... ¡Proceres castellanos y leoneses, varones 
duros y sufridores de trabajos; «hijos de vuestras 
obras», que ganásteis blasones y heredades con el 
filo de la espada y la sangre de las venas! ¡Casta 
de azores, padres gloriosos de esta grande nación 
de caballeros; salve! 
No cierres jamás, buen castellano, las tumbas de 
aquellos paladines... Un día, nuestro Señor Rodrigo 
de Vivar, que sabe ganar batallas después de muer- 
to, despertará en la huesa y limpiando el orín de 
la tizona, montará en su nervioso corcel y rasgará 
los velos de los sepulcros y de las cunas. Y jurará, 
por la cruz de su espada, purgar á España de re- 
negados y felones... 
!Hermosaosa tierra de Castilla! Contemplando las 
sombras y las vivas luces de tu faz trigueña; los 
rubios mares de sazonadas mieses, que la brisa en- 
corva; los altos encinares donde cuelgan su nido las 
alegres oropéndolas; al rezar en tus monasterios, 
junto á las sagradas sepulturas; al descifrar los có- 
dices de tus archivos olvidados; al recorrer tus vi- 
llas y tus ciudades, que son relicarios del arte y de 
la historia; al seguir la corriente de tus famosos 
ríos; al escalar tus puertos, coronados de nieve, ¡oh 
patria mía!, siento latir en mis arterias, con más 
ardor que nunca, el generoso fuego de mi sangre 
española y castellana... 
Tornando á tí me siento más fuerte y seguro. 
Vienen á mi memoria recuerdos de otras edades y 
siglos dichosos; me parece que las piedras de armas 
de tus añejas torres son los rostros de mis abuelos 
que en silencio me miran; y las amapolas de los 
surcos, son gotas de sangre, de mi propia sangre; 
y los pinares, templos; y las rocas, blasones; ylos ca- 
minos, brazos que hacia mí se tienden; y el sol, un 
signo heráldico de las viejas glorias de mi estirpe.
__________________
Abre el surco, buen castellano; siembra y ara, 
canta y siega, trilla, muele el trigo en tus aceñas, 
cuece el pan en tus hornos, cuida de tu peculio, 
pero no olvides tus glorias! Esa tierra que hieres, 
tierra sagrada es, llena de osamentas. Viviendo 
estás sobre una inmensa sepultura. Escucha la voz 
de los muertos, enseñanza y ley de los vivos. _
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— ¿Cómo se llama la moza? 
— Isabel, para servirle. 
Suspiró él, oyendo este nombre, y se puso á con* 
templarla en silencio. 
— No es moza todavía — dijo Tasarín — , que 
aún no le han dado ronda... 
Supo el forastero por las explicaciones del espo- 
lique lo que significaba «dar la ronda», costumbre 
popular de esta tierra, con que se otorga á una 
mujer la alternativa de tal. Se reúnen los jóvenes 
solteros y brindan coplas y serenatas en las rejas 
de la niña, con lo que la gradúan de moza. Los 
varones, por el mismo arte, adquieren «entrando 
en ronda» los deberes y los derechos de la moce- 
dad. Aquí se guardan con rigor los fueros de esta- 
do y categoría; ningún hombre que entró por las 
puertas del matrimonio alterna jamás con mozos 
solteros, ni los muchachos se atreven á hombrear 
con los que entraron en ronda. 
— i Yo ya entré en ronda el año pasado! — ex- 
clamó Tasarín con orgullo. 
Hiciéronle mucha gracia al forastero las razones 
del imberbe y aquellos usos de tan añejo sabor. Y 
paladeando todavía el dulce nombre de Isabel, 
dijo con gran ternura: 
— Así tengo yo una hermana pequeña... del 
mismo nombre... 
— ¿Y dónde vive? — preguntó la muchacha, 
atreviéndose un poco. 
— Vive lejos de aquí... — murmuró el peregri- 
no. — Es blanca y rubia también... Quince años 
tendrá ahora, pues yo le doblo la edad... 
Quedó Isabel pensativa, y añadió luego, muy 
refitolera: 
— ¿Y no tiene usted más familia en el mundo? 
— Sí; tengo padre... 
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