miércoles, 26 de octubre de 2016

EL PRINCIPE KABOO, ESTEBAN MERRITT Y EL ESPIRITU SANTO

Una extraña luz
Sin embargo, su suerte habría de ser muy diferente a partir de entonces. Una gran luz, como un rayo, irrumpió sobre él. Una voz audible que parecía venir de lo alto le ordenó levantarse y huir. Los que le rodeaban oyeron la voz y vieron la luz pero no entendieron de qué se trataba.
En un abrir y cerrar de ojos, Kaboo recobró sus fuerzas y, saltando, huyó hacia la selva con la velocidad de un ciervo. ¿A dónde ir? No podía huir hacia su tribu, porque atraería sobre ella la peor de las venganzas.
Algo sobrenatural volvió a ocurrir. La misma extraña luz que le había salvado le comenzó a guiar por los intrincados vericuetos de la selva. Kaboo se limitó a seguirla. Durante el día se ocultaba en el hueco de los árboles, y durante la noche continuaba su marcha. La noche era para él lo suficientemente clara como para juntar frutas y raíces y alimentarse. Cruzó lagos y ríos. A su alrededor, toda la fauna salvaje enmudeció, y dejó el paso libre al muchacho que huía.
Después de días llegó a una plantación en las afueras de Monrovia (Liberia). Grande fue su sorpresa cuando supo que había llegado a otro país. La primera persona que vio fue un hombre de su propia tribu, quien le contó que ese no era un lugar de esclavizadores, sino de liberadores de esclavos. ¡Dios le había guiado al único lugar donde estaría a salvo!
Allí encontró empleo y fue invitado a una reunión cristiana. Al oír la historia de la conversión de Saulo, pudo ver que Dios le había salvado de la misma forma. Una misionera lo condujo al Señor y le enseñó los rudimentos de la fe. También le enseñó a leer y escribir en inglés.
Muy luego, Kaboo fue cautivado por el Señor y sintió deseos de prepararse para ir a dar testimonio a su tribu. Sin embargo, sentía que tal vez nunca estaría en condiciones. Para él fue un gran descubrimiento el saber que el Espíritu había sido enviado para capacitar al cristiano. Comenzó a buscarle con gran insistencia, a tal punto que sus compañeros se cansaban de oírlo orar por las noches.
Un día tuvo la experiencia de la llenura del Espíritu. El no sabía nada de la doctrina sobre el Espíritu Santo, pero ese día fue lleno de Él.
Poco después fue bautizado en las aguas y su nombre fue cambiado por el de Samuel Morris.
Samuel estaba tan cautivado por su relación con Dios, que pronto llegó a ser conocido como el nativo más consagrado y fervoroso de esa región de Liberia.
Un día, con la ayuda de un misionero, descubrió Juan 14. Al saber que el Espíritu Santo obra aquí en la tierra, que es una Persona Viviente, no tuvo palabras para expresar su asombro y felicidad. Supo que Él fue quien lo liberó y lo condujo hasta allí. Desde ese día, Samuel hizo largos viajes para conversar con los misioneros acerca del Espíritu Santo. Les hacía tantas preguntas difíciles que, por fin, una misionera se vio obligada a confesar:
—Samuel, ya te he dicho todo lo que sé acerca del Espíritu Santo.
Samuel insistió:
—¿Y quién le dijo a usted todo lo que sabe acerca del Espíritu Santo?
Ella respondió que todo su conocimiento acerca de este tema lo debía a Esteban Merritt.
—¿Dónde está Esteban Merritt?
En Nueva York.
Pues iré a verlo – fue la respuesta de Samuel.

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