miércoles, 26 de octubre de 2016

EL PRINCIPE KABOO- HISTORIA REAL

Peripecias a bordo
Cuando subió a bordo, Samuel se encontró con un muchacho tirado en la cubierta. Era el camarero del capitán. Se hallaba tan malherido que ni siquiera podía incorporarse. Samuel se arrodilló junto a él y oró. El muchacho se levantó de inmediato, totalmente restablecido.
Poco más tarde, cuando el capitán quiso deshacerse de Samuel, al comprobar que no sabía trabajar, el camarero intercedió por él.
—Por favor, capitán, llévelo. ¡Mire lo que hizo por mí!
La vida a bordo era cruel. Casi cada palabra era acompañada por una blasfemia, un puntapié o un bofetón. La tripulación se hallaba compuesta por hombres de distinta procedencia. Samuel era el único negro a bordo, y todos le rechazaban. Los golpes y los insultos llovían sobre su cabeza.
Al tercer día se desató una tormenta. A Samuel lo amarraron a uno de los mástiles para que ayudara a recoger las velas. Allí enfermó gravemente, debido al feroz azote de las olas. Entonces Samuel oró:
— Padre, tú sabes que he prometido a este hombre trabajar todos los días hasta llegar a América. Yo no puedo trabajar si estoy enfermo. Por favor, quita esta enfermedad.
Luego se levantó y retomó sus tareas. Nunca más estuvo enfermo en el barco.
Al día siguiente, el camarero lo relevó de su trabajo, así que Samuel se dirigió a la cabina del capitán. Éste, que estaba ebrio, golpeó a Samuel hasta dejarlo inconsciente en el suelo. Al recuperar el conocimiento, Samuel se levantó y siguió con sus tareas, tan animadamente, como si nada hubiera pasado. Le preguntó al capitán si conocía a Jesús. Luego, se arrodilló y oró con tanta sinceridad y fervor por él, que éste inclinó la cabeza, conmovido.
Un día, azuzados los hombres por el alcohol, comenzó una pelea sobre cubierta. Era una disputa sin sentido por prejuicios raciales. Un malayo muy corpulento, que pocos días antes había amenazado con matar al “negro”, se sintió insultado, tomó un machete y se abalanzó sobre los demás, con ansias de matar. De pronto, Samuel se interpuso en su camino y comenzó a decirle, con su modo calmo:
—No mates, no mates.
El hombre levantó el arma contra él y le miró con ojos centelleantes. Samuel, a su vez, le miró a los ojos, sin hacer movimiento alguno para defenderse. El malayo se detuvo y, lentamente, bajó su arma y se volvió a su litera.
Cuando el capitán supo esto pensó que Samuel tenía un poder misterioso. Bajó al camarote con Samuel y éste oró por él y por toda la tripulación. Por primera vez el capitán se unió a la oración. En aquel momento el capitán entregó su vida al Señor. Fue el primero de muchos convertidos a Cristo allí en el buque.
A partir de entonces, Samuel se ganó por completo el corazón del capitán, quien ya no pagó más a su gente con ron. Las peleas se acabaron. Ahora el capitán llamaba a sus hombres al puente de popa para orar. Samuel dirigía esas oraciones y cantaba los himnos que había aprendido en Liberia. En sus momentos libres pasaron horas escuchándole cantar. Así, ellos comenzaban a sentir la obra de la gracia de Dios en sus corazones.
Poco después del incidente, el malayo cayó gravemente enfermo. Samuel oró por él y recibió inmediata sanidad. Esto produjo una nueva impresión en el corazón de esos duros hombres de mar. Desde entonces todos comenzaron a orar y cantar con Samuel Morris.
Todos a bordo se convirtieron en sus amigos. Más de la mitad de ellos habían recibido al Señor. Las discriminaciones raciales habían sido olvidadas. Un embajador de Dios había navegado con ellos por un tiempo y les había enseñado con su ejemplo que hay un Dios personal, que contesta la oración y que no hace acepción de razas o color.

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