sábado, 8 de octubre de 2016

ESPAÑA EN LA VIDA ITALIANA DURANTE EL RENACIMIENTO BENEDETTO CROCE 1900

ESPAÑA EN LA VIDA ITALIANA 
DURANTE EL RENACIMIENTO 
BENEDETTO CROCE
1900
 
 VERSIÓN ESPAÑOLA DE 
TOSE SÁNCHEZ ROJAS 


 
El donjuanismo. — Sigamos hablando del libro de Benedetto Croce La Spagna nella vita italiana durante la 
Rinescenza (Bari, Laterza editori, 1917), que nos ofrece un curioso cuadro, bella y sobriamente trazado, de la 
proyección del espíritu castellano en las ciudades italianas. No quiero comentar, sino exponer. Los donjuanes, 
las mujeres galantes, los militarotes rudos, los bachilleres y doctor - zuelos, los clérigos desaprensivos, 
los aventureros de rompe y rasga, pululan y se divierten bajo los pórticos de Bolonia, en las rumorosas calles
 napolitanas, en las plazas florentinas y sienesas, en los palacios de Roma y sobre los canales de Vemcia. 
Y todos ellos dejan huella de sU paso. Los donjuanes... 
Los donjuanes que andan a cintarazos en los dramas de Don Pedro Calderón, que se enternecen en Lope
 y primorosean y gesticulan en Tirso, hacen en Italia el amor «a la española» o lo que es igual — según nos
 advierte el dramaturgo Bentivoglio en II Geloso — , pasean bajo las ventanas de las bellas con marcial 
apostura, perdonando las vidas de los que topan por el camino. A duras penas se resignan a los favores
 de las damas. Todas las preferencias se las merecen ellos. ¡Ah! — exclama un Don Juan en Los 
engañados, parlando en rudo y sonoro romance — ; ya sabe cuánto valen los españoles en cosas de
 mujeres. ¡Oh, cómo se holgan de nosotros estas putas italianas/» El capitán Marrada es el Don Juan
 de Pisa. En cuanto topa con un paisano, no se harta de narrarle sus aventuras galantes. «Muchas 
andan perdidas por mí — insinúa — y aun de las mejores de la tierra No se le conocen, sin embargo, 
otros apaños en la ciudad que los que sostiene con su criada Agnoletta. 
El donjuanismo castellano se condensa en la frase italiana de «hacer el don Diego». Los «don Diegos» 
se llevan la mano al cora-zón, dicen ¡vida mía! y ¡amor mío! a cada paso; se presentan a las mujeres
italianas en calidad de náufragos y de incomprendi dos, como los violinistas húngaros de hoy, y las
 descubren, en trágicas confiden- cias, tesoros exquisitos de sensibilidad no sospechados por ellas.
 Los don Diegos explotan los mostachos y la figura, que cotizan y revocan en colaboración con el 
sastre y con el peluquero. 
El Aretino nos cuenta en los Raggionamenti (novelle, II, 47) «que se hacen limpiar a cada paso las 
calzas por los servidores». La pompa, la gravedad, el sosiego,acompañan a tal refinamiento. «En la
 nación española — advierte con toda malignidad Castiglione — las cosas exteriores son el mejor
 testimonio de las íntimas o espirituales.» El lujo, la pompa en la servidumbre, el recuerdo de las
 hazañas na- cionales, de los abuelos godos y de las riquezas de estirpe, son los espejuelos de
 que se valen los don Diegos para la caza de las alondras. 
Las damas, sin embargo, tienen sus sospechas. Los caballeros de Santiago y de Alcántara, que aseguran
 a Italia ser parientes del rey, apenas si comen en su tierra. Hablan siempre de los dineros que llegarán de
 España, y los dineros de España llaman en Italia desde el siglo XVI a los que no llegan nunca.
 El donjuanismo castellano que tiene una época de esplendor en Bolonia con los colegiales de San 
Clemente, en Napóles y Milán con los bravos de mostachos fieros, en Roma con los poetas a sueldo 
de prelados y cardenales y en Venecia y Parma con los espías de la casa de Austria, se derrumba 
como un bello cuento oriental. Y en Italia se comenta con una car- cajada, que prolonga Alejandro
 Manzoni hasta fines del siglo XVIII 
en Los novios. 
Las espuelas y los sables. — Benedetto Croce, en el capitulo X de su libro, consagrado al estudio 
de Lo spirito militare e la religiosità spagnuola, diserta agudamente sobre el honor militar de los 
vasallos castellanos de su Majestad Católica. «Yo he estudiado poco — dice un oficial español en un 
diálogo de Jerónimo de Urrea — por- que me gustan más las armas que las letras.» «Los españoles — 
asegura Guicciardini — se inclinan más a las armas que cualquiera otra nación cristiana. De estatura 
menuda y muy ágiles y diestros, estiman de tal modo el honor que no temen la muerte.» La infanteria 
es habilísima; no así la caballería que, según el parecer de Maquiavelo (El príncipe, cap. XXVI) «es 
muy escasa y vale poco». A Gonzalo de 
Córdoba, el Gran Capitán, atribuyen los italianos el aforismo «España para las armas e Italia para la 
pluma». 
Las batallas de Ravenna y de Pavía, el saco de Roma, el asedio de Florencia y el asalto a San 
Colombano a las órdenes del insigne marqués de Pescara, familiarizan a los italianos con los sables 
y con las espuelas de nuestro país. 
En las comedias se hace imprescindible el tipo del militar español. La malicia popular le designa 
con nombres harto significativos: Fieramoscas, Cocodrilos, Cortar rincones, Rajatroqueles, Matamoros, 
Cardonas y Tempestades. Son los bravos de Alejandro Manzoni que impiden al calzonazos de Don 
Abundio que case a los muchachos que tanto se aman. Tienen fama de fanáticos y de crueles. 
Y no toleran bromas con las cosas atañaderas a su profesión. 
Palabras tales como locos, judíos y marranos se italianizan para designar a nuestros militares. 
No son estas palabras precisamente injuriosas; se refieren más bien al origen sarraceno o judío 
que gra-uitamente supone en nuestros militares la Italia de los siglos XVI y XVII. 
El término pecadillo se italianiza también, peccadiglio, como recuerdo de la confesión de un militar, 
que después de absuelto por el confesor, tornó al Tribunal de la Penitencia para decir al sacerdote —
 nos cuenta Bernardo Navagero — que se había olvidado de un pecadillo, consistente en no.Creer en Dios. 
Los toritos. — César Borgia quiere repoblar a Roma con gentes de su tierra y de su raza.
 En Roma aparecen familias que llevan los apellidos de Cardona, Moneada, Oviedo, Ramírez, 
Lorca y otros. César Borgia, llevó a la capital de la cristiandad las corridas de toros. El 24 de junio de 1500
 el propio César, detrás del Vaticano, con la espada corta y la muleta, mató cinco furiosos toros
, entre la admiración de las damas. En 1502, en Ferrara, con motivo de las bodas de Alfonso de Este
 con Lucrecia Borgia, se repiten las corridas, delante del Castillo Estense. Las damas aplaudieron 
a los jus- 
tadores que llevaban espada corta y muleta. Después de los toritos,  los españoles celebraron un baile en Palacio en honor de la nueva duquesa. (Yo recuerdo haber visto en Ferrara unos cuadritos de la época reproduciendo estas escenas

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