viernes, 7 de octubre de 2016

LA DUQUESA DE ANSÓ -UN GRITO EN LA NOCHE - PEDRO MATA 1921

UN GRITO EN LA NOCHE
PEDRO MATA
1921
 
La duquesa de Ansó es una de las mujeres más simpáticas y más elegantes de Madrid. Cuando los re- 
visteros de salones suelen llamar én sus reseñas a una dama del gran mundo elegante y siftipática, el públi- 
co, que conoce muy bien el valor convencional de los adjetivos de periódico, piensa en el acto que la tal 
dama debe de ser horriblemente fea. Conviene, pues, advertir, antes de continuar adelante, que este libro 
no es precisamente una revista de salones y que el autor, aunque esté encanallado, como casi todo el 
mundo, con el lenguaje corriente de la vida, aún conserva, cuando escribe, el debido respeto a la significa- 
ción de las palabras. Si dice que la duquesa de Ansó es simpática y elegante, no es para justificar con ama- 
bles eufemismos la ausencia de otros encantos de mayor cuantía, sino porque estas dos cualidades de 
simpatía y elegancia son las que mejor especifican y caracterizan su interesante personalidad. No es fea ni 
muchísimo menos la duquesa de Ansó. Tal vez no sea una mujer hermosa; para ello le falta, desde lue- 
 go, estatura y acaso, acaso, esa impecable corrección de líneas que exige el arquetipo de ia belleza clásica; 
pero es fina, bonita, desenvuelta, graciosa, madrileña castiza como aquella otra gran duquesa de Alba que 
inmortalizó, para pasmo de las gentes, el señor don 
Francisco de Goya. 
Acaba de cumplir treinta y ocho años y nadie diría que traspasó los veinticinco. Es preciso mirarla muy 
de cerca, muy detenidamente, para descubrir enel rasgado de la boca, junto al borde de las aletas de la 
nariz, en las comisuras de los párpados, la sospecha de un indicio de arrugas desvanecido bajo el velo de 
los polvos de arroz. Es necesario una mirada perspicaz y docta, una pupila profesional de pintor o de 
masajista, para advertir en la piel de su cara, satinada y tersa, esa pátina precursora de la marchitez que sin 
ser marchitez todavía pone un matiz de opacidad en las carnes fragantes de las mujeres y las flores mucho 
antes de que lleguen a la lozana plenitud. Flores y mujeres en ésto son análogas: magnolias hay que 
antes de abrir tienen ya marchitas las puntas de las hojas; gardenias cuyos pétalos después de desflorados 
siguen pareciendo pedacitos de porcelana desprendidos de una guirnalda artificial. Hay quien tiene la des- 
gracia de nacer magnolia. Hay quien tiene la suerte de morir gardenia. Como la riqueza, como la gloria, 
como la felicidad, como la muerte, son dones que la Fortuna otorga caprichosa. 
A la duquesa de Ansó le tocó en el reparto el privi- legio de ser siempre bonita. Al menos para los que 
sólo la contemplan en las corrientes velaciones del mundo, su tez morena, de un moreno pálido, translú- 
cido, ambarino, conserva indemne toda la frescura de la mocedad. Sus ojos profundamente negros, muy ras- 
gados, muy dulces, miran con un candor que desconcierta y una melancolía que emociona. Aunque no es 
alta, tiene tan gentil apostura, su empaque es tan altivo cuando va por la calle, sabe pisar con tanta ga- 
llardía, que sobre los tacones Luis XV, bajo las grandes plumas del sombrero, envuelta entre la tibia ca- 
ricia de las pieles, casi parece altísima. En cambio cuando en las tardes de aburrimiento, sola en el san- 
tuario de su gabinete, desmadejada y desvaída se tiende en el sofá para leer un libro, abulta poco más 
que una gata de Angora. Pero de todos modos, altísi-ma o menuda, en la calle o en casa, siempre es la 
misma la impresión que da de lozanía y juventud. 
—¿Pero es posible? — preguntan asombrados cuantos 
la ven por primera vez—. ¡Si parece una niña!— Verdad; eso parece. 
No obstante esta apariencia engañadora de juven-tud, frivolidad y coquetería, la duquesa de Ansó es 
una mujer muy honrada, muy seria y muy formal. 
Siete años hace que se quedó viuda, y lleva su viudez con tan irreprochable corrección, es su vida tan trans- 
parente y tan diáfana, que sus mejores amigas o sus peores enemigas, para el caso es lo mismo, no han 
podido todavía hallar en ella el resquicio más insignificante por donde lanzarse a la dulce tarea de la 
murmuración escandalosa. Para tales efectos el hotel soberbio de la calle de Almagro es a un tiempo mis- 
mo baluarte inexpugnable y jaula de cristal. 
 Quizá no todo sea virtud. Quizá más que virtud haya en el fondo de esta honradez tan fieramente 
abroquelada, cautela y previsión . Casada con un hombre frivolo y majadero, que pasó por el mundo 
sin otra preocupación que divertirse; acosada a todas horas, los doce años que duró el matrimonio, por 
todos los íntimos de su marido, tan frivolos, tan vacuos y tan majaderos como él, la duquesa de Ansó 
ha llegada a formar de los hombres un concepto deplorabilísimo que, al elevarlo a la categoría de regla 
general, le ha hecho tener del mundo uña visión completamente falsa. Y he aquí cómo un error puede a 
veces conducir hacia un bien. Sin esta idea injusta y arbitraria que Rosarito tiene de los hombres, sabe 
Dios a qué pruebas tan difíciles se hubiera visto su virtud expuesta y qué esfuerzos tan poderosos de ener- 
gía habría tenido que realizar para salir incólume; mientras que así no hubo jamás esfuerzo alguno. 
Como todos los hombres le eran por igual antipáticos y despreciables, a todos los desahució con las mismas 
despachaderas. Y a medida que voceada por los propios desengañados crecía la fama de su virtud indo- 
mable, cesaron poco a poco las asechanzas y las persecuciones, que no hay nada que infunda más respeto 
que una reputación c onsolidada de honradez. A' nadie, por Tenorio que sea, y cuanto más Tenorio sea, 
le seduce malgastar el tiempo en batir hierro frío. 
Dejáronla, pues, como cosa imposible. Ella se refugió en el santo amor de sús hijos y vertió sobre ellos 
a raudales todas las ternuras de su corazón. Porque en el fondo la pobre Rosarito era una soñadora y una 
sentimental. En toda su malquerencia hacia los hom-bres, no había en definitiva mas que un fracaso de 
romanticismo, la convicción, acaso equivocada, pero firme, de que ninguno se había acercado a ella con el 
propósito de amarla por sí misma. Como Nora, la 
heroína de Ibsen, pudo haberles a todos contestado: «No me habéis comprendido.» Como Hipólita, la he- 
roína de Gabriel d'Annunzio, pudo haberle dicho al amante si le hubiera tenido: «Me tomas virgen. No sé 
lo que es amar.» 
No lo sabía. No lo pudo aprender. Casada, hizo cuanto imaginable puede intentar una mujer ham- 
brienta de cariño, para qüe aquel imbécil lograra darse cuenta del tesoro inagotable de felicidad que po- 
seía. Todos los esfuerzos se estrellaron ante la estulticia de aquel hombre. Todo resultó inútil. Fué como 
dar un peine a un calvo. Viuda, alguna vez soñó con el desquite, con la esperanza halagadora de poner el 
corazón en manos de otro hombre que supiera estimarlo como se merecía; mas siempre, en el momento 
decisivo, paralizaron el deseo, el recelo y la desconfianza; siempre en ese momento le asaltó la sospe- 
cha de si el galanteador que la asediaba no iba, en busca del corazón precisamente; siempre, bajo el to- 
rrente impetuoso de juramentos y promesas, creyó ver lla intención falsa, el afán egoísta, el asalto encubier- 
to a la fortuna, a los blasones, a la posesión salaz y vanidosa, al simple capricho circunstancial y pasaje- 
ro. Romántica como una costurera, la duquesa de Ansó quería un amor puro, inocente y desinteresado. 
Cuántas noches, sumida en la penumbra de su alcoba, tras la batista transparente de los visillos del bal- 
cón, sus ojos siguieron con melancolía el desfile de los enamorados que prendidos del talle se deslizaban 
misteriosos al ras de las fachadas, pegados a las verjas de los hoteles, buscando la complicidad de los 
portales, la sombra protectora de los árboles de los jardines. Cuántas veces al pasear por la Moncloa, en 
esas tardes encantadoras del otoño cuando el sol declina sobre la pincelada azul del Guadarrama, se es- 
tremeció de envidia y de deseo al mirar desde la ventanilla del automóvil las parejas que enlazadas del 
brazo se perdían en las curvas de los senderos, bajo la pomposidad de la arboleda. Cuántas veces, en fin, 
en medio de la calle, al ir a misa, al salir de una tienda, desde lo alto del coche, en una de esas interrup- 
ciones momentáneas de la circulación, presenció 
el espectáculo vulgar de la conquista fácil, la mirada ansiosa, el gesto rápido, el ademán prudente, el re- 
quiebro que se desliza en el oído, la sonrisa leve que es como un anticipo de aceptación, el balbuceo tor- 
pe de las primeras frases. Todo esto, tan vulgar y tan viejo, tan corriente y tan sin importancia, tenía 
para Rosario una atracción excitante y desconcerta-dora. Era otra vida, peor o mejor, más feliz o más 
desventurada, pero otra, completamente distinta de la suya. Ella hubiera querido ser pretendida así, de 
esta manera, en medio de la calle, desconocida para el desconocido, sin más alicientes que el natural de 
su persona, sin otros respetos que el propio recato, ni otra defensa que su honestidad. Ella hubiera que- 
rido gustar el sabor de estas emociones: la inquietante de ser seguida, la angustiosa de sentirse abordada, 
cortejada de improviso, sin preparación previa, sin conocimiento anterior, sin tiempo y sin recursos para 
apercibirse. Qué encanto ser amada así, de este modo, amada por si misma, como una mujercita cualquiera 
de la calle, como una modista, como una criada, como una burguesa, como cualquiera de aquellas 
muchachas que ella veía por las noches, tras los visillos del balcón de la alcoba, desligarse por las aceras 
de ¡a calle de Almagro o en los crepúsculos de otoño, bajo la frondosidad de la Moncloa, perderse en 
los senderos, llevadas del brazo, entregadas, mimosas, arreboladas las mejillas, ebrios los ojos de cari- 
ño y felicidad. 
 

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