martes, 11 de octubre de 2016

RAIMUNDO LULIO, PRIMER MISIONERO ENTRE LOS MUSULMANES- LA VISION

 RAIMUNDO LULIO, 
PRIMER MISIONERO ENTRE LOS MUSULMANES
Por SAMUEL MARINUS SWEMER 
 
CAPÍTULO III 
La visión y el llamamiento a servir 
(A, D. 1266-1267.) 
«Derramaré mi Espíritu sobre toda carne... y vuestros 
mancebos verán visiones.» Joel II, 28. 
Cuando San Pablo relató al rey Agripa la 
historia de su vida, la clave para ella se encon- 
traba en las palabras, «no fui rebelde a la visión 
celestial.» La visión había llegado a él y le había 
sacado al punto de su carrera de acérrimo per- 
seguidor. Todo lo que había hecho o intentaba 
hacer, pertenecía desde aquel momento al pa- 
sado. Se levantó del suelo y emprendió su vida 
de nuevo como uno que no podía desobedecer 
a la visión. Fué una visión de Cristo la que hizo 
de Pablo un misionero. Y no era éste el último 
ejemplo del cumplimiento de la gran profecía de 
Joel. 
Aún el siglo xx no se atreve a burlarse de lo 
sobrenatural; una filosofía materialista no puede 
explicar los fenómenos del mundo del espíritu. 
Los cristianos del siglo xiii creían y veían visio- 
nes. Aunque una época de visiones está expues- 
ta a ser una época visionaria, no fué del todo así 
con el siglo xiii. Las visiones de Francisco de 
Asís, de Catalina de Siena, de Pedro Nolasco 
y de otros en esta época, tuvieron un efecto tre- 
mendo sobre sus vidas y su influencia. Podemos 
dudar de la visión, mas no podemos dudar de 
sus resultados en las vidas de aquellos que pro- 
fesan haberlas tenido. Llámeselo alucinación re- 
ligiosa o imaginación piadosa si quiere, pero 
aún de este modo tiene fuerza. Ruskin dice que 
tal imaginación nos es dada «para que pudiése- 
mos tener visiones del ministerio de los ángeles 
a nuestro lado y ver los carros de fuego sobre 
los montes que nos rodean.» En aquel siglo de 
mariolatría y adoración de ángeles e imitación de 
santos, no fué una visión de esta clase la que 
cautivó a Lulio, sino una visión de Jesús mismo. 
La historia, relatada en una biografía escrita con 
su consentimiento en sus días, es como sigue: 
Una tarde el senescal estaba sentado sobre un 
diván, con su cítara sobre sus rodillas, com- 
poniendo un canto en alabanza de una dama 
noble casada, que le había fascinado, pero que 
era insensible a su pasión. Súbitamente, en me- 
dio del himno erótico, vió a su derecha al Sal- 
vador pendiente de su cruz, con la sangre go- 
teando desde sus manos y pies y frente y mirán- 
dole con expresión de reproche. Raimundo, 
redargüido por su conciencia, se levantó; no po- 
día cantar más; dejó su cítara, y hondamente con- 
movido, se acostó. Ocho días después, otra vez 
intentó acabar el himno y otra vez tomó por 
tema los ruegos de un amante despreciado. Pero 
otra vez, como antes, le apareció la imagen del 
amor divino encarnado, la figura agonizante del 
Varón de Dolores. Los ojos moribundos del 
Salvador estaban fijos sobre él, llenos de tristeza 
y de ruegos: 
Sus manos, su costado y pies 
de sangre manaderos son 
y las espinas de su sien 
mi aleve culpa las clavó. 
Lulio abandonó su laúd y se echó sobre su 
cama, presa del remordimiento. Había visto el 
más sublime y profundo amor, despreciado. Pero 
la idea de que un amor tan asombroso y divino 
demanda nuestra vida, nuestra alma, nuestro 
todo, no había surgido aún en su mente. El 
efecto de la visión era tan transitorio, que no 
estaba preparado a rendirse hasta que no se 
repitió una y otra vez (1). Entonces Lulio no 
pudo resistir al pensamiento de que esto era un 
mensaje especial para él mismo, para vencer sus 
pasiones bajas y consagrarse enteramente al ser- 
vicio de Cristo. Sintió como grabado sobre su 
corazón, el sublime espectáculo de la abnega- 
ción divina. Desde entonces en adelante él tenía 
solamente una pasión: amar y servir a Cristo. 
Pero aquí se levantó una duda, ¿cómo podré yo, 
manchado con impureza, levantarme y empezar 
una vida más santa." Se nos dice, que noche tras 
noche, quedaba desvelado, presa del desaliento 
y de la duda. Lloró como iMaría Magdalena, 
recordando cuánto y cuán profundamente había 
pecado. Al fin le ocurrió el pensamiento: Cristo 
es manso y lleno de compasión; El invita a todos 
a llegarse a £1; no me rechazará. Con este pen- 
samiento vino el consuelo. Por haberle sido per- 
donado tanto, amó tanto más, y decidió abando- 
nar el mundo y renunciar a todo por amor de 
su Salvador, Cómo fué confirmado en su reso- 
lución, lo veremos luego. 

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