martes, 11 de octubre de 2016

RAIMUNDO LULIO -SAMUEL SWEMER




Entre paréntesis es necesario dar un segundo
relato de la conversión de Lulio, que cuenta el
  (1 ) «Tertio et qutrto successivo diebus interpositis aliquibus Salva-
tor In forma semper qua primitus, apparet.» (Por tres y cuatro veces, con
intervalos de alguaos días, se le apareció el Salvador siempre en la mis-
ma forma que la vez primera.;— c^cía Sanciorum*, página 669.
 autor de y dice que le consi-
dera «improbable pero no imposiblo Según
esta Historia Lulio pasaba un día por delante de
la ventana de la casa donde vivía la dama Ambro-
sia, la señora casada, cuyo amor procuraba ganar
en vano. Al pasar vió por un momento su cuello
y seno de marfil. Al punto compuso y cantó un
himno a su hermosura. La señora le hizo llamar
y le mostró su pecho, que él había admirado
tanto, carcomido por un espantoso cáncer. Lue-
go le rogó llevara una vida mejor. A su vuelta a
casa. Cristo se le apareció, y le dijo: «Raimundo,
sigúeme.» Renunció a su posición en la corte,
vendió todas sus propiedades y se apartó al re-
tiro de una celda sobre el Monte Randa. Esto
fué allá por el año 1266. Cuando había pasado
nueve años en el retiro, llegó a la conclusión de
que Dios le llamaba para predicar el Evangelio
a los Mahometanos. (1)
 Algunos biógrafos no mencionan para nada
este retiro de nueve años en una celda del Monte
Randa, próximo a Barcelona, aunque todos están
de acuerdo que la conversión de Lulio tuvo lugar
en Julio de 1266. Las visiones y conflictos y expe-
riencias espirituales por que pasó en el Monte
   (1) Véase el artículo por Rev. Edwñn Wallace de la Universidad de
Oxford en la Enciclopedia Británica.
Randa, valieron a Lulio el título de «Doctor Illu-
minatus», el erudito alumbrado por el cielo. Y si
consideramos la vida que resultó de aquellas visio-
nes, no podemos negar que en aquel siglo oscuro
el cielo iluminó en verdad a Lulio para conocer
el amor de Dios y para hacer la voluntad de Dios
como ningún otro en su día y su generación.
 Volvamos a la historia de su conversión, tal
como el mismo Lulio la cuenta en aquella obra
«Sobre la Contemplación divina», que se puede
poner al lado de «Gracia que abundó», por Bun-
yan (1), y de las « Confesiones 2>, de San Agus-
tín, como la biografía de un alma arrepentida.
 Después de las visiones llegó a la conclusión
que no podía dedicar sus energías a una obra
más sublime que la de proclamar el mensaje de
la Cruz a los Sarracenos. Sus pensamientos se
habían de inclinar de un modo natural en tal sen-
tido. Las islas de Mallorca y Menorca habían
estado hasta hacía muy poco en manos de los
Sarracenos. Su padre había desenvainado su es-
pada al servicio del rey de Aragón contra aque-
llos enemigos del Evangelio; ¿por qué no había
de desenvainar el hijo ahora la espada del Espí-
ritu contra ellos? Si las armas carnales de los
caballeros cruzados habían fracasado para con-
quistar a Jerusalén, ¿no había llegado la hora
de tocar la trompeta para una cruzada espiritual
por la conversión de los Sarracenos? Tales eran
los pensamientos que llenaban su mente. Pero
entonces— dice,— se presentó una dificultad.
¿Cómo podía él, un lego, en una época en que
la Iglesia y el clero eran supremos, empezar una
obra semejante? Al instante se le ocurrió que al
menos se podría hacer un comienzo escribiendo
una obra que demostrara la verdad del cristianis-
mo y convenciera a los guerreros de la media
luna de sus errores. Sin embargo, tal libro no
sería entendido por ellos, si no fuese escrito en
árabe, y él no conocía este idioma; otras dificul-
tades se presentaron y casi le llevaban a la des-
esperación. Lleno de tales pensamientos fué un
día a una iglesia vecina y derramó toda su
alma delante de Dios, rogándole que si El era
quien le inspiraba aquellos pensamientos, le diera
también el poder para realizarlos. (1) 
  El mundo

musulmán estaba más unido, y desde Bagdad a 
Marruecos los Mahometanos se daban cuenta de 
que las cruzadas habían sido una derrota de la 
cristiandad. La mitad de España estaba bajo el 
dominio musulmán. En todo el norte de Africa 
el poder sarraceno aumentaba. Hubo muchas 
conversiones al Islam en Georgia y millares de 
coptos cristianos en Egipto abandonaban la re- 
ligión de sus padres, para abrazar la fe de los 
conquistadores mamelucos. Era precisamente, 
por aquel tiempo, cuando el Islam empezó a ex- 
tenderse entre los Mongoles. Predicadores mu- 
sulmanes propagaban su fe en India por el Ajmir 
y el Punjab. El archipiélago Malayo empezó a 
oir hablar de Mahoma en la época del nacimien- 
to de Lulio (1). Beybars I, el primero y el más 
grande de los sultanes mamelucos, ocupaba el 
trono de Egipto. Un hombre de grandes haza- 
ñas, actividad incesante y ortodoxia rígida, reali- 
zó toda clase de esfuerzos para extender y refor- 
zar la religión del estado. El Islam poseía poder 
político y prestigio. Dominaba en la filosofía y la 
ciencia. AI principio del siglo xiii, las obras cien- 
tíficas de Aristóteles, se tradujeron del árabe al 
latín. Rogelio Bacon y Alberto Magno eran tan 
eruditos, que el clero les acusaba de tener rela- 
ciones con los Sarracenos. 

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