viernes, 21 de octubre de 2016

ULTIMA FUGA -Por Fred Gipson 1949





El viejo cimarrón cornilargo eludió por 15 años a sus perseguidores; y los burló, aun después de vencido

(Condensado de
«Rocky Mountain Empire Magazine »)
Por Fred Gipson
1949
Autor de, «Fabulous Empire, y «Hound-dog Man
PROMEDIABA la tarde cuando fue entrando en el corral el caballo del abuelo Branch, sin más arreos que la brida. Me asusté al verlo. ¿Qué le habría sucedido al abuelo? ¿Moriría en el monte, arrastrado por el animal? Corrí a ensillar para irme en su busca.
En esto se presentó él. Caminaba encorvado bajo el peso de la montura que traía a cuestas.
¡Pronto!—me gritó—¡Enlaza un caballo que esté descansado! Búscame una cincha y el lazo de cuerda apretada que compré ayer en el pueblo. Y tráeme el perro. ¡Pero apúrate!
Aunque mi curiosidad era muy grande comprendí que no estaba el abuelo para preguntas y me fui a hacer lo que me mandaba. Al volver con el sabueso—un perro con pintas de un negro azulado, muy diestro en cazar saínos y otros animales de monte—el abuelo estaba ya ensillando un roano de gran alzada.
—    ¿De qué se trata, abuelo?—le pregunté sin poder contenerme por más tiempo.
Tiró el viejo bruscamente del sombrero negro para hundírselo más en la cabeza y repuso:
—¡Ese condenado toro cimarrón ha vuelto a hacer de las suyas!
Luego me contó lo sucedido.
Yendo por los lados del río tropezó a cosa de dos kilómetros con el viejo cimarrón cornilargo que andaban persiguiendo desde hacía años todos los vaquéros de Las Nueces, sin que ninguno hubiera podido echarle encima el lazo o meterle una bala en el cuerpo. Logró él enlazarlo. Pero cuando el toro pegó la arrancada le reventó la cincha y lo hizo salir con montura y todo por las orejas del caballo. Naturalmente tuvo que largar el lazo. No hay vaquero que pueda aguantar una res desde una silla montada en el aire.
—Pero con el perro que lo rastree, y llevando él toro ese lazo que no le dejará correr mucho, le echaremos mano al ladino—concluyó diciéndome— ¡Ahora verán Pelly y su ralea si estoy yo muy viejo para vaquero!
Los Pelly, dueños de la hacienda colindante, habían sido buenos amigos del abuelo... hasta el día que a uno de los más jóvenes se le ocurrió pedirle que lo recibiera de mayordomo  diciéndole que con 75 años a cuestas no debía empeñarse en seguir lidiando con el ganado. Tanto le disgustó oír esto que desde entonces no miraba con buenos ojos a ningún Pelly.
MONTO EL ABUELO en el roano y salió a galope. Lo seguí, con Mayo, el .perro, a la zaga de mi caballo.
Mi emoción iba en aumento. Tenía yo 15 años y nunca me había tocado ayudar a perseguir una res alzada. Los vaqueros viejos contaban lances de los tiempos en que salían al monte en busca de novillos salvajes. Oyéndolos me parecía que aquello debía de ser el colmo de las aventuras. Pero las reses cornilargas y bravas habían ido desapareciendo: vendidas unas; cazadas a tiros otras; eliminadas todas, porque era menester acabar con la fiebre de la garrapata y hacer campo para el ganado de mejor casta. Que se supiera, la única que quedaba de aquellas reses era el toro en busca del cual íbamos ahora: un animal corpulento, de larga y encorvada cornamenta que medía más de metro y medio de pitón a pitón.
—Y no lleva esos cuernos por adorno—le había oído yo asegurar con el tono de un hombre que sabe muy bien lo que dice, al vaquero Jim Doughty.
Jim acorraló una vez a la fiera en la punta de un barranco. Pero lo único que consiguió fue que le matase a cornadas el caballo. Los vaqueros mexicanos hablan acabado por renunciar a perseguir ese toro: eran muchos los hombres y caballos que salieron mal librados de tales intentos.
El abuelo echó pie a tierra en un pequeño claro y llamó a Mayo. Inclinándose para señalar la huella de pezuñas de toro que se veían en la arena le dijo al perro:
¡Búscalo, Mayo! ¡Búscalo, valientel 
 Mayo olfateó las huellas un par. de veces y tomó el rastro. Resonaban sus ladridos claros y prolongados como un repique a través del matorral.
Montando de nuevo, el abuelo me miró con ojos relampagueantes de entusiasmo yme dijo:
— ¡Tente firme en la silla, muchacho, _que ahora empieza lo bueno!
Mayo rastreaba al principio despacio. A poco, sin embargo, tuvimos que poner los caballos al trote para seguir en la dirección que indicaban los ladridos. Me martilleaba la sangre en los oídos. Avanzábamos hacia la enmarañada espesura que formaban zarzales y arbustos. De repente oimos,latir. a Mayo con más violencia. Hubo un gran estrépito en el fondo de la espesura, por el lado opuesto de la cual salió disparado el toro, seguido por Mayo que ladraba furiosamente. El abuelo galopaba a sus alcances, abriéndose camino por donde no había ninguno.
Mi caballo siguió la trocha abierta por el del abuelo. Cegado por la maleza que me azotaba la cara, lleno de susto, cerré los ojos unos segundos. Luego una rama seca me pegó en la costillas sacándome de mi aturdimiento: no persigue uno reses cimarronas con los ojos cerrados... a menos que quiera dejarse los sesos hechos tortilla en un árbol del monte.
Huyendo de espesura en espesura el pícaro toro recorría kilómetros y kilómetros. Saltaba cercas de alambre de púas que el abuelo y yo teníamos que echar abajo para dar paso a nuestros caballos. Dos veces cruzó a nado el río. En más de seis ocasiones hubiéramos perdido la pista a no ser por Mayo.
Yo habría desistido con gusto de la caza a poco de empezada. Pero no había ni que pensar en que el abuelo consintiera en ello. Continué, pues, luchando con la maleza y siguiéndole los pasos.
Se ponía ya el sol cuando Mayo acorraló al toro contra unas encinas. Al vernos el animal atronó el aire con desafiantes bufidos. Sentí erizárseme el pelo bajo el sombrero.
Arremetió el toro en súbita embestida contra el abuelo, cuyo caballo, fatigado como estaba, apenas si alcanzó a apartarse de un salto para esquivar la cornada. Mientras esto ocurría, el jinete, con destreza igual a la que hubiera podido demostrar 50 años antes, hizo girar el lazo que lanzado de revés fue a caer sobre el testuz del cornilargo. De un tirón el abuelo cobró el lazo y sujetó rápidamente a la perilla de la montura la punta que tenía en la mano.
Lo que siguió a esto fue tan rápido que escasamente me di cuenta de ello. Vi al toro atirantar el lazo; al roano tambalearse e hincar ambas rodillas; al abuelo gritar y hacer esfuerzos por levantarlo. Lo había conseguido a medias cuando el toro embistió de nuevo.
Instintivamente metí espuelas, eché mano al lazo, lo tiré, acerté a sujetar el toro por las dos patas. Volví entonces el caballo, haciéndole describir una curva tan cerrada que levanté tierra con la punta de una de mis botas. De este modo aguanté al toro en el preciso momento en que iba a ensartar al abuelo. Ni ensayándolo mil veces lográria yo nunca repetir nada parecido.
El abuelo-acabó por fin de enderezar su caballo. Entre los dos tumbamos al toro: ese cornilargo cimarrón que había burlado por 15 añosa todos sus perseguidores: ¡el último de los cimarrones! Lo dejamos amarrado de las cuatro al pie de una encina. A la mañana volveríamos con un cabestro que se encargaría de guiarlo hasta el corral.
—El cabestro tardará un día o dos en llevarlo, pero lo llevará—dijo el abuelo—Y entonces quiero que esté allí Irv Pelly para ver la cara que pone.
AL OTRO DIA estaba yo en pie cuando los coyotes aullaban. presintiendo el alba. El abuelo se me había adelantado. Lo encontré en la cocina tomando su acostumbrado «desayuno mexicano» : una taza de café tinto y un cigarrillo. A  la amarillenta luz de la lámpara lo vi fruncir el tormentoso entrecejo como hombre al que domina una preocupación.
—Muchacho—me dijo—lo he estado pensando. Ese toro cornilargo es el último que queda de los que Cabeza de Vaca y otros españoles dejaron ir al monte
Me miró fijamente y prosiguió:
—    ¿Sabes tú cuánto hará de eso? ¡Nada menos que 400 años! Desde entonces ese ganado ha vivido en el monte, peleando con panteras, osos y lobos.
Sí, señor; eso mismo dice un libro que yo he leído—observé.
—¡Conque lo dice un libro!—estalló él—Mira, muchacho, yo sé lo que es ese ganado. Lo seguí desde el Río Grande hasta los territorios de indios en Montana. Vi cómo hacía nacer las ciudades de Dodge y de Abilene. Lo vi convertir a Texas en una región ganadera, y dar carne para alimentar a todo el país.
Guardó silencio mientras miraba fijamente los cuadros blancos y encarnados del mantel.
Y ya no hay una sola cabeza de ese ganado—rompió a decir luego—Los vaqueros y los caballos de aquellos tiempos se han ido. No quedan sino esqueletos y recuerdos.
Nunca había visto yo al abuelo tan exaltado. De súbito, levantándose del asiento:
—¡Qué caramba!—exclamó—¡Lo haré como lo pienso! ¡Sí, señor! Voy a soltar ese toro para que se vuelva al monte. ¡Ahí es donde debe vivir él!
—Pero, abuelo—dije yo que apenas podía creer lo que estaba oyendo—¿Cómo evitará usted que Irv Pelly... ?
—¡Irv Pelly! ¡Ese fanfarrón no es capaz de írsele a semejante toro ni con un lázo de cien metros de largo!
Dándome cuenta de que lo más prudente era cerrar el pico, me fui a ensillar los caballos.
Al entrar en el claro de las encinas divisamos al toro, tal como lo habíamos dejado—y más inmóvil de la cuenta, a lo que yo pude juzgar. El abuelo picó espuelas y se me adelantó. Cuando lo alcancé estaba contemplando en silencio al cornilargo.
¡Lo matamos!—dijo con voz ronca.
Parecía conmovido y noté que se había puesto pálido.
—¡No lo entiendo!—suspiró—Este toro había pasado por otras más duras que la de ayer. Y no lo lastimamos ni le rompimos ningún hueso al enlazarlo. ¡Cosa más rara...!
—Se moriría de rabia, abuelo—dije yo—He leído en los libros que hay animales salvajes que no pueden resistir verse cautivos y se echan a morir, como si dijéramos.
— ¿Crees tú que habrá sido eso:?—preguntó el abuelo con un temblorcillo en la voz. Iluminósele luego el semblante, se enderezó en la silla, y continuó—¡ Sí; eso mismo ha sido! ¡Se murió de intento, por chasquearnos! Tenía que escaparse de algún modo. Y parece que esta vez escapó para siempre... La última fuga—concluyó bajando la voz.

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