jueves, 10 de noviembre de 2016

ANDRÉS DUNN ENCUENTRA LA SALVACION EN CRISTO

Al leer, le sorprendió que no hallaba cosa alguna de las que siempre enseñaba el Padre Domingo, ni una sola palabra sobre el papa, de la misa, de la confesión, de la penitencia, la absolución, de los méritos de los santos, de días santos, de comer pescado, del rosario, etc.
«¿Qué?» clamó, «¿Por qué he oído y he sido enseñado toda la vida que todo eso es importante en la religión, cuando no puedo encontrar una sola palabra tocante a ellas en el Testamento?¿Sabrá esto el Padre Domingo, o le habrá dicho Dios al oído que su Palabra no es verdad? ¿O le habrá dado libertad de cambiarla o de añadir a ella?»
Andrés no encontraba nada de estas cosas en el Testamento, y en su lugar halló cosas de mucho más importancia. Fue afectado especialmente por textos tales como los siguientes: «Jesús dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos» «Sí,» se dijo, «esto lo entiendo. Si no fuéramos pecadores, no tendríamos necesidad de un Salvador» Otra vez: «No he venido,» dijo Jesús, «a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento» «¡Qué agradable! Yo soy pecador; Él vino a llamarme a mí, como también a otros» Otra vez: «Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo unigénito para que todo aquel que en él cree, no se pierda mas tenga vida eterna» (San Juan 3:16). «Sí,» exclamó Andrés con gran admiración, «¡esto es el amor verdadero! Que Dios enviara a Su Hijo con tal propósito» Pero al serenarse, exclamó: «¡Ay de mí! ¿Qué razón tengo yo de deleitarme con estas noticias? ¿Cómo puedo saber que esto me pertenece a mí?» Pasajes como los siguientes le herían hasta el alma: Los malos irán «al castigo eterno.»» (Mateo 25:46). «¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios?» (1 Corintios 6:9). Dios «pagará a cada uno conforme a sus obras.., tribulación y angustia sobre todo ser humano que hace lo malo» (Romanos 2:6,9). Cuando leía pasajes como estos se le caía el alma a los pies, pues sabía muy bien que él había sido un pecador, y que merecía que el Dios justo le castigara con destrucción eterna. «¡Miserable de mí!» clamaba, «¿quién me librará?» Durante varias semanas permaneció en tal condición de mente, o elevado con la esperanza o desanimado por el temor.
Su familia se despierta
Andrés tenía una esposa, un hijo y dos hijas. El hijo era de la edad de diez y ocho años y las hijas de diez y siete y quince. Fue imposible ocultarles completamente el estado de su mente, y frecuentemente le preguntaban la razón de su preocupación. Al principio respondía con una respuesta evasiva; pero al llegar a ser más inquisitivos e importunos, les dijo:
—Ay, mi querida esposa e hijos, la religión consiste de mucho más que cualquiera de nosotros hemos sabido. El Nuevo Testamento me dice que soy pecador, y eso es lo que me da esta inquietud.
Su esposa e hijos tenían en gran estima a Andrés. Al principio les pareció que estaba loco, y se asustaron; pero al ver que tenía el juicio cabal en todo otro aspecto, trataron de consolarle diciendo que por cierto era pecador, pero que era tan honrado como cualquiera de sus vecinos y bondadoso de corazón, y que nunca faltaba en cumplir sus deberes.
—Una falsa consolación me es ésta —dijo Andrés— y mala medicina para la conciencia herida. Si ustedes no tienen mejor consuelo para mí que eso, por favor tengan piedad de mí y no me hagan escuchar lo que sólo hace profundizarse más la herida. ¿Cómo me podré despojar de mis pecados?
—Mi querido esposo —dijo la esposa—, ve al Padre Domingo y confiésalo todo a él, y él te dará una absolución en un abrir y cerrar del ojo.
—¡Darme una absolución! —replicó Andrés con un suspiro—. Tal vez en los días de mi ignorancia, pero ahora necesito una absolución diferente. Dios es el único, mi querida, que puede perdonar los pecados; y el Padre Domingo no tiene más poder para perdonar pecados que tú o yo.
 Un día tomó el Testamento y leyó en el capítulo 15 de San Lucas. Al llegar al lugar donde el pobre hijo pródigo dice: «Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, ya no soy digno de ser llamado tu hijo,» se arrodilló, y aplicando el pasaje a sí mismo, clamó sinceramente a Dios, pidiendo perdón por medio de Jesucristo. Mirando luego en el Libro fue impresionado por estas palabras: «Lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó;» e inmediatamente recordó otro pasaje que había leído: «Y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado» ( 1 Juan 1:7). Su corazón fue quebrantado al recibir una vislumbre del amor de Dios al enviar a Su Hijo para salvar a pecadores, y como pecador confió en la misericordia de Dios por medio de Jesucristo, y al instante recibió un consuelo que nunca jamás había experimentado

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