jueves, 10 de noviembre de 2016

ANDRES DUNN ENCUENTRA LA VERDAD DEL EVANGELIO-

ANDRES DUNN ENCUENTRA LA VERDAD
 DEL EVANGELIO-
Por Tomás Kelly
Al momento Andrés fue desalentado, pero recobrándose el ánimo, dijo:
—Me atrevo a preguntar a Su Reverencia: ¿Cómo llegó usted a tener tal confianza de que la Iglesia no hace errores en tales asuntos? Pues Su Reverencia sabe que es razonable que uno tendría interés en un asunto que juega con tan grande pérdida o ganancia.
Con un gesto triunfante el Padre Domingo contestó: —Si estás tan dado a las preguntas, sabe, pues, que Jesucristo ha prometido estar con su Iglesia hasta el fin del mundo. Por esa razón es infalible, es decir, incapaz de errar.
—Eso sí es importante —exclamó Andrés—, y si Su Reverencia me aclarara este asunto, estaré tranquilo desde ahora y para siempre.
El Padre Domingo, ansioso de deshacerse de él fácilmente, le dijo que esta promesa de Jesucristo se encontraba en el último versículo del último capítulo del Evangelio según San Mateo, y teniendo la promesa por memoria, la repitió en latín para el provecho de Andrés.
—Todo esto —dijo Andrés— puede ser muy excelente y bueno, pues, no sé nada al contrario; pero, por favor, Su Reverencia, no entiendo ni una sola palabra de lo que usted dice.
—Esto bien lo sé —respondió el Padre Domingo—, nosotros tenemos el cuidado de, para el bienestar del rebaño, reservar el poder de explicar tales pasajes a él según la verdadera interpretación de cada uno impuesto por la Iglesia.
—Con sumisión —dijo Andrés—, ¿me quiere dar una explicación de estas palabras cuitas y excelentes'?
—Bueno, Andrés —contestó el Padre Domingo—, el significado de ellas es este: Jesucristo promete estar con cada concilio que ordenara el Papa hasta el fin del mundo; que tal concilio, siendo la Iglesia, será infalible, o sea, no será capaz de errar; y por consecuencia, todo aquel que se atreviera a disputar con sus decretos será castigado como hereje aquí, y el alma del tal será miserable por toda la eternidad.
—¿Podrá ser? —exclamó Andrés asombrado por lo que escuchó —¿que esa oración pequeña contenga todo eso?
—Sí, y mucho más —replicó—— si tuviera el tiempo de decírtelo. Con este pasaje podemos confundir a todo simulador religioso en el mundo; los deja sin palabra alguna.
Obtiene un Nuevo Testamento
Andrés había aprendido a leer y escribir cuando era muchacho, y como tenía buena memoria, todavía sabía leer tolerablemente. Antes trabajaba con frecuencia en la casa del propietario en la vecindad, y lo conocieron como trabajador valiente. La señora de este propietario era muy bondadosa para con los pobres alrededor de ella, y especialmente en las últimas dos épocas de contratiempos se ocupaba diligentemente en proveerles alimentos, de manera que salvó la vida de muchos que se hubieran muerto de hambre. Pero también recordaba que ellos tenían almas que serían salvas o perdidas; y mientras visitaba a los enfermos, ella les llamaba la atención a sus necesidades espirituales. En este tiempo empezó a comprar Testamentos para distribuir entre toda clase de pobres en la vecindad. Aun el mismo Padre Domingo tenía vergüenza de oponerse a este hecho de caridad que ella hacía, sin embargo, en realidad deseaba que ella guardara ese tipo de bondad para sí misma.
Un día cuando Andrés trillaba granos, esta señora bondadosa entró para preguntar a Andrés en cuanto a la salud de uno de sus hijos que había estado enfermo, a quien ella había visitado. Después de haber conversado un poco, ella le preguntó si tenía un Testamento en su casa.
—No, señora—contestó—, pero sí quisiera tener uno para leer y entenderlo.
 Inmediatamente ella sacó un Testamento y se lo presentó a Andrés. El guardó el Libro en su bolsillo hasta que terminara su trabajo y luego se encaminó rápidamente a su casa para leer una porción de él esa misma noche. De camino reflexionaba el valor del tesoro que tenía. «Este Libro,» se decía «contiene las palabras de Dios. Si yo poseyera un libro que me diera las instrucciones de cómo enriquecérsele, lo tendría en mucha estima, pero este Libro me enseña cómo ser rico para siempre. ¿Y por qué quisiera el Padre Domingo quitármelo? Venga lo que sea, estoy resuelto a leerlo, ayudándome Dios.»
Después de haber cenado con la familia, se retiró a su pequeño dormitorio. Esa noche leyó unos cuantos capítulos, con lo cual se alegró mucho. Así hizo todas las noches hasta que lo había leído todo.
Al leer, le sorprendió que no hallaba cosa alguna de las que siempre enseñaba el Padre Domingo, ni una sola palabra sobre el papa, de la misa, de la confesión, de la penitencia, la absolución, de los méritos de los santos, de días santos, de comer pescado, del rosario, etc.

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