martes, 1 de noviembre de 2016

ARBENZ Y YO Por CARLOS MANUEL PELLECER- DON JACOBO ARBENZ- SUIZO- 17-20

ARBENZ Y YO
Por CARLOS MANUEL PELLECER 17-20

Vestido se tendió en la cama y con un cigarrillo entre los labios trajo en la plenitud la imagen de don Jacobo Arbenz, el suizo, farmacéutico, venido a Quetzaltenango a principios del siglo. Instaló su negocio en las calles céntricas de la ciudad y además del magnífico surtido de medicamentos que atrajo a la población, fue asimismo un enjambre que reunía a los extranjeros de la comarca. Finqueros, industriales, banqueros, profesionales, artistas, inventores y forasteros, se sometían inexorablemente al círculo de amistades del señor Arbenz. Pocos anos después de su arribo se casó con doña Octavia, heredera, con varios de sus hermanos, de una pequeña y mal cuidada finca en Itirisdicción de Sololá.
Desgraciadamente, don Jacobo comenzó a padecer de una ulcera duodenal que lo hacía sufrir hasta la locura y para cuyo remedio, el viejo Arbenz no encontró nada mejor que aplicarse inyecciones de morfina y, sin escape, habría de hacerse adicto a tal droga, cuyo efecto le ahorraba sufrimiento además de provocarle encantadoras lucidez y actividad mentales. Nada le era tan fácil teniendo la morfina a la mano en la farmacia, de manera que se la aplicó cuantas veces quiso en su vida, sin molestar a nadie más que a él mismo.
1 Versión de don Willi Debrot, casado con una prima de mi madre, holandés de nacionalidad, agente viajero de la productora farmacéutica estadounidense. Park Davis,  por oficio y por europeo, gran amigo de don Jacobo Arbenz.
La adicción del señor Arbenz a ninguno importaba en la ciudad, hasta el día en que su hijo Jacobo, adolescente, propuso al grupo de sus amigos, más o menos con su misma edad:
—¿Droguémonos muchá? Yo saco la morfina de la farmacia y veremos los efectos que nos produce una borrachera con esa droga. ¿Qué les parece?
Sus amigos —niños y adolescentes— que ese día acompañaban a Jacobo con sus 18 años, se disponían a asistir a un encuentro de fútbol, en el estadio. Entre ellos se hallaban los Aguilar, los Pacheco, los Marroquín, los Porras, todos estudiantes del colegio de doña María Bennet de Rolz y no prestaron importancia a la tonta propuesta, dicha con la más vana ligereza, mera fanfarronada de adolescencia. Dejaron que las palabras las llevara el viento ondulando los trigales, más allá de los verdes pinos que cubren las lejanas lomas. El encuentro de fútbol les interesaba sobremanera. Cuando el juego empezó, desde ese momento muy reñido, armaron gran alboroto apoyando a los locales. Mas después de un rato, varios de los fanáticos del equipo visitante, atacaron furiosos a los gritones que aclamaban a los chivos porque habían metido dos goles. Tras el primer encuentro, riña y desconcierto, Jacobo estaba solo, poniendo a los intrusos en orden a puro puñetazo y mereció aplausos de buena parte del público.
Pero no faltó quien fuera con el chisme sobre la propuesta del muchacho, a su respectiva casa a la hora el almuerzo. Y después del mismo domingo, doña María de Rolz, directora de los hijos de "excelentes familias", incluyendo los suyos, Friedel y Pepe, encabezó la cruzada -como nos contaba Jacobo riendo-contra el peligro que significaba "el guapo Canche, hijo del suizo" como dijeron los señorones burgueses. "Libre en las calles, es verdadero peligro -insistió la señora maestra- porque a ese muchacho lo siguen los patojos y hasta las muchachitas se agitan, gritando como gallinas, cuando él se deja ver por ellas". De manera que poniendo la cara más adusta y compungida que alguno pueda imaginar, los padres de familia visitaron a don Jacobo, para que despachara a su hijo a la capital, "a algún cuartel donde lo corrijan » y pensando que debían pagar por ello, pues la farmacia estaba en decadencia, como en efecto, expresaron la mejor disposición en suministrar los costos que el viaje y la estadía pudieran ocasionar.
El viejo rechazó indignado el vil ofrecimiento, pero, como acababa de inyectarse una dosis de morfina, reaccionó con gran serenidad, asegurando que el caso se arreglaría. Vio con placer que las visitas se largaran. Sólo entonces, hizo llamar a su hijo Jacobo. Cuando éste estuvo cerca de él, se percató de que su padre estaba llorando.
—¿Qué te pasa papá? ¿Quién te hizo daño? Nunca te he visto así... ¿Qué te hicieron?
—Es el olor a materias fecales que me hace llorar los ojos — repuso, quien jamás dijo una palabra inadecuada. Se calló un buen momento apretando los hombros del muchacho, antes de preguntar —¿Cómo te sientes para irte a la Escuela Politécnica donde siempre has querido estar? —Y como el hijo dijera que estaba bien, añadió:
—Entonces termina tu cuarto de secundaria. Te vas a la capital expresamente a preparar tu examen de admisión. Tú no nw puedes fallar. Vas a ser el mejor y a vencer todos los obstáculos que se te presenten.
—Eso te lo prometo papá... —afirmó el otro a punto de sollozar.
—Entre tanto, te ruego alejarte de todos esos muchachitos: que desean ser tus amigos. La soledad es la mejor compañera.
Continuaron conversando un par de horas. Jacobo, el pequeño, sabía cuan profunda y noble era el alma de su padre. Este, sufriente y frustrado sin dejarse vencer. Voluntario en el ejército francés, se negó a masacrar poblaciones árabes para conquistarlas y hubo de dejar las filas. Vuelto a Suiza, el padre, abuelo de Jacobo, suicidose, dejando una pequeña fortuna a los hijos. Uno de ellos se dedicó al comercio, don Jacobo no pudo hacerse médico y optó por aprender farmacia empíricamente. Mas intolerante a la gazmoñería de la sociedad suiza, buscó la manera de viajar a un país pobre donde pudiese ser útil, y, sin saber por qué, eligió Guatemala. Abrió la farmacia que le daba oportunidad para servir a los indios enfermos, sobre todo en las épocas de epidemia o de tifus, endémico en el altiplano. Bastante numerosa fue su clientela. Pudo multiplicar su capital. Se hizo rico y por lo mismo respetable, pero la maldita úlcera dio por hacerle imposible la vida. No podía comer ni dormir. Debía inyectarse él mismo el remedio salvador. Jacobo hijo, lo sabía, pues a veces acompañaba a su padre consolándolo, como nos contara Debrot. En aquella ocasión, el hijo no pudo menos de reconocer cuan profundo era el dolor del padre, y para colmo, cuando buscaba la alegría de servir a sus semejantes. "No pretendo fundar un hospital. Me basta prestar ayuda a los pobres indios, para que vivan mejor. Hijo, no hay más bello atributo en el alma del hombre que hacer un poco de justicia y caridad. Lo demás es vano

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