martes, 1 de noviembre de 2016

Capítulo 9 AMOR O PASION

12 relatos selectos
Compilados y traducidos por Richard E. del Cristo E.
Edición original:
© 2003 Literatura Monte Sion

Capítulo 9
Amor o pasión
Con tristeza, Catalina se levanta del sofá y pone su Biblia en el estante que está al lado de ella. Todo esfuerzo por leer le es en vano. Ella se queda meditando por un momento y piensa en cuán agradable es la comodidad del lugar donde planea pasar la tarde. ¡Cuán opuesto es a la temperatura de afuera! Todo está muy mojado y el lodo espera al primer valiente. El aire cortante sacude las últimas gotas de la lluvia que posan en los árboles, haciéndolas estrellarse en la casa y en toda hendidura disponible.
Catalina empieza a tiritar al pensar en cómo Luís tiene que viajar esos quince kilómetros en esta tarde tan lluviosa y fría. Hoy... ella tendría que decirle. Será difícil y hasta decepcionante, y sin duda alguna Luís se sentirá muy herido, tal vez enojado, pero la conciencia de ella no le permite más dilación. Eso le está robando a ella todo el sueño y la mantiene con una constante sensación de culpabilidad. Esa decisión que ella ha tomado es el resultado de largas semanas de inquietud y ella está completamente decidida a compartirla con él. Ya es hora de ella ponerle fin a todo este asunto, sin importar cuán difícil pruebe ser.
Catalina le echa un vistazo al reloj en la esquina... y luego sus ojos vagan sin rumbo alguno por la ventana. Ahora su corazón da un salto de ansiedad. Las brillantes luces delanteras del VW de Luís se reflejan de un lado de la casa, haciendo destacar el inmenso árbol de mango teñido de amarillo por las flores. Poco después, las luces son apagadas.
Enseguida, Catalina va y le añade leña a la estufa. Después de orar una breve oración pidiendo guía... ella abre la puerta.
—¡Buenas tardes, Katy! —la saluda Luís. Con esto sale de su boca una ráfaga de aire frío.
—¡Buenas tardes, Luís! —responde Catalina.
Puesta que ya han sido novios por un año  y que se han citándo con frecuencia, se sobreentiende que la formalidad ya es cosa del pasado.
Ahora Luís se quita su pesada chaqueta y se la pasa a ella.
—¿Puedes colgarla? Yo estoy casi congelado —entonces él se dirige hacia la estufa, dándole a Catalina la espalda, mientras se calienta las manos.
 —El camino está casi intransitable y el termómetro acaba de dar un descenso —dice él, tiritando desde la estufa —. ¡Cuánto me alegro de poder tener mi nuevo parabrisa! Tú no lo has visto, ¿verdad?
—No —Catalina cuelga la chaqueta y el sombrero en la percha de la esquina. Ahora sus manos tiemblan un poco y un inaudible suspiro se le escapa de sus labios. ¿Cómo se hará ella para hacerlo?
—Y bien, ¿cuáles son las nuevas? —pregunta él al sentarse al lado de ella en el sofá—. ¿Cómo te fue mientras cuidabas a tus sobrinitos gemelos? ¿Están ellos bien?
Durante esa pequeña conversación, Catalina habla con naturaleza y facilidad. Ella esconde la idea del asunto pendiente en lo más recóndito de su mente y se concentra del todo en lo que Luís está diciendo. Es tan confortante el hecho de estar sentada al lado de él y escuchar su voz una vez más.
Luís continúa con su conversación, aunque ella tan sólo contesta sus preguntas y no añade mucho en los intercambios. El reloj da la hora varias veces, pero parece que ellos ni cuenta se dan del hecho. Ambos permanecen muy absortos en su conversación. Catalina se pregunta si Luís no nota nada diferente en ella. Aunque si él ha notado algo, aún no lo ha dado a demostrar. Varias veces, él se acerca a ella, pero ella siempre halla una excusa para ponerse de pie al instante y cada vez que regresa, se sienta un poco retirada. Ella sabe que lo único que está haciendo es dejándolo para después. Pero, tarde o temprano, ella tendrá que decirle lo que ha decidido.
Luís saca su reloj y mira la hora. Cuando él levanta la cabeza, Catalina cambia la vista. La manera interrogativa de la mirada de él es infalible:
—Katy —dice él, mientras sus ojos examinan el rostro de ella—, ¿qué sucede? ¿Por qué me tratas con tanta frialdad hoy?
¡Esta es su oportunidad! Ella lo sabe. Luís espera. Ella debe decírselo antes de perder toda la fe. Pero ahora se le hace un nudo en la garganta. Sería más fácil mantener las paces una vez más. Luís está muy cansado hoy y ella también. ¿Cómo podría ella hacerle eso después de él haber viajado esos quince kilómetros tan fríos?
Ella toca el pliegue de su vestido con una emoción desgarradora. Luís sigue esperando... perplejo, pero tanto paciente como amablemente. Ella lo ama, ¡oh, cuánto lo ama! De repente, ella se endereza. ¿Acaso no es esa una de las razones por la cual ella decidió decirle lo que tiene que decirle? El amor nunca debe resguardar algo que sea dudoso.
Ella toma un lapicero que se halla en la mesa, para calmar el nerviosismo de sus manos.
—Luís, yo... yo... —entonces ella se detiene. ¿Cómo podría ella expresarle sus preocupaciones de modo que él entienda?
—Sí, continúa —le dice él.
—Es que yo siento culpa a causa de la manera en que nosotros estamos conduciendo nuestro noviazgo.
Luís se pone de pie de un sobresalto:
—¡¿Que tú qué?!
—Eso mismo, Luís. Me he sentido culpable... y completamente miserable... Yo esperaba que, o sea, yo pensaba que quizá tú estarías de acuerdo y de esa manera nosotros podríamos conducir nuestro noviazgo de un modo diferente, de ahora en adelante.
Él se queda mirándola como si ella lo hubiese golpeado.
—¡No, Luís, por favor! No me malentiendas —ahora ella levanta una mano en objeción—, no me la pongas tan difícil.
Ella lo mira con ojos de súplica.
—¿A qué te refieres? —dice él huecamente—. ¿De qué tienes que estar sintiéndote culpable? Bien sabes que no estamos haciendo nada malo.
—Luís, tú sabes a qué me refiero —ahora ella siente su cabeza ligera. Ella tiene que hacerlo entender. Pero, ¿y qué si no pudiera? ¿Y qué si...?
—No, no sé a qué te refieres —dice él, su voz sonando un tanto lacónica—. Dime, ¿de qué tienes que estar sintiéndote culpable? ¡Di algo que hayamos hecho que sea malo!
Catalina se siente un tanto aturdida. Ella sabe que debe controlarse. Ella pensaba que Luís entendería, pero ahora parece que él no quiere. Él simplemente está dificultándoselo a ella. Pero de una u otra manera ella halla una fuerza que antes no poseía. Si a él no le da pena preguntar, tampoco a ella le apenaría poner su preocupación en palabras.
—Tú sabes a qué me refiero —dice ella tanto suave como firmemente—. Ese asunto de estarse dando besos y abrazos y cosas así. ¡De las caricias!
Luís respira profundamente y con brusquedad aleja su vista del rostro de ella.
—¡Pero todos los otros lo hacen también! ¿Por qué sería malo hacerlo, aunque no nos vayamos muy lejos?
Catalina respira profundamente, lo cual termina en un suspiro.
—Al principio, cuando me uní al grupo de los jóvenes —comienza ella—, yo quedé tanto sorprendida como decepcionada por sus conductas en el noviazgo. Recuerdo que al inicio yo lo consideraba ser ridículo y nunca pensé hacer tal cosa yo misma. Pero, según pasaba el tiempo, me fui acostumbrando al asunto. Todas mis amigas estaban tan embulladas por su noviazgo, y tengo que admitir que yo también me puse ansiosa —ahora ella pausa brevemente—. Entonces, cuando tú llegaste, yo...
La voz de la muchacha baja tanto... que apenas se escucha, mientras sus ojos buscan los de él, rogando comprensión de su parte.
Luís cambia de vista, pero sólo por un momento.
—¡Prosigue!
Ella prosigue, pero con dificultad:
—Bueno, yo me sentí culpable desde el principio. Pero no quería ni soñar con tener que dejarlo. Así es que seguí disfrutando la satisfacción de mi ego hasta que mi conciencia me quitó el sueño. Entonces... determiné buscar una respuesta. Estudié larga y detenidamente versículo tras versículo en búsqueda de algo que justificara nuestra conducta en el noviazgo. Y, Luís... yo no pude hallar ni una sola oración en defensa nuestra.
Luís se queda callado. Catalina se cambia de lugar con ligereza, entonces continúa:
—Aunque sí hallé otra cosa. Hallé que en ningún lugar la Biblia nos permite seguir las pasiones carnales. Al contrario, nos enseña a abstenernos de toda especie de mal y a que seamos luces en este mundo. ¿Acaso seríamos luces si alguien nos sorprendiera? ¿Podríamos culparlos si creyeran que estamos en fornicación...?
Ella hace una pausa esperando una respuesta favorable de parte de él.
—Bueno, pero nosotros no lo estamos —dice él llanamente.
—No lo estamos —continúa Catalina—, pero tú sabes que sólo estamos siguiendo nuestros deseos carnales hasta cierto grado. ¿Acaso no es ese el pecado de sensualidad o como la Biblia lo llama, concupiscencia?
—¡Un momento, Catalina! No exageres —demanda él—. ¡Tú quieres dejar dicho que mi interés en ti no es sino para satisfacer mis deseos carnales? ¡Entonces el amor no entra en el cuadro!
—Claro que sí, Luís —ahora ella se levanta repentinamente y se dirige hacia la ventana. Las lágrimas se le asoman a los ojos, pero ella no quiere que Luís lo sepa. Ella se queda mirando a lo lejos de forma pensativa.
—¿Qué esperas que yo haga? —persiste Luís—. ¿Que yo viaje quince kilómetros para venir hasta aquí a meterme las manos en los bolsillos y a conversar por dos horas? ¡Ese no es el concepto que yo tengo de amar a una persona!
Catalina escucha en silencio. Entonces las lágrimas que estaban asomadas por toda la tarde salen a tropel. Esas son lágrimas de amor, tristeza, desesperación y de largas semanas de noches de insomnio. No es sino en vano que ella trata de controlarlas, deseando que Luís no las note.
Luís se queda en silencio por un momento. Catalina se pregunta si es que él está pensativo o si es que él ha notado que ella está llorando. Ahora él se levanta de su asiento. Parece que ha notado las lágrimas de su novia y se dirige hacia ella. Él levanta sus brazos como para abrazarla, pero se detiene y se queda parado cobardemente al lado de ella. Entonces, él le pasa un pañuelo blanco.
—¡Perdóname, Katy! —le dice amablemente.
¡Katy! ¡No es sino en ocasiones muy especiales que él la llama así! Y ello siempre ha tenido un efecto conmovedor en ella, pero hoy, casi le arranca el corazón. Cierto instinto le informa lo que está por suceder.
Luís vuelve a hablarle:
—No pensaba hacerte llorar. Eso sería lo último que yo te haga... —ahora él hace una pausa, esperando que ella recobre el control—. Estás muy cansada. Esos gemelos están acabando contigo. Tú has estado pensando en nuestro problema por demasiado tiempo. Deja de estar pensando en eso y hazme caso. No hay problema en lo que te digo. ¿De acuerdo? —entonces su voz sonó más calmada, amable y de forma persuasiva.
Catalina se lleva el pañuelo a los ojos por última vez. Un auto pasa lentamente por la carretera pero sus luces apenas penetran la espesa manta de neblina. Ella observa cuán  lentamente el auto desaparece de su vista. El viento golpea el vidrio de la ventana. Catalina tiembla.
De una manera u otra ella encuentra el valor para tratar de explicarle una vez más:
—Luís, cuando yo hice mención del pecado de la sensualidad no quise dejar dicho que tú estés usándome para simplemente satisfacer tus propios deseos. Ese podría ser el caso en algunas situaciones, pero, por favor, créeme que de ninguna manera dudo de tu sinceridad.
Ella escucha a Luís tragar. Él se ve nervioso, pero ella prosigue hablando.
—Por favor, Luís, entiende que no te estoy acusando de nada, aunque yo hable de esa forma —dice ella—. Yo sólo estoy tratando de decirte porqué creo que es malo, según las normas bíblicas, acariciarse durante el noviazgo. Por favor, entiende que yo no puedo seguir como hemos estado. Sería ir en contra de mis convicciones, y, además, no creo que ni nuestro noviazgo ni nuestro matrimonio ─después del noviazgo─ puedan ser bendecidos, si nos entregamos a algo que sea tan claramente prohibido fuera del matrimonio.
Esas palabras hieren a Luís.
—¡Entonces, ¿no aceptas?! —pregunta él con insistencia en el tono de su voz—. Mírame, Catalina.
Ahora ella se estremece con la formalidad que él usa al pronunciar su nombre. Entonces él sigue hablando:
—¿Por qué piensas que sea tan malo? Tú dices que la Biblia lo prohíbe, pero estoy seguro que no puedes hallar ni un solo versículo que lo demuestre, ¿no es así? Además, por ese medio hemos llegado a conocernos mejor, ¿no es cierto?
—Quizás —admite ella—. Pero por esa misma razón, ¿por qué no llegar a conocernos aún mejor, haciendo lo que es correcto? —ella traga dos veces—. Luís, nosotros sabemos que eso es malo y, por lo tanto, debemos abstenernos de todo lo que lleve a tal dirección.
—Pero tú bien sabes que todo el mundo lo hace.
—Eso no nos da el derecho a hacerlo nosotros también —le dice Catalina rápidamente—. Además, no debemos estar comparándonos con otros. Nuestra única guía debe ser la Biblia.
El reflejo de la luz parpadea, lanzando sombras intermitentes en el sombrío rostro de Luís. Él se queda allí parado, con las manos asidas atrás, meditando profundamente en este día tan taciturno. Catalina sube un poco más la mecha de la lámpara para que deje de parpadear, entonces, con viva fuerza, continúa diciendo:
—Yo sé que no puedo encontrar un versículo que lo explique en esas mismas palabras, pero sí hay un sinnúmero de ellos que se refieren al tema.
Luís se vuelve menos cordial y, con el rabillo de su ojo, ella lo ve girarse un poco. Catalina acaba de perderlo y muy bien lo sabe. El corazón de ella palpita violentamente, pero ella prosigue con calma, con la esperanza de que, algún día, él recuerde estas palabras:
—Como te acabo de decir, debemos abstenernos de toda especie de mal. Lo que hemos estado haciendo alimenta a los deseos de la carne y no es un testimonio de que somos la luz del mundo. Además, esas cosas van en contra del mandamiento de amarnos el uno al otro.
Luís se voltea brúscamente y le dice:
—¿Puedes hacer el favor de explicarme eso? —pregunta él lacónicamente—. A opinión mía, tú estás haciendo exactamente lo contrario.
—El principal mandamiento en la Biblia es amar a Dios —dice Catalina pensativamente—. Cuando nosotros Lo desobedecemos, nos alejamos de Su amor. Ese es uno de los ángulos del amor verdadero. El otro ángulo se refiere a nosotros.
Ella lo mira, y, en tono de súplica, prosigue explicándole:
—Luís, por favor, entiende —le ruega ella—. Cuando yo estoy muy cerca de ti, cuando mi cuerpo está muy cerca del tuyo, yo te hago la víctima de pensamientos indecentes. Yo creo en ti un deseo de pecar. Yo bajo tu moral y pruebo rigurosamente tus fuerzas. ¡Oh, Luís, yo podría seguir diciéndote más! No puedes negarlo. Eso no es el amor verdadero. El amor indemniza mil y una cosas, pero no tolera pecado. El amor produce mutuo respeto. El amor procura la felicidad del otro. El verdadero amor nos hace sentirnos limpios y puros.
—Lo siento, pero no te entiendo —entonces... lentamente... Luís se abotona su abrigo... y toma su sombrero de la percha. Luego, deteniéndose a la puerta, y con voz ronca, dice:
—Detesto tener que terminar este noviazgo, Katy, pero... —él traga dos veces, evitando los ojos de ella —no hallo manera de ver las cosas del mismo punto de vista tuyo. Quizá pueda, algún día, pero por ahora... ¡adiós!
Catalina hace un esfuerzo para calmarse:
—Adiós, Luís. ¡Que Dios te bendiga!
Él abre la puerta y sale olfateando sus botas con el foco. Entonces, la puerta se cierra con un golpecito seco y él desaparece.
¡Desaparece! ¡Él se ha ido!
Ella no puede ni siquiera creerlo. Todo es increíble, remoto y hasta el hecho de decirlo lo hace conmovedoramente cruel. Moviéndose muy lentamente, Catalina apaga la luz y comienza a subir los escalones. Cayendo sobre su rodilla, ella da rienda suelta a su pesar. Ella se queda arrodillada allí por largo tiempo.
No es sino cuando escucha el reloj sonar dos veces que ella se desliza por entre las sábanas. Pero aún así el sueño no quiere venir. Ella se retuerce, da vueltas y hasta se sacude en la cama. Catalina llora por un amor perdido que sólo Dios puede recuperar.
***
—¡Catalina, Catalina! Ya es hora de levantarse. —La voz de su madre penetra la mente aturdida y todo soñolienta de Catalina. Echando hacia atrás la sábana y poniéndose las zapatillas, Catalina casi tropieza por su prisa. ¿Por qué la alarma no la despertó? ¿Por qué le duele tanto la cabeza?
De un pronto, los eventos de la noche pasada inundan su mente dando un encontronazo con el pensamiento del desayuno calientito que le espera. Pero todo lo agradable desaparece en un momento. El día de hoy se asoma con una longitud intolerable.
Catalina se viste rápidamente y desciende los escalones. Ya sus padres están sentados, esperando por ella. Tomando su lugar a la mesa, ella hace un esfuerzo por comer mientras, con poco entusiasmo, escucha sus instrucciones.
—Catalina, que no se te olvide buscar la tela para el vestido esta mañana. Ana podría necesitarla esta semana —le recuerda su madre.
—Dile a Juan que llame un veterinario antes de que se le muera la vaca —le dice su padre con toda naturalidad—. Con esos gemelos pronto necesitarán mucha leche.
Catalina se queda observando mientras su padre se aventura al mundo de afuera. Él toma una pala y empieza a limpiar el camino. El lodo cae pesadamente en ambos lados.
—Catalina, ¿estabas llorando? —la voz de su madre la saca repentinamente de su ensueño.
—Sí, mami —Catalina menea una y otra vez el poco de té que le queda en el fondo de la taza—. Luís no tiene planes de volver.
—¡¿Que qué?!
—Yo le dije que toda clase de caricia es mala durante el noviazgo, y él ‘me dio el zapato’, como dicen por ahí.
Catalina ha aprendido que no vale la pena andársele por las ramas a su madre ya que normalmente ella presiente cualquier trazo de lágrima y no queda satisfecha sino con una explicación detallada. Catalina sabía que la noticia causaría una explosión, pero el posponerlo no beneficiaría a nadie.
A su madre casi se le cae el tenedor que tiene en la mano:
—¡Catalina, Catalina! —jadea ella—. ¡Pero bueno! ¿Y de dónde tú sacas esas ideas?
—Escucha, mami —dice Catalina levantándose de su silla y llevando la taza al fregadero de la cocina—. Juan viene a buscarme en cualquier momento y ni siquiera me he peinado.
Ahora ella empieza a quitarse las horquillas de su largo cabello negro y a hablarle a su madre al mismo tiempo:
—Lo que sucede es que yo no creo que sea correcto que las personas solteras tengan contacto físico, ya que la Biblia tan claramente prohíbe la lascivia. Si quieres, yo podría explicártelo con más detalle, pero no en esta mañana.
—Eso es completamente ridículo, Catalina, romper un noviazgo por tal cosita —ahora su madre sigue apilando los trastes mientras, lentamente, llena el fregadero con agua.
—Mami, yo no lo veo como una simple cosita —la voz de Catalina suena abatida, pero decidida—. ¡Por favor, no me la pongas tan difícil para salir! Ya Juan está aquí esperándome.
***
Cuando Catalina entra a la cocina de su hermana es saludada por un coro de gritos infantiles. Entonces Ana sale de la habitación, y en ambos brazos tiene a un niño de ocho semanas. Su cabello está todo despeinado y las ojeras, debajo de sus ojos, son testigos de una noche sin dormir. Cuando ella ve a Catalina, su rostro brilla de alegría:
—¡Qué bueno que llegaste! —le dice Ana a Catalina, mientras coloca a uno de los gemelos en una sillita y se deja caer en otra silla con el otro niño.
—¿Y es que ellos no durmieron anoche? —le dice Catalina, mientras levanta al bullicioso niño de su asiento y escoge un pañal del montón en el gavetero.
Ana suspira:
—No, no durmieron nada —dice ella débilmente—. Pásame un pañal a mí también, por favor.
Entonces Catalina empieza a cambiar al bebé que ella tiene. Luego Ana le dice:
—Cuando termines ahí, Catalina, ¿puedes chequear el agua de lavar, por favor? Juan vendrá pronto a encender la máquina.
Ahora Catalina mira hacia el establo con la preocupación de que Juan venga. Y como en respuesta a lo que se había dicho, la puerta se abre y Juan entra. Él coloca una cubeta de leche espumosa en el lavamanos, y a la vez golpea un vaso, el cual cae al agua. Enseguida, los cristales de la ventana, frente al lavamanos, son salpicados con espumas de jabón. Aparentemente él no lo nota.
—¿Todavía tú no has llenado la lavadora? —pregunta él impacientemente.
Ana le contesta a su esposo:
—No, Juan, todavía no lo he hecho. Aún el agua no estaba lo suficientemente caliente.
—¡Esta es la segunda vez que esto sucede! —Juan explota—. Yo no puedo pasarme el día entero de acá para allá esperando que tú calientes el agua para yo poder encender la máquina.
—¡Lo siento mucho! —suspira Ana—. Los gemelos estaban llorando tanto que no tuve tiempo.
—¿Por qué tú dejas que esos hijos tuyos te atrasen tanto? —se queja Juan—. ¡Mételos en la cama y déjalos que griten!
—Recuerda que también son tuyos —Ana le recuerda pacientemente.
Juan está furioso. Casi parece como que él quiere pegarle a Ana o a los niños. Pero en lugar de hacer eso él sale con paso airado, dando a la vez un portazo.
A Catalina le da pena por causa de Ana. Con razón ella tenía esas ojeras esta mañana. Cuidar a los mellizos, más la ingratitud de Juan, agotaría la energía de cualquier persona. Por ahora, la reciente angustia de Catalina se desvanece al ella contemplar las pruebas de otros.
***
Catalina echa un suspiro. Ya la tarde casi ha pasado y ella todavía está planchando. Ella coloca la plancha en un lugar y luego le pone una percha a una camisa. Pero le falta un botón a la misma. Juan debió haber estado deprisa.
—¿Estás cansada? —le pregunta Ana. Los mellizos están durmiendo y ella está doblando la ropa de todos—. ¿Por qué no dejas eso para mañana? No hay necesidad de estar matándote tanto.
—Yo no estoy cansada —responde Catalina—. Sólo un poquito... —su oración queda colgando en el aire.
Ana la mira con una mirada de interrogación.
—Catalina, ¿te pasó algo fuera de lo normal anoche? Te veo tan callada.
—¿De veras? —le dice Catalina, mientras comienza con otra camisa. ¿Debería ella contarle a Ana? ¿Acaso Ana no tiene suficientes problemas?
—¡Cuéntame! —la anima Ana—. Te prometo que no se lo voy a decir a nadie.
—Está bien... —ahora Catalina siente las lágrimas asomársele a los ojos. Antes de continuar, ella se saca un pañuelo de un bolsillo y se sacude las narices.
Ana escucha con un silencio ininterrumpido hasta que Catalina termina de hablar. Entonces, con gran emoción ella le contesta:
—Catalina, no dejes que de ninguna manera nadie te convenza de que hayas hecho lo incorrecto, porque yo sé muy bien que tú hiciste lo correcto.
Ahora Ana echa un vistazo hacia la granja y baja la voz para decirle:
—Permíteme decirte algo que yo nunca pensaba decirle a nadie. Pero yo creo que me es un deber decírtelo, ya que te puede ser de gran ayuda. Por supuesto, ya has visto que mi matrimonio no es lo que en verdad debería ser. Antes de casarnos, nuestro mutuo amor parecía ser tan grande, pero ahora todo es tan diferente. Mucha de la culpa de todo esto comenzó en el noviazgo. Nosotros pensábamos que nos amábamos tanto... Pero yo creo que confundimos la pasión con el amor.
La voz de Ana revela tanto una profunda tristeza como una gran culpabilidad. Ahora ella le sigue contando a la joven Catalina:
—Yo no fui tan sabia como tú, Catalina. De otro modo yo hubiera sabido que la emoción pasajera de estar cerca de él no garantiza el amor. Eso no puede ser amor verdadero, y si lo es, ¿por qué ha desaparecido de nuestro matrimonio? Catalina, dale gracias a Dios que has probado el amor de Luís antes de que sea demasiado tarde. Si él verdaderamente te ama, entonces reconocerá que tú le eres de más valor que la emoción que tu cuerpo le produce. Si él llega a reconocer eso, entonces él regresará y sólo así podrá el Señor bendecir tu matrimonio de modo que no les pase como al mío. Por otra parte, si él sólo te quería con malas intenciones, entonces no regresará, pues, eso él puede obtenerlo en cualquier otro lugar. Él puede decir y aun pensar que te ama muchísimo, pero esto será prueba suficiente. Catalina, tú debes estar contenta por la posición que has tomado. Y ten por cierto que yo te deseo lo mejor.
Catalina se queda admirada de su hermana.
—Gracias, mi amada hermana, y espero que algún día Juan llegue a amarte y que el matrimonio de ustedes todavía llegue a ser bendecido.
***
Pasa el invierno, llega la primavera, luego el verano y ahora aparece el otoño. Catalina sigue muy ocupada ayudándole a su hermana, pero raras veces falta a las reuniones juveniles. Al cabo de un mes y medio de haber terminado su relación con su novio, una amiga le dice a Catalina que Luís tiene otra novia. Catalina llora por varias noches, aunque cuando piensa en el matrimonio fracasado de su hermana, entonces se tranquiliza. Pero, aún así, el dolor continúa.
Pasó un tiempo y alguien le dijo a Catalina que Luís había  dejado de noviar con la muchacha que tenía. Con esa noticia, Catalina recobra sus ánimos, pero luego se dice a sí misma:
“Déjate de disparates. Olvídate de que Luís existe.”
Aún así, Catalina siente un deseo mucho más fuerte de asistir a las reuniones juveniles que el que hace tiempo tenía. Sin embargo, en una hermosa tarde de otoño, ella decide faltar a la reunión juvenil y simplemente quedarse con Ana. No obstante, un hermano de la iglesia pasa por la casa de Ana y al ver a Catalina se ofrece para llevarla a la reunión de los jóvenes. Ana insiste que ella debía ir a la reunión de los jóvenes. Entonces Catalina se cambia de ropa y va a la reunión. Cuando la reunión termina y ya Catalina está en el corredor, alistándose para irse, ella escucha a alguien decir en voz baja:
—¡Katy!
Catalina da media vuelta, con su corazón latiendo rápidamente. ¡Sólo hay una persona que la llamaba así!
—¿Puedo hablarte por unos minutos? —su voz sugiere urgencia.
Como respuesta, Catalina cruza el corredor y da un ligero salto a la hierba, cayendo al lado de Luís. Él se queda contemplándola por un instante, entonces, abruptamente, rompe el silencio con:
—No comprendo, Katy. ¿Recuerdas?
Ella mueve la cabeza de forma afirmativa, pero se queda en silencio y mira hacia otro lugar. Ahora él sigue con la conversación:
—Ahora comprendo que yo estaba equivocado —continúa él—. Yo entendí con el corazón, pero mi espíritu aún era muy egoísta como para aceptarlo. A veces el espíritu de uno es muy orgulloso como para seguir al corazón, hasta que aprende... —ahora él titubea brevemente— hasta que tiene que aprender a pulso.
Luego él la mira y estudia el semblante de ella por unos segundos para añadir:
—Yo creo que te debo una excusa. ¿Puedes perdonarme?
Catalina asiente.
Ahora, cuando él vuelve a hablar, su voz suena un tanto insegura:
—Yo sé que no merezco tu perdón —le dice él—. Muy bien  lo sé. No después de haberte tratado como lo hice.
Catalina eleva la mirada. Luís tiene sus manos en el fondo de sus bolsillos, mientras mira fijamente el firmamento. La luna, con su resplandor, le baña el rostro.
—Luís, no te sientas mal —le dice Catalina amablemente—. Al decirte que te perdono, yo lo hago de todo corazón.
Entonces, al decir aquellas palabras, ella da media vuelta para irse.
—Katy... no te vayas todavía —le dice él en voz ronca—. Yo también quiero preguntarte si puedo volver a visitarte pronto. ¿Puedo?
Temblorosamente, Catalina toma un profundo suspiro. El tiempo aparenta detenerse mientras él espera su respuesta.
—Sí, Luís, puedes visitarme —le dice ella finalmente, después de encontrar la manera de decirlo.
Será maravilloso volver a conversar con Luís y seguir una amistad especial entre los dos. Pero lo más maravilloso es saber que la próxima vez ella sólo tendrá dulces recuerdos de la visita de Luís. Recuerdos que no tendrán ningún remordimiento de culpabilidad.

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