martes, 1 de noviembre de 2016

CINCO MINUTOS EN EL INFIERNO

12 relatos selectos
Compilados y traducidos por Richard E. del Cristo E.
Edición original:
© 2003 Literatura Monte Sion
Presentado con renuencia, pero con mucha oración: Philip J. King, 2555 Wildcat Rd., Greenville, Ohio 45331
Capítulo 12
Cinco minutos en el infierno
Hace poco, un tío mío me impresionó con una declaración que hizo. La certeza y realidad de lo que él dijo ha dado origen a este escrito. Él dijo: “Nunca demores en informarle a la gente sobre el infierno.”
Lo siguiente es una descripción gráfica de la condición de un alma perdida en la eternidad. Se refiere a una esfera más allá de la comprensión de los mortales. Aunque la advertencia de esta historia contiene cierto grado de especulación, la misma es merecedora de una contemplación meditabunda de cada lector. En ella se nos recuerda que en el hecho de simplemente ser un cristiano profesante no hay seguridad de que uno sea salvo. Al publicar lo siguiente, nuestra oración es que las almas sean conmovidas a escudriñar más diligentemente la Palabra de Dios, la cual es poderosa en convencer a las almas perdidas, antes de que la puerta de la misericordia sea eternamente cerrada.
En lugar de tratar el tema versículo por versículo, quisiéramos presentar la historia de un hombre, cuya experiencia podría ser, tarde o temprano, la de usted o la mía. Creemos que la historia armoniza con las Sagradas Escrituras. Sin embargo, reconocemos que el estado preciso y la secuencia de los eventos en el Más Allá a lo mejor tendría sus discrepancias de esta historia.
El hombre sabe que ya le falta poco. La enfermedad de su vejez lo ha debilitado hasta el punto de muerte. Según el criterio humano, él ha vivido una vida agradable. Su pequeño imperio no fue construido sino con las adversidades usuales, las frustraciones normales, y esas largas y penosas horas de la juventud. Él ha experimentado los encantos y las frustraciones de ser padre y abuelo. Él sufrió la muerte de una buena e insólita compañera a quien é1 consideraba ser casi perfecta, de no ser ella tan espiritual y tan fiel adoradora de Jesucristo, a quien ella constantemente llamaba Señor. Sus hijos y nietos habían tenido tanto éxito como la mayoría de sus contemporáneos. Algunos mucho, y otros no tanto. Aunque él es pronto para admitir que no tiene la fe de su difunta esposa, pues nunca ha sentido la necesidad de tener tal fe, sin duda alguna é1 no habrá vivido tan mal. Por lo mucho que respetaba a su esposa, ya hace unos cuantos años que él fue bautizado en la iglesia de ella. Además, hace años que él ha hecho algo así como un esfuerzo para vivir en conformidad con el estilo de vida de ella. Él ha provisto para su familia de manera adecuada. É1 le ha dado sumas cuantiosas de dinero a la iglesia, y ahora les deja una herencia bastante grande a los hijos. Él puede hablar de muchos, aún en ese mismo instante, en su lecho de muerte, quienes han tenido menos éxito. Así se aquieta el hombre, mientras muere, con cierta seguridad de que todo el bien que ha hecho sobrepasa el mal.
A é1 le duele tener que dejar esta vida y todo por lo que ha vivido y trabajado. Pero se ha propuesto que, ya que la muerte es algo inevitable, él sería fuerte y la enfrentaría con orgullo y dignidad. Él reconocería a la muerte por lo que ella es ─el fin. De manera que él no tiene que apoyarse en la esperanza de los ingenuos y de los débiles quienes se alegran con la esperanza de una resurrección y de una mejor vida futura.
A él le había caído mal el hecho de que día que su esposa le dijo que ella quería que Jesucristo fuera el Señor de la vida de ella. Sintiéndose un tanto celoso, él había consentido ─ amablemente, pero de mala gana─ al deseo de ella,, porque sabía que eso la hacía feliz. Sin lugar a dudas, la nueva vida y fe de ella había sido de gran inspiración para él, tanto que él hasta había quedado verdaderamente persuadido. Pero el orgullo, autoconfianza e intelecto del hombre siempre prevalecían. Había veces en las que parecía que una fuerza opresiva no lo dejaba hacer una entrega absoluta al Señor. Poco había hecho su bautismo y su adhesión a la iglesia para aumentar su fe. Sin embargo, todo esto le había dado a su esposa gran satisfacción, y a la vez ella había suspendido las periódicas súplicas para que él hiciera a Jesús el Señor de su vida. Aunque si todos estos rumores sobre el cielo y el infierno y sobre una resurrección eran ciertos, sin lugar a dudas, la posición que él había tomado, más bien, sería en su favor.
Ya los médicos, las enfermeras, los hijos y los amigos le han dado su ayuda y consuelo final de la mejor manera posible. Y ahora, según las horas pasan lentamente, el hombre ─ya inconsciente del lugar donde se halla─ se encuentra esperando ese final momento. Su mente subconsciente repetidamente lanza esa pregunta tan persistente: “¿Será verdad que la muerte es el fin de todo?”
De repente, él percibe, en lo más profundo de su alma, un espontáneo deseo de volver a vivir su vida una vez más. Mientras que antes había determinado enfrentar la muerte con dignidad, ahora se halla completamente convencido de que no quiere morir. Hasta el momento, él había sido capaz de controlar y extinguir pensamientos desagradables y reflexionantes, pero ahora ellos se quedan con persistencia vencedora. De algún lugar, dentro de su alma, su espíritu suplica: “¡Oh, déjenme volver a vivir mi vida una vez más, o de lo contrario, déjenme morir y olvidar todo para siempre!”
El hombre presiente que el fin está muy cerca, y mientras su alma se sacude de temor él grita: “¡No-o-o... no-o-o-o-ooo!”
Pero el cambio ya ha sido hecho...
El hombre sabe que está ausente del cuerpo, y un nuevo temor punza su alma al darse cuenta de que la muerte no es el fin de todo. Él presiente que acaba de ser confinado a un abismo tenebroso. Su estado de aislamiento aumenta su angustiado temor de lo que le pueda estar esperando. Él no tiene ningún conocimiento de dirección ni de tiempo, sólo el conocimiento de su alma turbada. La brumosa oscuridad es cada vez más opresiva y todas las emociones de temor, opresión, confusión, soledad e inseguridad parecen estar concentrándose en el centro de su ser.
De repente, de entre la oscuridad, él ve una luz. Entonces, siente un alivio momentáneo. ¿Acaso no había leído él testimonios de personas que habían dejado sus cuerpos y más tarde habían vuelto de regreso? ¿No han descrito ellos un túnel tenebroso con una Luz al final, diciendo que tal Luz es el Señor? El hombre se reprende a sí mismo por ser tan temeroso. Al fin y al cabo, todo saldría bien. Quizás él, también, regrese a su cuerpo.
Entonces, tan pronto como la luz resplandece en toda su gloria, el hombre en verdad halla su cuerpo. Entre emociones ligadas de sorpresa y débil esperanza, él se halla a sí mismo parado a cierta distancia de un impresionante y deslumbrador trono de tremenda brillantez. Él se encuentra silenciosamente rodeado de un inmenso mar de personas fallecidas, tan inmenso que ojo humano no puede abarcar. La vasta multitud de todo linaje y lengua y pueblo y nación está ahí, parada en silencio, encantada por la imponente magnificencia del majestuoso trono y del Ser allí sentado cuyo semblante es más resplandeciente que el jaspe mismo. Con casi el mismo interés, el hombre se fija en el infinito número de los gloriosos seres que rodean el trono, de los cuales él, acertadamente, adivina que son los ángeles de Dios.
El hombre aún no se halla al tanto del paso del tiempo. Sin embargo, se encuentra cabalmente sorprendido de cuán bien él puede ver y sentir. Mucho le molesta el extraño silencio que existe. Él presiente que es un extranjero, y a la vez un prisionero, limitado a un lugar asignado por alguien en medio de este inmenso océano de gente. Él se halla invadido por sentimientos de temor y angustia al saber que cierta fuerza irresistible le insta a él y a la multitud delante de él a acercarse a la basa del gran trono blanco. El trono, impresionante y glorioso a cierta distancia, es ahora completamente cautivador. El hombre observa a los ángeles de Dios ascendiendo y descendiendo esa altísima y ancha escalera que lleva a ese glorioso Ser sentado a la cumbre. Tal Ser no es nada mas ni nada menos que el mismo Dios viviente, y está sentado mucho más arriba y más allá de la basa del trono. La gran multitud es guiada a subir al trono.
Mientras el hombre se queda absorto con la actividad de los santos ángeles, y el olor del incienso celestial tapa sus narices, algo brillante le rodea. Entonces él recibe el firme asimiento de las manos de ángeles alrededor de sus brazos. El primer sonido que él escucha es el de su propia voz:
—¡Esperen, yo no estoy preparado!
A pesar de su temor y alarma, él se sorprende de cuán clara y natural suena su voz.
—¡Venga, señor! —le instan los ángeles, y el hombre se siente propulsado hacia arriba por toda la escalera. Más y más alto ascienden ellos. El hombre con una preocupación siempre creciente, los ángeles con semblantes sobrios y silentes. Más y más alto aún suben. El hombre ni siquiera puede mirar hacia arriba. Él, ya vencido por su indisposición de proseguir, les ruega a los ángeles que se detengan. Pero ellos continúan ascendiendo. Ahora sí que é1 está al tanto del tiempo, ya que se da cuenta de que su tiempo se ha terminado.
—¡Suéltenme, por favor! —protesta el hombre. Pero ellos continúan ascendiendo. Más y más alto siguen subiendo. Más y mucho más alto suben. Cuando la altiplanicie final es alcanzada y los ángeles le sueltan, el hombre abre lentamente sus ojos, ya que los había cerrado por el terror. Él se sobresalta, y a la vez queda deleitado por lo que ve. Las emociones de un éxtasis laten en él, mientras que sus deleitados ojos reciben un baño del celestial esplendor y la hermosura panorámica. Ante él se halla la más prometida de todas las tierras. Hasta ahora él puede ver, ¡y cuan bien puede escuchar! Ahora escucha el más suave de todos los cánticos y el más hermoso paisaje cautiva su vista. Ante él se abre una gigantesca y asombrosamente bella ciudad, con calles de puro oro, alineadas con majestuosas mansiones celestiales con sus fuentes de aguas que saltan para vida eterna. La ciudad florece con multitudes de felices santos y rebosa con las dulces canciones de ellos. El hombre nunca pensaba que algo pudiera ser tan puro y opulento. Él nunca se había imaginado que algo fuera tan grandioso y a la vez tan real. El deseo de dar un paseo por las calles de la ciudad es irresistible. Mientras él inspecciona cierta parte del grandioso paraíso, su mirada es repentinamente atraída por una santa en particular, cuyo semblante irradia de felicidad, gloria y esplendor. ¡Cuán angélica, bella y pura es ella! Y, a la vez, ¡cuán familiar! Entonces, él la reconoce: ella era su querida esposa. El hombre les ruega a los ángeles que le permitan entrar a la ciudad. Mientras él lo hace, la ciudad se desvanece de su vista y el hombre se halla con los ojos clavados en el rostro del Dios viviente.
El hombre se queda parado como una estatua: serio y estupefacto. La resplandeciente y penetrante mirada del Altísimo se abre paso hacia el hombre como una espada. ¡Cuánto desea él poder escapar o huir y esconderse! ¡Cuánto desea él al menos cerrar sus ojos... pero no puede! Ahora él está encarcelado y asegurado por la penetrante mirada del Altísimo. La desesperada y desilusionada sensación de su alma casi ha llegado al limite y él siente un fuerte deseo de vociferar de desesperación. A él le parece que ya ha durado toda una eternidad contemplando la sobreponiente presencia de Jehová Dios. Al hombre le llega un grandísimo deseo de morir y olvidar todo para siempre. ¡Cuánto desea el nunca haber nacido, el nunca haber vivido! ¡Cuánto desea el que todo esto tan sólo fuera una pesadilla para entonces, a la mañana siguiente, poder echar mano de la vida eterna y aceptar y amar al Señor Jesucristo con toda su alma y con todas sus fuerzas!
Mientras él sigue mirando fijamente la faz de Dios, él ve también al señor Jesucristo en el seno del Padre. El semblante del Hijo de Dios se ve muy triste y el hombre sabe que es porque él ha rechazado la salvación que el Señor Jesucristo había ofrecido con tanta liberalidad. El hombre trata de vociferar y pedir misericordia, pero sus labios están completamente sellados.
Enseguida, el gran Creador habla con voz tronante, autoritativa y final:
—He aquí, yo he hecho nuevas todas las cosas. El cielo y la tierra pasarán, pero Mi palabra nunca pasará. Está establecido para los hombres que mueran una sola vez. Y ahora este es el juicio. Este es el día que Yo establecí para juzgar al mundo en justicia por Aquél que Yo he puesto por Juez de vivos y muertos. No eran Mis planes que el hombre viviera de pan solamente, sino de toda Palabra que saliera de Mi boca. Comprendí que todos los hombres habían pecado, y por lo tanto se hallaron destituidos de Mi gloria. Por esta razón, di a Mi Hijo unigénito, para que todo aquél que en Él creyese, no se perdiera, sino que tuviera vida eterna. Yo no Le mandé al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo fuera salvo por Él. Era Mi deseo que todo lo que el hombre hiciese, fuera de palabra o de hecho, que lo hiciera en el nombre de Jesucristo, dándome gracias a Mí por medio de Él. Yo mismo estuve contemplando cuando Él llevó todos los pecados en la cruz del Calvario, para que el hombre, habiendo muerto al pecado, Me diera todo su amor y pusiese su mira en las cosas de arriba. Él ha regresado a Mi diestra, después de Yo haberle resucitado de los muertos para la justificación de todo hombre. Con regocijo miraba yo cuando las multitudes Le recibían como Salvador y Señor, y vivían, sufrían y hasta morían por Él. No fue sino con gran pesar que yo borré los nombres de muchos del libro de la vida por ellos haber apostatado y dejado de andar con Él. ¡Cuán triste Me sentía Yo al ver grandes multitudes rechazarle y no recibirle como su Salvador y Señor, por sólo vivir según sus propias fuerzas y egoísmo! Ahora, en este día, el día de la consumación de Mi justo juicio, Yo pagaré al hombre según sus obras. Y el que no se halle inscrito en el libro de la vida será lanzado en el lago de fuego.
El horror punza el alma del hombre como una daga. Los libros son abiertos, y otro libro es abierto, el cual es el libro de la vida del Cordero. El hombre ve también la Palabra de Dios escrita, y aun otro libro que contiene cada una de sus acciones, hechos, pensamientos e intenciones. ¡Hasta cada palabra ociosa que él había hablado!
Nuevamente, la eternidad parece pasar según cada página de su vida es explicada en todos sus pormenores. No fue sino hasta ahora que el hombre supo cuán malo era él ante los ojos de Dios. Aun las muchas páginas que él había llenado con las buenas cosas que él había hecho, para el Santo sólo eran como obras muertas, por no haberle dado a Dios la gloria, ni a Jesús la supremacía. Cada mandamiento de la Palabra de Dios es leído de forma lenta y clara. También se escucha la explicación de cada uno de ellos hasta en sus menores detalles. Ahora el hombre ve con inmensa claridad cuán inútil le era pensar que tenía acceso al Altísimo sin Alguien que pudiera presentarle sin mancha ante este gran trono de gloria. Nunca antes él había comprendido cuánto necesitaba de un Salvador.
Al hombre se le permite leer cada nombre escrito en el libro de la vida del Cordero. El dolor es insoportable al darse cuenta de que no sólo su nombre no se halla, sino también los nombres de muchos de sus hijos y nietos. Entonces, cuando él ve escrito los nombres de algunos que él conocía, a veces familias enteras, la envidia le consume. ¡Cuánto desea él poder regresar y verdaderamente ser la cabeza de su familia y proveer el liderazgo espiritual que Dios había planeado que él proveyera! De entre todos los nombres escritos en aquel libro de la vida, el que más le saca las lágrimas es el nombre de la persona con quien más cerca había vivido. Sin embargo, nunca la había llegado a conocer del todo, porque su fe y confianza grandemente sobrepasaba a la de él. El Paraíso le había arrebatado a la única persona que él verdaderamente amaba.
Los ángeles a cargo, lentamente escudriñan la larga lista de nombres en el libro de la vida, página por página. Al fin, la última página es escudriñada, y los ángeles solemnemente inclinan sus cabezas. El hombre, bien enterado del veredicto, cae pesadamente sobre sus rodillas.
—¡Por favor, no me hagan esto! —ruega el hombre—. ¡Por favor, denme otra oportunidad! ¡Por favor! ¡Yo creo que Jesucristo es el Señor! —grita él, sollozando histéricamente—. ¡Señor, ayúdame! —ruega él al levantar la vista y al ver el rostro de Jesús en el semblante del Padre. ¡Por favor, no me dejen perecer! Yo he hecho muchas buenas obras. ¡Oh, denme un solo chance! Tal vez yo era muy orgulloso como para creer antes, pero ya yo creo con todo mi corazón. ¡Por favor, Señor, por favor!
Nadie le presta atención alguna a la sincera explosión de ese hombre tan acongojado, mientras que el gran Juez del cielo y la tierra solemnemente declara:
—Todo el que no se halle inscrito en el libro de la vida será lanzado al lago de fuego. ¡Apártate de mí, hacedor de maldad, al fuego eterno, preparado para Satanás y sus ángeles!
Ahora el hombre, ya demasiado débil por su desesperación como para protestar, no hace resistencia, mientras que los ángeles lo llevan a las basas del trono. Antes de su partida, ¡cuánto le gustaría a él poder volver a echarle tan sólo un vistazo más a aquella ciudad tan hermosa! Pero él está demasiado cegado por sus lágrimas como para poder ver, por lo tanto, no podría, aunque tuviera la oportunidad.
Él queda estupefacto al sentir la inmensa fuerza que tienen los ángeles mientras ellos lo arrojan hacia afuera con tremenda velocidad. Casi al mismo instante, todo se vuelve oscuro, opresivamente oscuro. Entonces cae una espesa y brumosa oscuridad. No se ve ni el menor rayo de luz, ni siquiera la menor señal del gran trono blanco.
A lo mejor él ya se encuentra a una inmensa distancia del trono. Él siente que cada segundo va cayendo con más y más velocidad. Más y más abajo cae él, sin parar, bajando a toda velocidad.
—¡Por favor, ayúdenme! —grita el hombre en esa opresiva oscuridad—. ¡Ayúdenme, por favor!
El silencio sigue por lo que parece ser muchas horas, mientras que el hombre continúa cayendo.
Nuevamente el hombre grita:
—¿Es que no hay nadie aquí que me escuche? ¿Soy yo el único aquí? ¿No hará nadie el favor de detener mi caída? Entonces el hombre instantáneamente se sobresalta al oír la recia voz de un demonio replicar:
—¡Bienvenido a las tinieblas de afuera, coheredero de condenación! Prepárate para pasar un rato aquí.
Un nuevo temor se apodera del hombre al acabar de saber que tiene que compartir estas opresivas tinieblas con espíritus inmundos.
—¡Despégate de mí, enseguida! —grita el hombre en una voz tan tronante que produce un eco casi interminable en las tinieblas. Pero el demonio no obedece. El opresivo espíritu del demonio se agarra del hombre cual parásito hambriento.
—¡Vamos juntos al infierno! —le secretea el demonio—. Es un viaje muy largo y nos necesitamos mutuamente.
—¡Yo no te necesito! —se sacude el hombre, moviéndose y pateando violentamente—. ¡Yo sólo necesito a Jesucristo! ¡Oh, Señor, escúchame y líbrame ahora!
—¿Cómo te atreves a mencionar ese denigrante nombre? —chilla el demonio histérico—. ¡Yo lo odio! ¡Lo odio! No te atrevas a mencionar ese nombre otra vez, ¿entiendes?
El hombre se sacude de dolor mientras que el demonio le retuerce el cuerpo y oprime su alma.
—¡Suéltame, por favor! ¿Es que no tienes compasión?
—¡Sí, cómo no! —se burla el demonio—. Es que me atraes tanto. Quiero que siempre estés a mi lado.
Ahora el demonio lo sostiene más de cerca.
El hombre lucha por liberarse, pero en vano.
—¿Te acuerdas de los momentos tan felices que pasamos juntos en la tierra? —lo atormenta el demonio—. ¡Cuánto me gustaba llenarte de rebeldía y arrogancia! Yo te mantenía creyendo que tú eras el más autosuficiente de todos los hombres. Cuando tu esposa casi te convenció a entregar toda tu vida a ese denigrante Hijo de Dios —ahora el demonio vibra de odio y temor— yo temí que te había perdido. ¡Pero cuán orgulloso estaba yo cuando te persuadí a tan sólo creer que creías! Ese fue un bautismo que yo verdaderamente disfruté del todo.
—¿Cómo te atreves a atormentarme así? —grita el hombre—. ¡Tú no eres más que un demonio vil y repugnante, una bestia maligna!
—¡Y tú no eres más que un torpe, un estúpido, un necio ignorante! —cruje el demonio—. Sin embargo, yo te adoro mucho —con esto, el hombre se estremece de dolor, mientras el demonio le abraza su alma.
Pero el demonio tiene una excelente memoria y, por lo que parece ser muchos días, él le recuerda evento tras evento de la vida pasada del hombre, siempre pretendiendo victoria.
Nuevamente, el hombre escucha los detalles de todas las inconsistencias de su vida pasada, sus arranques de cólera, su orgullo, su egoísmo, su indiferencia hacia los demás, sus chismes, sus chistes sucios, sus necedades y hasta todas sus diversiones tumultuosas. Aunque fuera algo que aconteció una sola vez en su vida, el demonio lo relata una y otra vez. Él se burla de todas las cosas buenas que el hombre había hecho. Él le puso al hombre una miríada de nombres obscenos, pero siempre le aseguraba que lo adoraba mucho.
Por todo este tiempo, el hombre continúa cayendo en el tenebroso abismo. Ya él ha perdido la más remota esperanza. Entonces él sigue cayendo por lo que parecen ser días, meses y luego años. Sin duda alguna, Dios lo salvaría pronto. El horrible demonio es insoportable y el hombre le ruega que lo mate. Pero el demonio le asegura que él lo ama demasiado como para hacer tal cosa.
Después de lo que parecen ser muchos días, para alivio al hombre, el demonio se aquieta de manera extraña. Entonces, voluntariamente, se despega del cuerpo del hombre. A lo lejos, el hombre ve una luz débil, sombría y parpadeante. De ninguna manera la luz alivia su opresión. Cuando él huele el terrible olor de carne humana quemándose, entonces se da cuenta que esa lejana luz parpadeante no es nada mas ni nada menos que el sulfuroso lago de fuego. Helado de miedo, el hombre cruje sus dientes. Lo que a él le parecía ser castigo suficiente, no era mas que simplemente el principio. Las olas de viento caliente soplan contra su cara y el humo sulfuroso inunda su nariz. Los gritos le explotan el tímpano del oído ─gritos acompañados de los gemidos sepulcrales y los hoscos gruñidos de almas torturadas. Pero lo peor de todo es un estrepitoso y misterioso sonido; algo como billones de uñas raspando una gigantesca pizarra.
—¡Oye qué sonido más bonito! —ruge el demonio después de un largo silencio—. Ése es el sonido de crujir de dientes. Abrázame estrechamente, querido. Nos estamos aproximando al infierno.
Ahora el hombre no puede ver por el espeso humo. El calor es sofocante. Todos sus músculos están rígidos; sus puños, bien cerrados; su carne, chamuscada.
—¡Esto es insoportable! —grita el hombre.
—¡Necio! —chilla el demonio—. ¡Ni siquiera hemos llegado!
Al instante, este nuevo temor se comprende. El hombre chilla de dolor. El demonio maldice al Señor Jesucristo con una blasfemia infernal. Mientras el hombre se hunde en el infierno, él siente como si miles de espadas cortaran cada fibra de su cuerpo. El hombre chilla, patea y se convulsiona mientras cada nervio y cada fibra suya arde sin consumirse.
—¡Auxilio! ¡Auxilio! ¡Auxilio! —grita el hombre sofocadamente—. ¡Yo no quiero ir al infierno! ¡Yo odio el infierno! ¡No soporto estar en el infierno! ¡Estoy dispuesto a hacer todo lo posible por salir de este infierno! ¡Alguien que me ayude, por favor!
—¡Tú no recibirás ninguna ayuda, buen imbécil! —bufa el también torturado demonio—. A menos que el buen Lucifer halle alguna salida, ninguno podrá salir de aquí. Así es que mejor lo disfrutas y deja tus lloretas por ayuda. Tú debiste haber pedido ayuda cuando estabas vivo. Quizás entonces tú y tu familia y tus amigos no habrían tenido que venir aquí a vociferar con tanta fuerza. Pero, ¿y qué más deberían ustedes esperar, ya que estuvieron bajo la influencia de un maestro en el engaño como yo?
Con esto, hasta el mismo demonio grita de dolor.
Ambos hacen silencio. El hombre se une a la vasta multitud del infierno con sus gritos y gemidos. El sonido del crujir de sus propios dientes parece ser más agudo que el de los demás. Él grita y gime; se retuerce y se sacude con la esperanza de algún alivio. Pero no recibe alivio alguno. Su garganta está muy seca. Ahora su dolor es más intenso.
¡Oh, qué bien caerían ahora esas aguas del bautismo! Y esos quietos y apacibles cultos, bajo la fresca arboleda, un poco retirado del camino, ¿no serían refrescantes ahora? ¡Oh, qué hermosos serían esos cantos, aunque algunos fueran lentos, desafinados y sin el debido ritmo! ¡Oh, qué placer sería poder estar de regreso en casa rodeado por todos los niños y con el himnario y la Biblia a mano! ¡Qué gozo sería poder negarse a uno mismo y cantar, enseñar y orar con toda la familia en toda sinceridad y verdad! ¿Por qué era el orgullo tan importante? ¿Por qué era su ego tan grande? ¿Por qué le eran las cosas terrenales de tanto valor? ¿Por qué las cosas celestiales parecían ser tan aburridas, insignificantes y de tan poco valor? ¿Por qué había sido tan necio como para negar esa resurrección tan gloriosa? ¿Por qué el nombre de Jesús le era como cualquier otro nombre? ¿Por qué le parecía que las ordenanzas de la iglesia eran como algo que uno debía practicar en la iglesia y olvidar del todo al día siguiente? ¿Por qué no había estudiado mucho más? ¿Por qué no había escuchado más? ¿Por qué no lo había meditado mejor? ¿Por qué había puesto tanto énfasis en proyectos de construcción, en cooperativas caritativas y en detalles técnicos legales? ¿Por qué había sido tan tonto como para olvidar la fe, el amor y la esperanza?
El demonio tenía razón. En verdad él era el más necio de todos los necios.
—¡Oh! ¿Por qué, por qué, por qué... ?
El hombre no entiende por qué Dios deja a uno por tanto tiempo en el infierno. Sin duda, no hay nadie que sea tan pecador como para merecer estar en el infierno por tanto tiempo. Ya habrán pasado siglos desde que esas primeras llamas lancinaron su cuerpo. El hombre ha orado una que otra vez, con tal de poder morir y olvidar todo. Pero el demonio siempre le recuerda que esta es la segunda muerte.
De repente, el hombre grita con todas sus fuerzas:
—¡Oh, Señor! ¿Por qué nos castigas por tanto tiempo?
—¡Tú, desgraciado necio, ¿acaso no sabes que hemos estado aquí por tan sólo cinco minutos? —jadea el agonizante y torturado demonio.
—¡¿Cinco minutos?! ¡Mientes! —grita el hombre.
—¡No te miento! —chilla el demonio.
—Entonces, ¿por cuanto tiempo más estaremos aquí? —resuella el hombre en desesperación absoluta y final.
Ninguna respuesta. Sólo se escucha los crujientes horrores del llameante infierno.
—¡¿Qué por cuánto tiempo?! —le pregunta él.
Entonces el demonio le dice:
—Para siempre...

Presentado con renuencia, pero con mucha oración: Philip J. King, 2555 Wildcat Rd., Greenville, Ohio 45331

No hay comentarios:

Publicar un comentario