martes, 22 de noviembre de 2016

JESUCRISTO VISITA A FEDERICO HANDEL Y LE INSPIRA "EL MESÍAS"

 500 ILUSTRACIONES 
POR ALFREDO LERIN

168. UNA VISITA DE DIOS
 
La lectura de la Biblia, durante veinte días, mientras que componía la música
para el oratorio, “El Mesías”,
produjo un cambio maravilloso en la vida de
Jorge Federico Handel.

El gran compositor había llegado a un fatal momento de su vida cuando todo le
parecía inútil; ya nadie se complacía en escuchar sus composiciones musicales;
la inspiración había huido de él, y estaba, digámoslo así, en bancarrota. Una
noche, profundamente desanimado, regresó a su casa obsesionado por una
sola idea: descansar, dormir, olvidarlo todo.
Subió con lentitud las gradas de su humilde estudio, mecánicamente encendió
las velas sobre su mesa de trabajo, y en seguida frunció el ceño. ¿Qué
contendría aquel paquete que descansaba sobre el escritorio? Lo abrió, y al ver
la palabra, “Oratorio”, lo tiró a un lado. ¿Quién se estaba burlando de él?
Todos sus últimos esfuerzos en componer oratorios habían fracasado. Rompió
en mil pedazos la carta, pisoteó con cólera el suelo,
y luego cayó sobre su
cama deseoso de dormir.

Pero el insomnio se apoderó de él; una tempestad agitaba su pecho. Al fin, se
levantó, encendió nuevamente las velas y llevó el manuscrito hacia la luz. Leyó
el título, “El Mesías”, y en seguida las palabras, “¡Consolaos! ¡Consolaos!”

Estas le llamaron la atención: era el maravilloso principio de la poesía y, a la
vez, un desafío celestial al ánimo apagado del compositor.
Apenas había leído
las primeras palabras cuando éstas empezaron a traducirse en un lenguaje
musical que dilataba, elevándose triunfalmente hacia el cielo. Una vez más
Handel oyó tonos musicales después de una larga sequía de inspiración.
Con los dedos temblorosos pasaba las páginas
. Se sentía llamado a elevar su
voz con gran fuerza en un numeroso coro. Ya oía vibrar los instrumentos al
soplo poderoso de las tubas, sostenido por los acordes fulminantes del órgano.
Desapareció el cansancio; fue bañado en un mar de tonos musicales que
corrían como olas sobre su alma,
agitando la inspiración dormida.
Tomó su Biblia y empezó a leer las profecías del Mesías prometido, su
advenimiento, y al fin, su ascensión al Padre. El fuego divino ardía nuevamente
en su ser; las lágrimas inundaban sus ojos.
Tomando la pluma, comenzó a
traducir sobre el pentagrama lo que resonaba en su mente y en su corazón
. Sus
dedos corrían incansablemente y pronto se vieron las hojas de papel cubiertas
de extraños signos musicales.
La ciudad dormía bajo el manto de una densa
oscuridad, pero el espíritu de Handel estaba iluminado por una luz celestial, y su
cuarto vibraba de música.
Día y noche estuvo entregado a su tarea, viviendo y respirando una atmósfera
de ritmo y tono. Cuanto más se acercaba el fin de su composición, con mayor
violencia le azotaba el temporal de esta furiosa inspiración. Ya pulsaba las
cuerdas del clavicordio, ya cantaba, ya escribía con ligereza hasta agotar la
fuerza de sus dedos. Nunca antes había vivido una similar batalla musical.

Quedaba sólo una palabra para ser ungida de la iluminación el —amén— dos
sílabas, pero esas dos sílabas debían ser construidas sobre un monumento que
alcanzara los cielos. El compositor dilató la primera sílaba hasta sentir que
llenaba no solamente una catedral, sino también la misma cúpula del cielo
.
Al fin, después de veinticuatro días, un milagro en el mundo de la música, fue
terminado el oratorio. La pluma cayó al suelo y Handel durmió por diecisiete
horas.
Al levantarse, se sentó al clavicordio y tocó con desbordante alegría la
última parte de “El Mesías”. Una vez que hubo terminado, un amigo le dijo:
“¡Nunca en mi vida he escuchado cosa parecida!”

Handel, con la cabeza inclinada, respondió: “Dios me ha visitado.” 

 —El Mensajero Pentecostés.

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