martes, 15 de noviembre de 2016

LA DESTRUCCION DE JERUSALEN POR TITO- JOSEF SPILLMANN

 LUCIO FLAVO
LA DESTRUCCION DE JERUSALEN POR TITO
NOVELA HISTORICA
  JOSEF SPILLMANN
CAPÍTULO XLIV
ATAQUE A LAS MURALLAS

Entretanto, Tito había prolongado sus atrincheramientos hasta el pie de los baluartes de jerusalén, y las máquinas de guerra empezaron su labor. Dia y noche golpeaban los arietes contra las murallas. Robustos brazos ponían en acción los gigantescos troncos rematados en forma de cabeza de carnero, suspendidos por cadenas de las torres de sitio,, batiendo con cadencia. regular y con su prodigiosa fuerza los bloques de piedra, que rotos y hechos pedazos caían al suelo. Los sitiados enviaban en vano nubes de flechas y piedras a los sitiadores, pues éstos eran protegidos por cobertizos, que inútilmente tra taban de incendiar, porque eran de estera recubierta de planchas de hierro, y si en algún punto ardían, se apagaba el fuego inmediatamente con cántaros de agua, que estaban siempre a mano. Detrás de las torres de sitio funcionaban centenares de grandes balistas, cuyas palancas, movidas por medio de ruedas y poleas, al soltar repentinamente la cuerda, lanzaban grandes proyectiles que, describiendo una. curva, 'iban a caer contra los muros o dentro de la ciudad. Los robustos brazos, de bronce de las catapultas constituían a su vez una especie de ballestas enormes, que despedían flechas pesadas y provistas de puntas de hierro o bien con estopa empapada en alquitrán y ardiendo. En los espacios que esos aparatos de guerra dejaban libres, formaban los arqueros y las cohortes, para rechazar cualquier salida del enemigo.
Ben Gioras y Juan de Gischala, los dos jefes enemigos, estaban en la torre de Psefino: El último había accedido a las súplicas del primero, de llevar refuerzos para defender los muros. Parecían dos perros mirándose antes de acometerse.
—Vienes tarde — dijo altanero Ben Gioras al galileo —. Ya ves cómo tiembla la muralla bajo los golpes de esos hijos del infierno. Por momentos espero que abran brecha entre esta torre y la de las Mujeres. Si hubieras llegado antes, habríamos intentado una salida para destruir esos condenados aparatos. ¡Caiga sobre ti la maldición de los hijos de Israel!
—Mal concuerda esta manera de recibirme — contestó el irritado galileo — con tus humildes súplicas de socorro. Mejor será que me retire inmediatamente con mis hombres,, devolviéndote cien veces las maldiciones que me lanzas. ¿ Por qué no acudiste a sostener a Eleazar cuando atacó a Tito ? No siento la lección que le dieron ; pero fué por tu parte un acto de cobarde traición. Y ¿ por qué un capitán de ladrones ha de tener el mando supremo en Sión? Si tan caro te es Jerusalén, ponte a mis órdenes, cono hizo Eleazar con buen acuerdo, y juro por el Dios de  nuestros padres que ningún romano sentará la planta en el suelo de la ciudad.
—No les mantendrá lejos ningún cobarde jactancioso como tú, que huiste ante ellos en Galilea, mientras yo hace diez años ando valientemente a porrazos con ellos y batí las legiones de Cestio Galo.
En su ira iban los dos hombres a llegar a las manos, cuando un veterano de barba cana se arrojóro. :re ellos, exclamando :
—Os pido por Abrahán, nuestro padre común, qie viváis en paz, oh jefes de mi pueblo, por lo menos nientras estéis en presencia del enemigo.
—Este hombre tiene razón — dijo Ben Gioras—Aquí tienes mi mano en prueba de alianza leal contigo.
—Yo no doy la mano a un ladrón — replicó el otro—y no quiero semejante alianza. Ya la he pactado con Jehová. Suyos son la ciudad y el templo, y él sabrá defender su herencia.
Y Gischala, al pronunciar estas arrogantes y fanáticas palabras, echó a andar por la escalera que desde lo alto de la torre conducía a las murallas.
En aquel mismo instante oyóse un formidable crujido.
—¡El muro se derrumba ! — gritaron con espanto los soldados judíos, huyendo del sitio del peligro. Era tarde. Un extenso lienzo del mismo vino al suelo con estruendo, y densa nube de polvo subió por los aires, junto con los gritos de agonía de los hombres aplastados bajo los escombros. Al mismo tiempo sonaron los clarines romanos y las cohortes en masa se lanzaron a la brecha.
—¡Firmes! — gritó Ben Gioras, bajando de la torre —. Lanzadles desde aquí piedras y dardos ; yo voy a recibirlos abajo con la punta de la espada.
El audaz guerrero salió, en efecto, al encuentro del enemigo, y con Gischala se puso al frente de los israelitas. Los romanos, que lanzaban gritos de victoria, fueron acogidos con una nube de dardos, en tanto que, desde los extremos de la muralla separados por la brecha, y de las torres de las Mujeres y de Psefino, llovían piedras sobre sus cabezas. Muchos cayeron, pero otros a miles ocupaban su puesto. La vanguardia de lanceros daba golpes mortales y el grueso de la fuerza, hombro contra hombro y escudo contra escudo, avanzaba como una muralla de bronce.
Durante más de una hora resistió Ben Gioras; ma al saber que Juan de Gischala con los suyos se batía en retirada, ordenó a su lugarteniente que contuviera a los romanos, hasta que la ciudad nueva quedara vacía de hombres y las puertas de la segunda muralla fuesen obstruidas o provistas de defensores. Él mismo corrió con un puñado de los suyos a disponer lo necesario. Apenas llegó a tiempo para impedir que el enemigo, después de forzar la brecha, no penetrara con los suyos por la puerta del juicio.
De este modo, a los quince días de sitio, quedó en poder de los romanos, el 7 de mayo, la ciudad nueva . Tito la mandó quemar, arrasando las ruinas, para que las catapultas y los arietes pudieran avanzar. A los cuatro días comenzó el ataque junto a la puerta del Juicio  Por ésta pasó nuestro Señor cargado con la cruz, y allí es donde se detuvo para `dirigir a las mujeres estas palabras : "Hijas de Jerusalérr¡ no lloréis por mí, mas llorad por vosotras y por vuestros hijos. Porque he aquí que vendrán días en qua; dirán:. Bienaventuradas las estériles y -los vientres que no concibieron." Cuatro días tardaron los sitiadores en abrir brecha en ese segundo recinto. Después de esto los judíos lograron rechazar una vez más a los,' romanos de las estrechas callejuelas — la calle de ley~ amargura seguida por el Redentor —, pero se ensanchó el boquete y las tropas volvieron a penetrar et esa parte de Jerusalén, y llegaron hasta la plazoleta, situada delante de la fortaleza Antonia, la misma donde años antes se lanzara el terrible grito : "Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros  hijos.", Estas palabras se cumplieron de manera espantosa, La sangre corrió a raudales allí, pues centenares de hombres que pedían asilo en la Antonia y en el atrio del templo, no fueron admitidos, por temer los galileos que con ellos entraran los romanos, y fueron pasados  a cuchillo por éstos ante las mismas puertas. Quemose también esta parte de la ciudad, la llamada Acha, después de conquistada, a fin de dejar espacio para el ataque y asalto de la formidable fortaleza.

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