jueves, 10 de noviembre de 2016

LIBERTAD DE CONCIENCIA- ANDRES DUNN

Desde ese momento y en adelante Andrés empezó a hablar más claramente a su familia que antes, y les hablaba del amor de Cristo al darse a sí mismo para redimir a pecadores perdidos. Durante un tiempo, a todos les pareció que estaba loco, menos a la hija menor. Desde el principio ella escuchaba sus palabras con mucha atención, y dentro de poco tiempo se acercó a él, y con un semblante expresivo de lo que sentía en el corazón, confesó que había sido afectada profundamente por las cosas que él había dicho; que nunca, ni de día ni de noche, dejaba de pensar en estas cosas; y que su mente estaba en tal condición de inquietud que ahora había venido para que él le diera consejo y consolación. Andrés se deleitó mucho que ella le dijera esto, y le dijo cuán importante es tomar en serio tales pensamientos, y trató de mostrarle el amor de Cristo al pecador mas vil y le amonestó a aceptar la invitación de venir a Cristo sin demora; y que ella no necesitaba nada para recomendarse a Cristo sino sólo sus deseos, los cuales él libremente supliría. No mucho después Andrés tuvo la dicha de ver que su esposa y también su hijo fueron convencidos de la verdad, y buscaron humildemente la salvación al pie de la cruz; de manera que de los de su casa quedó solamente la hija mayor que no era creyente.
Todo continuó así por un tiempo. Ya había pasado más de un año desde que Andrés tuvo su primera conversación con el Padre Domingo, y durante este tiempo, aplicándose al estudio del Nuevo Testamento en todo su tiempo libre, llegó a ser algo hábil en la Palabra y podía, por la gracia de Dios, presentar defensa ante todo el que le demandaba razón de la esperanza que había en él. Entre tanto el Padre Domingo había venido para saber la razón de su ausencia de la confesión y misa. Al principio le faltaba la valentía para confesar la verdad, e hizo alguna excusa por su negligencia, pero después empezó a considerar que no había por qué tener vergüenza de lo que había aprendido en la Palabra de Dios, y que su deber era declarar abiertamente su convicción de sus errores anteriores. Por tanto se resolvió hablar claramente en la primera oportunidad, y sufrir las consecuencias.
Segunda entrevista con el Padre Domingo
Poco después de esto vino el Padre Domingo para ver a Andrés y le reprendió por su negligencia en cumplir con sus deberes.
—Por cierto —dijo el Padre Domingo—, yo creía que esto sería el resultado de tu espíritu inquisidor. Has aprendido, según parece, a despreciar a tu clero, y ya no tienes miedo de la penitencia. Yo no esperaba otra cosa cuando atrevidamente empezaste a leer el Testamento. Si estuviéramos en otro país, pronto pondría las cosas en orden por mandarte a la Inquisición y así pagarías bien tu atrevimiento en dudar la autoridad de tu clero. Pero en este país, ese malvado principio de «libertad de conciencia» está tan de moda que todo hombre puede pensar por sí mismo, y nuestro poder está en una base bien precaria.
—Con todo respeto, señor —contestó Andrés—, no puedo sino expresar mi gratitud a Dios por vivir en un país donde cada cual puede juzgar por sí mismo, ni lo veo como un mérito que se tenga que emplear la tortura para que los hombres sean fieles a su religión.
Luego le habló de esta manera:
—¿Supone usted, señor, que me puede inducir a volver por medio de tales argumentos? Si así es, usted está en gran manera equivocado. Lo que produjo en mí un cambio fue la convicción de que yo estaba equivocado. Y ese cambio es lo que le es tan ofensivo, y espero que nada menos que razonamientos basados sobre la verdad me podrán hacer volver otra vez. Si usted espera hacer algo conmigo, venga a mi casa y exponga delante de mí sus razonamientos. Si los encuentro satisfactorios, no me obstinaré.
El Padre Domingo, apaciguando un poco la ira, se avergonzó por su conducta y decidió entrar. Desmontándose, amarró el caballo cerca de la puerta y se sentó junto al fuego en la chimenea. Andrés se sentó a la par y toda la familia se acercó para escuchar la conversación que tenía promesa de ser interesante.

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