viernes, 11 de noviembre de 2016

SANTIAGO DECIDE DAÑAR A ANDRES DUNN

El peor enemigo de Andrés
Cuando el Padre Domingo excomulgó a Andrés y su familia, habló mucho en cuanto a la herejía, y dio a entender que el hacer daño a un hereje casi no era ofensa. Ahora, estaba presente Santiago Nowlan, el cual guardaba rencor en contra de Andrés por una parcela de terreno que él tenía, y deseaba, en alguna oportunidad apropiada, hacerle pagar caro por su ventaja. Al oír Nowlan que a Andrés le llamaban hereje y que fue bien maldito por el sacerdote, se dijo: «Ahora me puedo vengar de Andrés Dunn. El Padre Domingo dice que a un hereje se debe considerar como un gentil y publicano, y supongo que si estuviera en un país extranjero, lo quemarían como enemigo de la Iglesia, pero en este país es contrario a la ley quemar a herejes. Ahora bien, si Andrés Dunn merece ser quemado, y no hay nada que lo impide menos unas leyes heréticas, no puede ser malo, sino más bien muy bueno, darle a Andrés una buena paliza que recordará por toda la vida. Esto más bien sería como un servicio a Dios, y tanto más, ya que yo tendría el riesgo de sufrir por la crueldad de esas leyes que prohíben a los buenos castigar a los herejes malvados como lo merecen. Todo esto es cierto y yo se lo voy a enseñar a ese perro.»
Habiendo resuelto esto, decidió ir a la casa de Andrés Dunn la siguiente noche para infligirle un castigo según merecía su comportamiento anormal respecto a la Madre Iglesia.
Por consiguiente, atravesando los potreros llegó a la puerta de la casa de Andrés, a eso de las ocho de la noche, apenas que Andrés había terminado la lectura de un capítulo de la Biblia y se había arrodillado con su familia para dar gracias a Dios por las bendiciones del día y para implorar el favor de Dios por el futuro. Santiago se detuvo a la puerta por un momento para darse cuenta de lo que se decía o hacía adentro, cuando de un pronto escuchó una voz conocida. El reconocía la voz de Andrés, pero no hablaba como si estuviera en una conversación con otro, ni era semejante a cosa alguna que jamás había oído. Después de escuchar por un rato y mirar por una rendija, comprendió que Andrés estaba haciendo oración, junto con su familia. Por curiosidad, se puso a escuchar lo que se decía, y al ver la devoción del hombre y de su familia, se asombró de tal modo que se olvidó por completo del propósito con el cual había venido. Le oyó dar gracias a Dios por todas las bendiciones que disfrutaban, pero más que todo por lo que le había hecho por redimirle a él y a su familia del pecado y de la muerte; pero lo que le afectaba más fueron sus ruegos por sus enemigos. «Oh Señor, sí en este mundo tengamos enemigos, perdónalos, cualesquiera que sean sus designios o pensamientos poco amables hacia nosotros. Bendícelos con el conocimiento de Tu salvación y ayúdanos en toda ocasión a devolverles el bien por mal», fue su oración sencilla. De esta manera continuó por un rato, y Santiago se asombró sobremanera. Cuando se había terminado la oración, sintió que bien podría abrazar al hombre a quien había salido a hacer daño.
«¿Qué?» se preguntó «Les este hombre un hereje? Si lo es, ¿dónde están los cristianos? Estoy seguro que no están en la congregación del Padre Domingo. Si todos los que se llaman cristianos, inclusive el Padre Domingo, fueran como este pobre Andrés, ¡cuán diferente sería este mundo!»
Todo propósito de hostilidad que tenía en contra de Andrés fue de una vez echado a un lado y él empezó a culparse severamente por haber formado un designio para hacerle daño. «¿Hacerle daño?» dijo, «Dios me libre. ¡No! Que mí mano derecha se olvide de trabajar antes de que sea empleada para herir a tal

No hay comentarios:

Publicar un comentario