viernes, 11 de noviembre de 2016

SANTIAGO RECIBE EL EVANGELIO EN CASA DE ANDRES DUNN

Se convierte en su amigo más íntimo
Se iba a regresar, pero al pensarlo más, decidió entrar y contar a Andrés lo que había pensado hacerle y pedirle perdón.
Tocó la puerta, y después de ser admitido por la familia, Andrés sinceramente le invitó asentarse junto a su pequeño fuego.
—¿Has oído —dijo Santiago Nowlan— que el Padre Domingo te maldijo a ti y a tu familia el domingo pasado en el templo?
—Yo oí —dijo Andrés—, y de todo corazón le tengo lástima y oro por el pobre hombre equivocado.
—¿Pero no tienes miedo —preguntó Nowlan— de las maldiciones del sacerdote?
—Ni un poquito —contestó— mientras esté convencido que Dios me bendice.
¿Sabes, Andrés, que yo vine acá esta noche con la intención de castigarte como hereje, y a la vez vengarme por nuestra vieja disputa sobre el terreno?
—En cuanto a la herejía, —dijo Andrés—, únicamente aquel que se aparta de la Palabra de Dios es hereje, y yo estoy dispuesto a sufrir cualquier consecuencia por guardar esa Palabra contra todos los sacerdotes del mundo. Y en cuanto a la riña por el terreno, bien sabes, Santiago, que no hubo nada injusto ni poco amable en mi conducta tocante al asunto, pero si te parece al contrario, yo ya estoy dispuesto a entregar el terreno con las pocas mejorías que he hecho, si el propietario está de acuerdo. Aunque yo tengo una familia, para la cual tengo que proveer, prefiero dejar todo lo que tengo y confiar en el Señor para nuestras necesidades y no que alguno tenga ocasión de quejarse contra mí.
Dios me libre —dijo Santiago— que yo tome tu terreno. No, Andrés, lo conseguiste en manera justa. Quédate con él, y lo único que pido es que perdones mis designios malignos contra ti, y que me tengas por amigo.
—De todo corazón te perdono —dijo Andrés— y pido a Dios que te convenza de tu condición, como a mí me ha convencido de la mía, y que por su gracia te haga volver a él.
Aunque Santiago no entendía bien el deseo de Andrés, estaba seguro que era algo bueno en sí y algo que él mismo necesitaba, por tanto sentía un fuerte deseo de decir un sincero Amén. Entonces contó a Andrés lo que realmente había cambiado su resolución, y le preguntó si a menudo oraba con su familia de la manera que había observado. Cuando contestó afirmándolo, él pidió permiso para venir y estar presente alguna vez con ellos.
—Claro que sí  —contestó Andrés—, si no te ofendes por mi torpeza.
—De ninguna manera —contestó sinceramente— nunca en toda mi vida he sido tan afectado por una oración hasta escuchar la suya ahora. En cuanto al Padre Domingo, yo no sé nada de lo que está diciendo. Sus oraciones son muy eruditas para personas como yo; y si no fuera para poder decir que estuve en la misa, yo creo que bien pudiera quedarme en casa. Nunca podía entender por qué deben decir las oraciones en la capilla en una lengua extraña. ¿No es el mismo inglés un idioma igualmente bueno en el cual podemos orar como cualquier otro? Así la gente pudiera entender lo que están diciendo.
—Lo que dices es correcto, Santiago; baste ya el tiempo que hemos estado en ignorancia. Es ya hora que pensemos por nosotros mismos. —Entonces le dijo que todas las noches aproximadamente a la misma hora se encuentran en lo mismo en que él les había encontrado, y le aseguró que todos estarían muy contentos de verle, y que si vendría un poco más temprano pudiera también cenar con ellos. Santiago le agradeció y fue a su casa.
De camino a casa reflexionaba sobre los sucesos de la noche. «Yo salí resuelto a darle a Andrés Dunn un buen castigo, ni me importaba mucho si lo hubiera matado, y aquí regreso sin haberle tocado ni siquiera un cabello de su cabeza. Más bien vengo lleno de un profundo respeto para el hombre, y regañándome por haber designado un plan de hacerle daño. Juzgando por la apariencia, hay más de cristiano en Andrés que en el Padre Domingo.»
Él durmió muy poco aquella noche, y trabajando el día siguiente meditaba en lo mismo. Esa noche llegó a la casa de Andrés y participó con Andrés y su familia en su adoración. Andrés sentía que debía orar por su visita, para que Dios se complaciera de iluminar su entendimiento y conducirle a toda la verdad. Después de la oración se encontraban conversando sobre el tema de la religión, y tan engreídos estaban que no se dieron cuenta cómo pasaba el tiempo. Casi a medianoche se separaron. La conversación se trataba más que todo en:¿Qué debe hacer un pobre pecador, estando convencido de que merece la ira de Dios y que tiene un corazón de maldad, para ser salvo? Andrés claramente le mostró a Santiago por las Escrituras que ni todas las penitencias que podría hacer, ni todas las mortificaciones a que se sujetara, ni todas las oraciones que rezara durante toda la vida le podrían restaurar al favor de Dios; que la Palabra de Dios mostraba una sola manera por la cual se podía efectuar, eso es por el poder expiador de la ofrenda de Cristo, aplicado por fe al alma. También le mostró como el amor de Cristo constriñe al creyente a dedicarse al servicio de Dios, de manera que no continúa en pecado sino que lo aborrece, lo resiste y lo vence. Estos eran los temas que tocaron esa noche, y le agradó a Dios abrir el corazón de Santiago para que recibiera las verdades importantes que había escuchado, de manera que Andrés tuvo la satisfacción de verle poseído de una buena esperanza en Cristo, dando testimonio de ella al mundo.

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