viernes, 25 de noviembre de 2016

TIERRA Y ALMA ESPAÑOLA - DON JULIO CEJADOR Y FRAUCA

TIERRA Y ALMA ESPAÑOLA 
Autor:Don JULIO CEJADOR Y FRAUCA 


NIÑOS, AMAD A ESPAÑA 

237. Con estas palabras os saludé cuando abristeis este librito, con 
estas palabras me despediré de vosotros al cerrarlo. 
Amad a España, niños españoles. Aunque fuera la más desgraciada, 
la más pobre, la más menguada del mumdo, habíamos de amarla y que- 
rerla, por ser la tierra en que nacimos, por ser nuestra raza, por ser nues- 
tra alma, por ser cosa nuestra, por ser nosotros mismos. Pero, a Dios 
gracias, ya lo habéis visto: es tierra fecunda y agradecida, rica y hermosa 
de por sí y más hermoseada y enriquecida aún por el ingenio y arte de 
los españoles; es raza ahidalgada, recia y valiente, madre de muchos 
pueblos y naciones; es el alma española, de altos pensamientos, de senti- 
mientos elevados, de obras imperecederas. Fué grande España y pode- 
rosa a tiempos, a tiempos decayó y quedó abatida; pero siempre el alma 
de la raza fué la misma, capaz de volverse a levantar, señora de sí, 
esperanzada en sus destinos. 
De África volvía Juan Soldado, de luchar por la patria, aun no del 
todo curadas las últimas heridas que en el pecho recibiera. Despacio 
caminaba con su hatillo al hombro. Desvióse de la carretera y tomó 
una senda de cabras que le llevaría a su aldea. Sin padres ni otros pa- 
rientes salió de ella; pero la tierra donde nació le tiraba y a ella volvía. 
Era la noche de Navidad. Noche cruda y oscura como la boca del 
lobo. Había anochecido entoldado el cielo de blancos cendales y no cesa- 
ban de caer mansamente fríos copos de nieve. Despeado, casi sin aliento, 
arañado por las zarzas, entre la oscuridad, tocaba ya a las lindes del 
pueblo; mas alh' quedaron agotados sus últimos esfuerzos. Cayó en tierra, 
la nieve poco a poco le fué cubriendo. 
Oyóse en esto la campana de la ermita que llamaba a la misa del 
gallo, luego un estruendo de voces y ruidos de sonajas, rabeles, almireces. 
tambores, zambombas, que atronaban el valle. En tropel y sin sentir 
el frío por ir henchidos de vino, encendidos los rostros, cantando, gritando, 
blasfemando, a trancas y empujándose, llegaron los vecinos del lugar. 
Pasaron junto a él, atropellándole y pisoteándole. Acabada la misa vol- 
vieron de la misma manera. El postrer grupo notó que había allí un 
cuerpo caído. Uno gritó con voz aguardentosa y en tono socarrón: «¿Quién 
vive?» 
El infeliz soldado, con la imaginación calenturienta, recogiendo sus 
últimos alientos, respondió en voz clara y solemne: «¡España!» «¡España!»
Una larga carcajada acogió la respuesta. «¡Es un borracho!» Y se 
alejaron, dejándole abandonado, dando risotadas y tambaleándose. 
Al día siguiente el pueblo entero desfilaba por la escuela, donde yacía 
el difunto Juan Soldado, recogido por el maestro. A las preguntas de 
los curiosos sólo supo responder: «Xo sé qmén es. Esta mañana al ir a 
misa del alba a la ermita me lo encontré entre la nieve ya casi yerto, 
aunque todavía rebulha algo. Cuajarones de sangre le chorreteaban por 
la cara. En la mano apretaba el pañuelo rojo y amarillo de la bandera 
española, como si con él hubiera enjugado sus ultimas lágrimas. Pregún- 
tele quién era y me respondió con voz apagada y moribunda:!España! 
¡España!» 
Juan Soldado, niños españoles, es figura de nuestra patria, de Es- 
paña tendida en tierra, acribillada de las heridas que trajo de luengas 
tierras adonde fué a defender la verdad y la justicia, cobijada por la 
bandera española. Intrigantes y vividores, interesados y malos gober- 
nantes, traidores separatistas, pasan por encima de ella y la acocean 
despiadadamente. Hasta algunos de sus hijos, que se llaman a sí mismos 
intelectuales, desahogan contra ella no sé qué veneno que trajeron de sus 
viajes por Europa, la llenan de vituperios e injurias, le repiten en todos 
los tonos la leyenda negra inventada por sus enemigos, le echan en cara 
su crueldad, su pereza, su ignorancia en los tiempos pasados y en los 
presentes, convierten sus glorias, unas en leyendas, otras en horrores 
de un pueblo cruel, reaccionario, torpe y oscurantista, enemigo de la 
libertad y de la cultura, incapaz para colonizar y envuelto en burdas 
supersticiones, grosero, hambrón, harapiento y sucio, que nada supo 
hacer por la humanidad y merecedor de que la historia no le tenga en 
cuenta, de un pueblo, en fin, tan contrario del que os he mostrado como 
la noche del día. 
¿Quién de vosotros, niños españoles, contemplará enjutos los ojos 
tan horrible escena y sufrirá en silencio tales palabras? Imitad al buen 
maestro que recogió a Juan Soldado. Meted en lo más entrañable de 
vuestros corazones el amor a España, vilipendiada y escarnecida; amadla, 
abrazadla con todo vuestro cariño, estudiadla cada día más, leed para 
ello y releed este librito, y criad pechos generosos para defenderla cuando 
seáis mayores. España necesitará de vosotros. Habréis de defenderla 
con las armas y con las palabras y escritos. Oue el nombre de la patria 
sea sagrado para vosotros. Que la sola vista de la bandera española os 
llene de regocijo, levante vuestros pensamientos y encienda vuestros 
corazones. Juan Soldado murió gloriosamente, como los infinitos héroes 
españoles que desde el cielo coronan a la patria, y os miran puestas sus 
esperanzas en vosotros. España está tendida en tierra, malherida, aco- 
ceada, escarnecida, hasta por algunos de sus propios hijos; pero no está 
muerta. Nos ha tocado vivir en menguados días para la patria; mas no 
desmayéis. Peores los tuvo, por más azarosos trances pasó y sin embargo 
pudo rehacerse y levantarse más briosa y pujante. 
Los bárbaros del Norte la hundieron y ella se sobrepuso a los bár- 
baros del Norte, brillando por su cultura en medio de las tinieblas que 
habían envuelto el mundo romano. Las hordas musulmanas la destro- 
zaron y ella supo echarlas de su suelo y alzarse como un pueblo nuevo, 
rebosante de energías, que señoreó el mundo viejo y descubrió y civilizó 
otro nuevo. Volvió a caer bajo la misma pesadumbre de sus laureles, 
como heroica defensora de la verdad y de la justicia. Y llegaron los 
ejércitos de Napoleón y ella, la más abatida de las naciones europeas, 
venció a los que a las poderosas naciones europeas habían vencido. 
Y quiso levantarse y pareció resucitar; pero una jxjlítica extraña y con- 
traria a su naturaleza la ha tenido postrada y la ha empequeñecido des- 
pojándola de inmensos territorios. 
¡No importa!, debemos decir, como siempre dijeron los españoles. 
|No importa! A pesar de sus descaminados gobiernos, España se rebulle, 
está sana en el corazón, va levantándose por días. No hay que desespe- 
ranzarse. En la pérdida de la esperanza está la muerte. Pero el pueblo 
español vive y alienta y quiere ser grande y poderoso. Es la mejor prueba 
de su salud y robustez. El alma española, libre e independiente, demo- 
crática e igualitaria como ningima otra, ha caído en la cuenta de la careta 
de libertad que traían las ideas políticas venidas de Francia, las ha des- 
enmascarado y comienza a echar de sí toda esa farsa y embuste. La gu- 
sanera intelectual, inoculada en España por las doctrinas francesas del 
siglo XVTU, amique acaso haya servido de reactivo para que despertase 
el adormecido espíritu democrático español, hierve ya en podre que se 
cae por su propia nada. 
Temblad de todo aquel que os hable de europeizarnos, porque es de 
los que no ven nada bueno en el alma española y malician toda nuestra 
historia atropellando las verdades más manifiestas. Europeizar es des- 
españolizar y eso es matar a España, quitarle su natural para darle el de 
otros pueblos. Pero España tiene su natural y un temperamento más 
democrático y libre que el resto de Europa, ya lo habéis visto por su 
historia, y siempre perdió con ese traer cosas de fuera que no le enta- 
llaban ni le venían bien. Europa se crió en el feudalismo y en la servi- 
dumbre; España en las libertades comunales de la reconquista. 
España y Europa cayeron bajo las garras absolutistas del imperia- 
lismo pagano, traído por el Renacimiento. La revolución francesa, pagana 
e intransigente, imperialista, madre de Napoleón, no podía engendrar la 
verdadera libertad. Cuando Europa quiso atrapar la libertad que, cual 
mariposa de irisantes y engañosos colores, salió de aquella revolución, 
se halló con una libertad mentirosa, con una oligarquía o mando de unos 
cuantos, oligarquía tan absoluta como la absoluta monarquía anterior. 
El pueblo español se ha desengañado ya y se burla de todo el tinglado 
liberal, tan intransigente y tirano como el rey absoluto que fué causa 
de su ruina. El derecho electoral y la representación parlamentaria son 
trampantojos que ya a nadie engañan. 
Y no extrañéis que haga hincapié en la mala y extranjeriza política 
de nuestra España, porque ella es la que la mantiene hundida, después 
de haberla hundido el antiguo régimen de los extranjeros reyes absolutos. 
El pueblo se siente abandonado, los que se llaman sus representantes 
sabe que no lo son sino de los partidos políticos que turnan en el poder, 
que no miran sino por sus particulares intereses, despilfarrándose la Ha- 
cienda pública en favor de unos cuantos, torciéndose la Justicia, des- 
atendiéndose los verdaderos merecimientos, triunfando sólo los vivos y 
paniaguados de los políticos. 
Pero España romperá un día estas cadenas, porque la raza indepen- 
diente y valerosa de siempre vive y comienza ya a romperlas. La raza 
no está aniquilada. A seis millones bajó su población; hoy anda cerca 
de los 23 millones. Su deuda pública, de 15.000 millones, es harto poca 
cosa delante de la deuda de las naciones más poderosas. La riqueza de 
España se calcula en el año 1924 en, 218.000 millones y su renta pasa 
de 25.000 millones, a pesar de que están sin aprovechar la mayor parte 
de sus fuentes de riqueza. No está España arruinada; es rica y lo será 
cada día más. Y al empuje de la raza española, que rebrota en inmensos 
territorios americanos, ¿quién le pondrá medida? La raza está pujante y 
suyo es el porvenir. 
Veinte retoños frescos y lozanos, veinte naciones españolas de Amé- 
rica, estarán con España, porque no podrán descastarse ni despedir de sí 
el espíritu único de raza que les dio vida y crecimiento. Francia e Italia 
no han podido crear, no veinte, pero ni un solo pueblo lejos de su patria. 
Las naciones latinas se dividirán el mundo con las sajonas y de las latinas 
España con sus veinte hijas americanas será la que enarbolará la bandera 
de la civilización latina y mediterránea, madre de la verdadera civilización. 
A España le están reservadas grandes cosas en los tiempos venideros. 
No está en nuestra mano predecirlas ni tejer la historia futura. Dios sobre 
todo. Pero, si No podemos romper la tela de los sucesos tejida en los tela- 
res de la eternidad, hilamos por lo menos con nuestro querer y obrar 
los hilos con los que la Providencia divina la teje confonne a sus ines- 
crutables designios. Si alguna raza dio pruebas de esforzada voluntad y 
de recia constancia es, sin duda, la raza española. Si alguna raza demos- 
tró tener im espíritu propio, personal, inconfundible, a la par que em- 
prendedor, aventurero, sufrido, libre e independiente, contradistinto del 
espíritu de los demás pueblos de Europa, fué la raza española. Y ese 
espíritu está encarnado en 120 millones de hombres, desparramados, 
no solamente en Hispanoamérica, sino en los Estados Unidos, en Fili- 
pinas y entre los israelitas de las costas todas del Mediterráneo. Y esta 
inmensa raza está en los comienzos de su desenvolvimiento, las dilatadas 
tierras americanas serán mi semillero de gentes innumerables, la mitad 
del Globo tendrá gentes de raza española. Críen, pues, los hijos de Es- 
paña pechos esperanzados en el porvenir de la raza, porque siempre fué 
verdad que querer es poder y, cuando toda la raza española quiera, 
podrá. 

Y el patriotismo, el amor a la patria, es el alimento de la voluntad 
y del querer de las naciones. 

Niños, amad a España. 

FIN 

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