sábado, 24 de diciembre de 2016

106-108- LAS TARDES CON LA ABUELA- OSCAR MAYORGA

 106-108- LAS TARDES CON LA ABUELA-
 OSCAR MAYORGA


CONSEJO ESTATAL PARA LAS CULTURAS Y LAS ARTES DE CHIAPAS
2008

Cuando hubieron servido el café y comentado un poco la cena familiar de la víspera y algunas generalidades, la abue- la encendió su primer cigarrillo de la tarde y con una sonri-
sa de sus ojos grises le dijo a Andrés:
—Hoy empezaré por contarte todo lo relativo a tu abuelo José Andrés, como me lo pediste. Pensando lo que te iba a decir, anoche me pasé varias horas recordando, desenterran- do detalles del pasado que creía haber olvidado completa- mente -dijo aspirando el humo de su cigarrillo, mientras se acomodaba la chalina como si de pronto le hubiera dado frío.

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 —Bien. Ya te he dicho que era muy joven cuando conocí a José Andrés Grijalva, acababa de cumplir dieciséis años; él iba a cumplir los treinta. Había llegado a nuestro pueblo, Cuilco, pocos años antes, procedente de la capital, donde era estudiante de medicina. Había nacido en Managua, Nica- ragua en una familia de hacendados venida a menos, entre otras cosas, por haber perdido casi todas sus propiedades durante las revueltas sociales y por las expropiaciones que hizo el gobierno. En Guatemala, José Andrés se había mez- clado en asuntos de política que sobrepasaron los límites de la universidad y su vida se vio amenazada porque se decía que había participado en un complot para asesinar al dicta-dor que gobernaba en Guatemala. No podía regresar a Nicaragua porque no quería que su familia lo considerara un fracasado por no haber terminado la carrera de medicina. Era muy orgulloso. Se había refugiado en Cuilco, cerca de
 
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Las tardes con la abuela. Retrato de familia en la distancia
 
los límites con México, ayudado por unos compañeros de la universidad, originarios de Cuilco, porque allí estaba bastante lejos de la capital para que siguieran ocupándose de él y cerca de la frontera mexicana en caso de que necesitara escapar.

En Cuilco se había dedicado a la enseñanza. Era maestro de primaria y después empezó a dar clases en la escuela nor-mal. Gustaba mucho de la música y había fundado una estu- diantina con muchachos y muchachas del pueblo que llamó "Orfeón Largaespada", que era su apellido materno. Además, daba clases particulares de guitarra y de inglés. Yo tenía una muy buena amiga, Albertina Briones. Ella se había enredado en amores con el maestro Grijalva, como todos lo llamaban y tuvo un hijo de él, José Raúl. Yo sabía todo por Albertina, quien confiaba en mí. Éramos buenas amigas. Invitada por ella, fui una tarde a los ensayos de la estudiantina. Lo que sucedió nunca me lo expliqué con la razón. Desde el primer momento en que lo vi, sentí que el corazón se me salió del pecho y se anidó en el suyo. Es cursi decirlo, pero fue un amor a primera vista. De su parte también. Yo olvidé lo que Albertina me había contado. Prácticamente era su mujer, vivían juntos y tenía un hijo suyo. Olvidé que era mi amiga. Olvidé que él era un extranjero, un desconocido, un hombre que me doblaba casi la edad. Lo olvidé todo y me enamoré perdidamente de él. Con el pretexto de que me iba a enseñar a tocar la mandolina, regresé varias otras tardes. Nos amamos mucho.
Pasaron los meses. Cuando descubrí que estaba encinta se lo comuniqué inmediatamente. El antiguo estudiante de medicina tenía ciencia suficiente para suspender aquel embarazo. Pero sin decirme nada me dio a beber un "reconstituyente", según él, para fortalecerme porque estaba un poco anémica, menjurje que me provocó unas hemorragias espantosas. Mi madre se dio entonces cuenta de que yo estaba embarazada. Enfermé de gravedad, aquellas hemorragias me llevaron a las puertas de la muerte. Pero, gracias a Dios, nos

salvamos los dos: el bebé y yo. Mis hermanos mayores, furiosos, tomaron cartas en el asunto. Cuando, después de un par de semanas me recuperé lo suficiente para dejar la cama, José Domingo y Everardo, mis hermanos, fueron a buscar a José Andrés con pistola en mano y lo amenazaron de muerte si no lavaba el honor de la familia. Yo no había vuelto a verlo desde que me dio a beber aquel abortivo. No podía creer que por su culpa hubiésemos estado a punto de morir el bebé y yo. Aunque asustada, yo me había puesto feliz al saber que iba a ser madre, que iba a tener un hijo de aquel hombre a quien amaba tanto. En mi ingenuidad creí que él iba a ponerse feliz también. Mi amor por José Andrés me había hecho olvidar que él tenía compromisos, que vivía con Albertina, mi mejor amiga, y que tenía un hijo con ella. Mis hermanos le exigieron que se casara conmigo para que el bebé que venía en camino no fuera un bastardo. Recuerdo que José Domingo dijo aquella palabra, bastardo, que a mí me sonó horrible. Entonces sucedió algo que jamás hubiera imaginado. José Andrés se negó a casarse conmigo.
—La Pina ya no era virgen -dijo-, estaba más abierta que un zaguán.
—Yo no lo podía creer. Me puse a llorar con toda la pena, la desilusión, la tristeza y el dolor de sentirme defraudada por aquel a quien tanto amaba. ¿Cómo podía decir eso él, precisamente él, a quien yo había dado todo mi amor? Mis hermanos no dieron crédito a sus palabras y nos condujeron ese mismo día a Coatepeque, un pueblo de la costa, cerca de la frontera mexicana. Nos casó un juez que estaba cayéndose de borracho. No recuerdo qué más pasó durante el trayecto, pero José Andrés y yo no volvimos a hablar. Yo me sentía muy herida y después ya no quise verlo. Eso fue en los primeros días de enero de 1918.
De cuando en cuando nos llegaban ecos de la Gran Guerra europea que duraba ya varios años y que parecía a punto de terminar. El mundo estaba cambiando. Y mi mundo cambió

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 completamente. De aquella adolescente alegre, un tanto frí- vola y llena de vida que era, me transformé en una mujer que había entrado a la vida adulta por la puerta equivocada y que estaba pagando el precio por ello. Sí, todo aquel mundo de ensueño en el que había estado viviendo desde hacía cosa de un año, se transformó en un infierno. No sólo perdí al hombre que tanto había llegado a amar y en el que había forjado tantos sueños, sino que sentía que mi vida estaba deshecha. Llorando, de rodillas, le pedí perdón a mi madre y le rogué por el alma de mi padre muerto que me apoyara ante mis hermanos. Ella hizo lo que pudo, pero eran José Domingo y Everardo los que mandaban en todo.
Nunca más volví a ver a José Andrés. Supe después que se había ido del pueblo. Mis hermanos me ordenaron que me quitara los zapatos y, descalza, como las sirvientas indígenas que trabajaban en la casa, me pusieron a trabajar en la cocina. Yo ya no era la niña bonita de la familia, sino una sirvienta más, que comía en la cocina, con las demás sirvientas, cuando todos habían terminado de comer, y que tenía que lavar, barrer y trapear, cosas que nunca antes había hecho. Cuando me faltaban unos dos meses para dar a luz, me enviaron a la hacienda de Zosí, donde nació mi bebé, tu papá, el 20 de mayo de 1918. Mi mamá estuvo con- migo todo el tiempo, no así María, mi única hermana, quien no me perdonó, hasta muchos años después. Yo había pasa- do todo el tiempo del embarazo muy mal. Desde el conato de aborto y todo lo que entonces sucedió, me quedó una depresión profunda. Ni siquiera el haber dado a luz a un hijo me quitó aquella enorme tristeza. Mi madre se encargó del bebé. Ella lo llevó a bautizar y le puso por nombre Gustavo Adolfo, en recuerdo del poeta Bécquer, que tanto le gustaba.

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