jueves, 29 de diciembre de 2016

141-LAS TARDES CON LA ABUELA

Óscar Mayorga
LAS TARDES
CON LA ABUELA
RETRATO DE FAMILIA EN LA DISTANCIA
CONSEJO ESTATAL PARA LAS CULTURAS Y LAS ARTES DE CHIAPAS
2 0 0 8

Como en Huehuetenango seguía habiendo peligro para él,
José Andrés discurrió, por consejo de sus amigos, dos de
ellos originarios de una pequeña población llamada Cuilco,

del mismo Departamento de Huehuetenango, trasladarse a
ese pueblo,
donde no había policía, ni población indígena y
todos los habitantes tenían estudios superiores”, como se
preciaban de decir los cuilqueños.
José Andrés llegó a Cuilco,
muy cerca de la frontera mexicana, en el otoño de 1912.
Gracias a las recomendaciones de sus amigos, consiguió alojamiento
en casa de la familia Briones
, una viuda con dos
hijos adolescentes, que lo recibió amablemente, sobre todo
porque sabía que se trataba de un “refugiado político” y el
marido, un profesor normalista, había sido asesinado por
militares del régimen del dictador por sus críticas al sistema.
José Andrés empezó a trabajar como profesor de primaria y
después de la escuela normal de Cuilco. Daba, además, clases
de música y con eso se sostenía. Así pasaron tres años.
Los hijos de la viuda Briones eran un muchacho de dieciocho
años llamado Galileo y una jovencita quinceañera,
Albertina.
José Andrés ya se había percatado que no era indiferente
a los ojos de la joven, que era una chica muy rubia,
de ojos azules
y talle espigado
. Una noche, en que hacía
mucho calor y él se encontraba tumbado en la cama, casi
desnudo, fumando en la obscuridad de su cuarto, Albertina
entró a tientas y se metió en su cama. José Andrés no hubiera
querido que aquello sucediese porque, aunque le gustaba
la muchacha, no quería tener nuevamente dificultades por
cuestiones de faldas. Pero no pudo rechazar aquella visita
nocturna que se repitió varias veces. Cuando la viuda se dio
cuenta que Albertina estaba embarazada, habló con José
Andrés. Ella lo admiraba y apreciaba y le dijo que sólo le
pedía que diera su nombre al bebé que venía en camino. No
se opuso a que continuara las relaciones con su hija porque,
en el fondo, abrigaba la esperanza de que un día se casaría
con ella y no podía desear un partido mejor para su hija que
aquel joven inteligente y guapo, de buena familia –eso se
veía a leguas–,
aunque venida a menos. Así estaban las cosas
cuando tu abuelo y yo nos conocimos y toda la vida cambió.

—Y la familia de Nicaragua, abuela, ¿qué pasó con los
bisabuelos Grijalva Largaespada? ¿Nunca los volvió a ver mi
abuelo José Andrés? –preguntó el nieto con ansiedad,
deseoso de conocer toda la historia de su abuelo.
—Cuando era estudiante en Guatemala solía regresar a
Managua durante las vacaciones, pero a partir de que dejó la
universidad por aquellos problemas políticos, no volvió ni
una sola vez, ni cuando murió su madre, Timotea, a finales
de 1914, y él estaba viviendo en Cuilco

______________________________ Tu abuelo era muy orgulloso. Le
importaba ante todo “la bella figura”, como dicen los italianos.
Cuando andas por la calle como maniquí, pareces un
verdadero dandy, pero si te volteamos de cabeza no cae de
tus bolsillos ni un centavo –le decía bromeando
Teófilo
Hernández, uno de aquellos amigos de Huehuetenango,

que era como un hermano para José Andrés.
—El dinero no lo es todo –replicaba él–, eso es algo que
tú, que eres un avaro prestamista de siete suelas, no puedes
comprender.----------------------------C
uando lo de los
problemas de la universidad y su huida a Huehuetenango,
él empezó a mentir. Una vez que pudo comunicarse por
carta con sus padres, les hizo saber que estaba haciendo un
tiempo de internado en uno de los hospitales de aquel lugar,
como parte del programa de estudios. Después, cuando se
trasladó a Cuilco,les dijo que era para hacer su servicio
social.

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