jueves, 22 de diciembre de 2016

88-89 Óscar Mayorga LAS TARDES CON LA ABUELA

 Óscar Mayorga
LAS TARDES
CON LA ABUELA
RETRATO DE FAMILIA EN LA DISTANCIA
CONSEJO ESTATAL PARA LAS CULTURAS Y LAS ARTES DE CHIAPAS
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Por favor, abuela, cuéntame ahora el origen de esta casa,
la Casa de las Bugambilias
–pidió Andrés, después de servirse
otra taza de café, mientras la abuela Pina encendía el enésimo
cigarrillo de la tarde. Desde que era pequeño la casa de
los abuelos le fascinaba.
Había sido el lugar de las grandes
aventuras con sus primos, donde se bañaban en la fuente,
jugaban a los piratas, a los vaqueros y a los indios, inventaban
expediciones, se subían a los árboles y hacían campamentos
en las noches cálidas del verano. Pero nunca antes
había él preguntado a su abuela el origen de aquella casa.
—La historia es casi increíble, pero así me la contó mi
mamá. Sucede que, durante el viaje de bodas de mis padres
Fermín y Agripina, al llegar a Tapachula se quedaron solamente
tres días y continuaron el recorrido por los demás pueblos
costeños hasta llegar a Tonalá. Allá pasaron unos días,
fueron al mar a un lugar llamado Paredón, que es un puerto
natural con playas donde uno se puede bañar tranquilamente.
Fermín y Agripina estaban felices y gozaron mucho de
todo el viaje. Comieron hasta saciarse: huachinangos, filetes
de robalo, mojarras fritas, al mojo de ajo y el delicioso lenguado,
así como una variedad de mariscos que ellos no conocían,
como el coctel de chiquirines, que son unos crustáceos como
cucarachas grandes que anidan en la arena de las playas y
que son el mejor aperitivo que puedes probar; tomaron también
camarones, ostiones, almejas, pulpos y calamares en su

mandatinta,
langostinos y caracoles. Y la hueva frita de lisa, que es
deliciosa. Agripina temía ganar tanto peso que ya no le vendría
la ropa que había llevado para el viaje.
De regreso decidieron pasar unos días más aquí en
Tapachula. A Agripina le gustó mucho el pueblo donde había
nacido su abuela Juana Arriaga, pueblo que, ya para entonces
era bastante grande, con calles bien trazadas, muchas
de ellas empedradas, su parque central, su parroquia de San
Agustín y su palacio municipal. Caminando por el centro del
pueblo vieron una casa cuya fachada estaba cubierta de
bugambilias de tres colores distintos
–la casa donde ahora
estamos–, que a Agripina le fascinó.
La casa, situada en una
calle ancha, conservaba en la banqueta los restos de unos
árboles secos cuyos troncos desnudos contrastaban con el
colorido de las bugambilias. La puerta estaba entreabierta y
ellos se asomaron por el pórtico de la entrada hasta descubrir
este corredor en torno al patio central que ya era tal y
como lo ves ahora. Estaban contemplando, como intrusos,
la belleza de la casa, de tipo colonial, como solía llamarse a
este estilo más bien andaluz,
cuando una sirvienta india
salió a ver qué deseaban.
—¿Vienen sus mercedes por lo de la venta de la casa?
–preguntó.
Fermín y Agripina no supieron qué responder. Entonces
la sirvienta les dijo que la señora Herminia, la dueña, no
estaba en casa, pero que podían esperarla pues no tardaría y
seguramente le iba a dar mucho gusto que se interesaran en
comprar la casa pues quedaba poco tiempo para rescatarla
de la hipoteca, que vencía al final del mes. Jorge Pérez, un
agiotista sin misericordia, quería aprovecharse de la situación
de la señora Herminia y la casa sería embargada si
antes de fin de mes no se vendía, los hizo pasar y les ofreció
un poco de café…
En unos cuantos minutos aquella muchacha les había
contado casi toda la historia de la Casa de las Bugambilias.

La dueña era una señora mayor, viuda, originaria de Comitán,
quien estaba en bancarrota y al no poder rescatar la
hipoteca de la casa la iba a perder. El difunto esposo había
malgastado toda su hacienda por culpa del maldito juego y
al morir, sin hijos, había dejado a la señora Herminia cargada
de deudas e hipotecas. Todo lo había ido pagando pero
ahora sólo le quedaba la casa que estaba a punto de perder.
Estaba aún hablando, cuando llegó la señora Herminia. Se
trataba de una persona mayor que, al enterarse que la pareja
era de Guatemala y estaban recién casados, se mostró
muy amable y los invitó a pasar
, a sentarse en unas mecedoras
como éstas y a tomar café. Algo extraño pasó entre la
señora Herminia y Agripina. Las dos experimentaban la
sensación de que no era la primera vez que se encontraban.
Había algo familiar para cada una en el rostro de la otra.
Herminia les preguntó de nuevo sus nombres.
Yo soy Agripina Moreno y mi esposo se llama Fermín
Maldonado.
Él es de Huehuetenango
y yo de Xelajú –dijo
Agripina,
y agregó:– Discúlpeme, señora, pero yo a su merced
la he visto antes, pero no sé dónde…
—Lo mismo me parece a mí –replicó la otra–. Me llamo
Herminia García viuda de Palacios. Nací en Comitán pero he
vivido aquí en Tapachula desde hace muchos años. Mi esposo
era de acá y se llamaba Teófilo Palacios.
Nunca he estado
en Guatemala
y su merced es la primera vez que viene a
Chiapas. No entiendo dónde pudimos encontrarnos antes.
—Me dirás que es un lugar común decir que el mundo es
muy chiquito, pero así es –dijo la abuela Pina a Andrés Grijalva–.
Para no hacerte largo el cuento, resulta que la señora
aquella era una de las hermanas de mi abuela Rosenda
García, la madre de Agripina Moreno
, quien al saberlo entendió
que era a su madre a quien aquella buena señora le
recordaba. Y lo mismo le había parecido a ella. Herminia se
puso de pie, los abrazó a uno y a otro con emoción y lágrimas
en los ojos y dio gracias al cielo que los hubiera mandado en esos precisos momentos y que estuvieran interesados
en comprar la casa. Fermín y Agripina no salían de su asombro.
Después de un rato se despidieron y prometieron que
regresarían al día siguiente, porque necesitaban decidir antes
lo que iban a hacer.
Una vez en la pensión donde se habían alojado, consideraron
seriamente el asunto. No había sido su intención inicial
comprar una casa en Tapachula, pero ahora, tal y como
las cosas se presentaban, la idea no les parecía mal. Tenían
el dinero suficiente para comprarla y mucho más, porque la
dote en efectivo que Juan Moreno les había dado había sido
muy generosa. No traían todo el dinero consigo pero eso se
podía arreglar, sin duda, firmando un pagaré. Lo curioso,
que a ellos les parecía providencial, era que Herminia fuera
de la familia de Agripina, una de las tías mexicanas de las
que su madre nunca hablaba, como si nunca hubieran existido.
Era Herminia la que había escrito a Rosenda para decirle
que la madre Juana Arriaga había muerto. La vida daba
muchas vueltas y ellos estaban ahora a punto de salvar de la
ruina y de la vergüenza a aquella tía que surgía de pronto
como un emisario del pasado familiar. Sí, comprarían la
Casa de las Bugambilias
; el precio que Herminia les había
dado no era muy caro, era más bien una ganga y ellos tenían el
dinero suficiente para hacer la compra.
—Ahora que podemos hacerlo –dijo Fermín–, nunca se
sabe lo que pueda suceder después. Los bienes raíces casi
nunca se devalúan; será una inversión para el futuro, tal vez
algún día nosotros o alguno de nuestros hijos, se viene a
vivir a México.

Con el dinero de la venta Herminia pagaría la hipoteca y
le quedaría una buena suma aún para irla pasando por un
tiempo. Ellos le iban a proponer que siguiera viviendo en la
casa el tiempo que Dios le prestara de vida, sin preocuparse
de tener que pagar renta, como si la casa siguiera
siendo suya y, cuando ella desapareciera, ellos dispondrían

entonces de la propiedad. Cuando al día siguiente cerraron
el trato y firmaron los papeles necesarios ante un notario y
entregaron una parte del dinero a la tía Herminia, como
habían empezado a llamarla, quien no dejaba de llorar de
emoción y gratitud para con el cielo y aquellos ángeles que
Dios le había mandado en su ayuda.
—Esta es la historia de la Casa de las Bugambilias –concluyó
la abuela encendiendo un cigarrillo más–. La tía Herminia
siguió viviendo en esta casa hasta su muerte, unos tres
o cuatro años más tarde. La casa estuvo siempre a nombre
de mi madre quien, después de la muerte de Herminia, la
mantuvo rentada todo el tiempo. Cuando mi mamá murió,
nosotros vivíamos en Cuilco y
en su testamento me la dejó
en herencia a mí, tal vez por estar casada con un mexicano.
Al regresar a este lado, estuvimos viviendo un tiempo en
Motozintla porque sus padres, que se acababan de casar,
vivían allá. Más tarde, como ya te conté, cuando tú ya tenías
dos años, tu papá consiguió trabajo en la Finca Germania y
ustedes se fueron para aquellos rumbos, que era un paraíso
en plena montaña; entonces, tu abuelo Alfredo y yo, decidimos
venir a vivir a Tapachula, con nuestros hijos que estaban
casi todos muy jóvenes, algunos, aún pequeños. Desde
entonces vivo en la Casa de las Bugambilias. Y, una vez que
tu curiosidad está satisfecha, déjame terminar de contarte la
historia de mis padres.

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