viernes, 23 de diciembre de 2016

94-95 Óscar Mayorga LAS TARDES CON LA ABUELA

Óscar Mayorga
LAS TARDES
CON LA ABUELA
RETRATO DE FAMILIA EN LA DISTANCIA
CONSEJO ESTATAL PARA LAS CULTURAS Y LAS ARTES DE CHIAPAS

Mi padre murió cuando yo apenas iba a cumplir diez
años, pero lo recuerdo muy bien. Habíamos ido todos en
familia a comer a la orilla del río San Pedro, en una parte
donde hay unas piedras grandes y se encuentra la Laguna
Encantada. A mi mamá le gustaba que, de cuando en cuando,
hiciéramos esos “días de campo” que los hijos disfrutábamos
mucho y que rompían la rutina de la vida de todos los
días. Siempre le gustó mucho la naturaleza y estar al aire
libre. Ella decía que era sano compartir actividades y diversiones
todos juntos que nos unieran como familia porque de
lo contrario cada quien buscaría divertirse por su cuenta, en
otra parte. Se preparaban grandes canastas con comida y llevábamos
manteles, platos y todo lo que se necesita para un
verdadero banquete campestre. Solíamos bañarnos antes de
comer (“nunca después”, sentenciaba mi madre), nadábamos
en la laguna y la pasábamos todos muy bien. Cuando
salíamos del agua, nos secábamos en aquellas enormes piedras
calientes por el sol de todo el día y nos lanzábamos al
ataque, devorando todo lo que habíamos llevado para comer.
Luego jugábamos o nos poníamos a cantar. Todos esperábamos
con ansiedad esos días de campo que disfrutábamos
mucho. Creo que, en parte, ayudaron a que fuéramos siempre
una familia bastante unida.

En esa ocasión mi padre no había venido con nosotros
porque tenía trabajos pendientes pero vendría a alcanzarnos
por la tarde. Para ahorrar tiempo llegó a caballo. Venía riendo
y silbando, era muy simpático, siempre estaba bromeando. Y
cuando estaba a unos cuantos metros de nosotros, de pronto
el caballo se encabritó y se paró de manos debido a que una
serpiente se le atravesó. Esto lo cogió desprevenido, venía distraído,
y se cayó del caballo. Su cabeza dio contra una de las
piedras, se desnucó y murió, instantáneamente. Fue horrible.
No dábamos crédito. Mamá empezó a dar gritos, como si se
hubiera vuelto loca, mis hermanos trataron de levantarlo y llevarlo
a la hacienda para salvarlo, pero fue en vano. Ya estaba
muerto. Recuerdo como si lo estuviese viendo, de los oídos le
escurrió un hilo de sangre, y su perfil se le afiló todavía más,
al tiempo que se iba poniendo del color de la cera. Pobre
papá, era un hombre muy bueno, siempre estaba de buen
humor y nos quería mucho a todos los hijos. Y yo era la consentida,
porque de los once sólo éramos dos mujeres, María,
diez años mayor, y yo. Ya no me acuerdo qué pasó después.
El pueblo entero se volcó en nuestra casa, durante el velorio,
llegaron parientes de Huehue y de Xela. Yo no paraba de llorar.
La gente me compadecía y algunos me sonreían tratando
de consolarme. Yo pensaba que cómo podía sonreír la gente
cuando mi papá había muerto y nunca más iba a estar con
nosotros, jamás lo iba a volver a ver. Si mi padre no hubiera
muerto, tal vez no hubiera yo vivido todo lo que me pasó.
Pero eso se dice siempre, ¿no es cierto? Uno no sabe nunca
cómo situarse ante la muerte. Siempre nos encuentra indefensos
y débiles, nunca se está preparado para ella y, cuando
llega, nos golpea donde más nos duele.
A mi papá lo sepultaron en el panteón de Cuilco, al lado
de las tumbas de sus padres
. Eso fue en mayo de 1909. José
Domingo y Everardo, los hermanos mayores, asumieron
todas las responsabilidades en la hacienda, en la casa y en

la familia.
13
Durante varios años Andrés dejó de ir de vacaciones a
Chiapas. Una vez que terminó los estudios de relaciones
internacionales en la universidad, obtuvo una beca para
hacer una maestría en Canadá y vivió unos años en Ottawa
y Toronto. Después estuvo durante varios años en Austria,
en Suiza y en Italia, enviado siempre por la Secretaría de
Relaciones Exteriores de México
. Las vacaciones de esos
años, en lugar de pasarlas en México, las había aprovechado
para viajar por varios países del viejo mundo y del continente
asiático. Cuando finalmente regresó a su país, iba a
cumplir ya treinta y cinco años
. Desde hacía algunos años
usaba anteojos. La juventud había quedado atrás y se estaba
acercando a la peligrosa “mitad de la vida”, aquella que
va de los treinta y cinco a los cuarenta y cinco años
. En
cuanto pudo tomó unos días libres para ir a casa. Era a finales
de la temporada de secas y ya habían caído las primeras
lluvias. Su madre le había dicho, por carta primero y por
teléfono después, que la abuela Pina había estado muy
enferma y que por esos días aún guardaba reposo, convaleciente.
En la tarde del mismo día que llegó, fue a visitarla.
Esperaba que la encontraría en su recámara, en cama tal
vez, pero la abuela lo esperaba fumando, como siempre, en
el corredor de la Casa de las Bugambilias.
—No deberías fumar tanto, abuelita, te va a dar cáncer
–le dijo tratando de disimular la sorpresa de encontrarse
con una abuela súbitamente envejecida, muy delgada, demacrada,
con una palidez en el rostro, aunque se había
maquillado levemente, y un profundo cansancio en la mirada.
Cuando se inclinó para besarla, como siempre lo hacía,
ella le echó los brazos al cuello y lo llenó de besos en los
ojos, en las mejillas, en la boca.

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