sábado, 10 de diciembre de 2016

LAS TARDES CON LA ABUELA- BODA DE FERMIN MALDONADO Y AGRIPINA MORENO- PARTIDA NACIMIENTO

 Óscar Mayorga
LAS TARDES
CON LA ABUELA
RETRATO DE FAMILIA EN LA DISTANCIA
CONSEJO ESTATAL PARA LAS CULTURAS Y LAS ARTES DE CHIAPAS
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Fermín Maldonado conoció a Agripina Moreno en Quezaltenango
o Xelajú, que es el nombre indígena con el que
hasta ahora se conoce a esa ciudad, a donde había ido a trabajar
para el convento de Santo Domingo. A pesar de la actitud
severa del gobierno liberal de Justo Rufino Barrios sobre
las órdenes religiosas, funcionaba en Xelajú una comunidad
de frailes dominicos, muy apreciados en la ciudad por sus
dotes intelectuales y el celo en su predicación de la palabra
de Dios. Aquellos frailes habían contratado al joven tallador
huehueteco
y lo habían alojado en la hospedería del convento
por el tiempo que duraran los trabajos. Así quiso la providencia
que Fermín y Agripina se encontraran
y que desde el
primer momento el espíritu sensible y romántico de Fermín,
el bohemio, sedujera a aquella joven de carácter fuerte
que era hija de acaudalados comerciantes.
Se conocieron una tarde cuando él, terminado el trabajo
del día, se disponía a salir a dar una vuelta por la plaza principal
mientras llegaba la hora de la cena, que hacía siempre
en el convento de los frailes. Los Moreno habían establecido
su hogar, desde que se casaron, en Xelajú,
de donde era originario
Juan Moreno y donde tenía sus principales negocios.

La joven Agripina Moreno había ido a orar aquella tarde y al
salir del templo se había encontrado con aquel joven que le
sonrió como si se conocieran de antes. Fermín le preguntó
la hora, le comentó del tiempo o algo así, lo cierto es que
cuando ambos se dieron cuenta estaban ya charlando animadamente.
Él la invitó a tomar un refresco bajo uno de los
portales que circundaban la plaza principal de Xelajú
. El sol
poniente pintaba de oro las copas de los árboles, la atmósfera
estaba límpida, la tarde era espléndida, la vida era bella
y Fermín se sentía eufórico. Le gustaba aquella joven esbelta
que lo escuchaba atentamente, con sus grandes ojos
negros, fascinada de la elocuencia del joven maestro. Él le
habló de su pasión por la luz y los colores, por la talla en
madera y por la poesía. “Te invito mañana de nuevo, si
podés venir, y entonces te enseño unos de mis poemas”, le
dijo, y ella aceptó.
Así, empezaron a conocerse y a ser buenos amigos. A
Pina le gustaba mucho aquel muchacho tan lleno de vida
que le hablaba con pasión de cosas que ella no imaginaba
que pudiesen existir, como las proporciones de una talla, la
combinación de los colores en la paleta de un pintor, las
diversas tonalidades de la luz según las horas del día o las
estaciones del año, las diferentes escuelas de pintura y de
escultura que existían en Europa y que en Guatemala tenían
muy buenos representantes y, sobre todo, escuchaba
extasiada los poemas que Fermín le leía. Él empezó a dedicarle
algunos que había escrito inspirado en ella y esa fue la
forma en que le llegó a declarar su amor. Todo fue tan rápido
y tan intenso que ninguno de los dos podía creerlo.
Cuando ambos se dieron cuenta estaban completamente
enamorados el uno del otro y se estaban jurando amor eterno,
dispuestos a casarse.
Agripina lo llevó a presentar a sus
padres y él pidió permiso para visitarla en casa como su
enamorado. Rosenda estaba feliz porque desde el principio
aquel joven guapo le cayó muy bien y le gustó para yerno.

Pero Juan Moreno no estaba de acuerdo con aquel noviazgo
y no aceptaba al muchacho que, como buen artista, era más
bien pobre. Como comerciante que era, más que un príncipe
azul, Juan quería para su hija un hombre que le garantizara
una sólida posición económica. Entonces Rosenda le
recordó a su marido cuánto habían ellos sufrido por la oposición
de su padre, el insurgente mexicano Andrés García,
cuando decidieron casarse.
—Agripina es como yo –le dijo una noche cuando estaban
ya en la cama– y si se empeña, se va a casar con este
muchacho. Es mejor que no nos opongamos. Acordáte cómo
sufrimos cuando mi padre se opuso a nuestro matrimonio.
Yo no quiero que la Pina sufra ni la décima parte de lo que
sufrí yo entonces. Tengamos confianza: después de todo, si
algo les hace falta, ¿para qué está el dinero que tenemos si
no es para nuestros hijos? El patojo es de buena familia, yo
ya lo averigüé y será un buen marido para la Pina. –Y añadió
sonriendo:– Además es muy guapo y tendremos nietos
muy bonitos. Hay que mejorar la raza
dijo dándole un beso
y metiéndose entre los brazos aún fuertes de su marido.
Juan Moreno terminó aceptando al guapo tallador que, con
el tiempo, resultó un excelente esposo, responsable y trabajador,
y un padre amoroso. La boda se llevó a cabo en el templo
de Santo Domingo, en Quezaltenango, en 1880. Trinidad
Fernández, a pesar del luto que guardaba desde hacía siete
años por la muerte de
Luis Maldonado, asistió desde

Huehuetenango con todo el clan: hijos, hijas, nueras, yernos
y no pocos nietos.
A pesar de los años seguía siendo una
mujer muy guapa, con el porte elegante
y el paso firme que
siempre tuvo.
Entró al templo del brazo de Fermín mientras
Juan Moreno condujo después a la novia hasta el altar donde
el novio la esperaba. Fue una ceremonia muy bella que gustó
mucho a todos los asistentes. El flamante suegro, Juan
Moreno, echó la casa por la ventana
y ofreció un espléndido
banquete de bodas que satisfizo a todos los invitados. Pina le
decía a Fermín que él era un milagro que Santo Domingo le
había concedido aquella tarde en que se conocieron en el
templo. En esa ocasión ella había ido a orar y a pedir a Santo
Domingo que pusiera en su camino a un muchacho que la
quisiera y con el que pudiera formar una familia. Y apenas
saliendo del templo se había encontrado con Fermín. Por eso
Pina estaba convencida que él era un verdadero regalo que
Santo Domingo le había hecho. Y, a propósito de regalos, además
de la dote en efectivo, el suegro les dio como presente
de bodas una hacienda de caña de azúcar en un poblado llamado
Zosí, muy cerca de Cuilco.

—Esta es la foto del día de la boda –dijo la abuela enseñándole
a Andrés una fotografía de formato más grande que
las demás. El novio estaba sentado en un sillón de estilo
barroco, llevaba una levita, se había afeitado la barba y lucía
un bigote bien recortado sobre los labios finos; mientras la
novia, toda de blanco con un largo vestido de raso y un velo
de tul, de pie, tenía la mano derecha sobre el hombro de él
y en la otra sostenía un bouquet de flores. Ambos eran jóvenes
y lucían felices. La fotografía, color sepia, mostraba, en
la ropa y en el decorado, todo el estilo de la sociedad guatemalteca
de aquella época.


EFRAIN MALDONADO MORENO 
NOVIEMBRE 1897
 Hijo de FERMIN MALDONADO y de AGRIPINA MORENO
Cuilco
Huehuetenango
                                                                        Guatemala

Maldonado Efrain. Por información seguida y aprobada por esta vicaría foranea en cinco de Noviembre de mil novecientos treinta y ocho, consta que Efraín Maldonado, hijo legítimo de Fermin y Agripina Moreno, fue bautizado en la extinta parroquia de Cuilco a fines de Noviembre de mil ochocientos noventa y siete, siendo sus padrinos Isidoro Fernández  y Cecilia Moreno
 

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