jueves, 8 de diciembre de 2016

LAS TARDES CON LA ABUELA-( De España a Huehuetenango 2)

LAS TARDES CON LA ABUELA
RETRATO DE FAMILIA EN LA DISTANCIA
OSCAR MAYORGA

CONSEJO ESTATAL PARA LAS CULTURAS Y LAS ARTES DE CHIAPAS

Después de un tiempo, los otros dos se dirigieron a
Quezaltenango. Luis Maldonado se quedó a trabajar con su
tío quien lo inició en el comercio del café, cultivo que estaba

iniciándose apenas y que sería estimulado años más tarde,
durante el régimen del presidente Justo Rufino Barrios. Luis
se dedicaba a comprar las cosechas de los pequeños agricultores
antes de que éstas se recogieran, dándoles préstamos
adelantados que generaban intereses y que le aseguraban los
quintales de café a un precio muy bajo. Él entregaba el producto
obtenido a los grandes propietarios de fincas cafetaleras
de la costa para los que trabajaba y se quedaba con una
buena comisión. A pesar de que muchas veces su conciencia
le reprochaba ese tipo de trabajo que atentaba contra los
campesinos, se daba cuenta de que, por sí solo, no podía
cambiar las cosas. Se prometió que nunca olvidaría que lo
que él ganaba era gracias al esfuerzo de mucha gente y que,
siempre que pudiera, ayudaría a los que lo necesitaran
. Como
era inteligente y tenía buen trato con la gente, muy pronto
Luis desarrolló muchas habilidades para esas operaciones en
las que él no arriesgaba más que su propio tiempo y su trabajo.
Él era un mero intermediario, habilitador, se le llamaba,
pero que ganaba más que los campesinos que trabajaban
duramente a lo largo de todo el año.

—Una injusticia más del sistema en que se vivía y que no
ha cambiado mucho desde entonces –dijo la abuela Pina.
Después de unos años, Luis llegó a hacer un pequeño
capital y entonces pensó en fundar una familia en aquella
tierra tan próspera para él.
En Guatemala se vivía mejor que
en su pueblo y no dudó un momento en quedarse definitivamente
allí.
Además de que le gustaba el país, se entendía
muy bien con la gente y, en general, era feliz, mucho más
de lo que jamás lo fuera en su propia tierra
. En Valencia
había dejado a una novia
con la que había mantenido
correspondencia durante esos años. Su recuerdo había sido
siempre un estímulo para progresar porque al partir de
Valencia le había prometido que volvería para casarse con
ella. Ella también le había hecho una promesa.
Te esperaré todo el tiempo que sea necesario –le había

dicho cuando él partió y se lo reiteraba en casi todas las cartas.
Cuando Luis consideró oportuno, le escribió a los padres
de la joven pidiéndoles la mano de su hija
. Regresar a casarse
a Valencia significaba un desembolso de dinero que
podía evitarse si la boda se hacía por poder y ella venía a
América
donde estaría esperándola.
La familia Fernández
aceptó porque conocía bien a Luis y a toda la familia Maldonado.
Trinidad Fernández era una bellísima joven de largos
cabellos rubios y rizados, grandes ojos verdes, risueños, como palomas soñadoras.
Tenía veinticuatro años y si bien
su familia tenía un remoto origen sefardita, en aquel entonces
todos eran ya cristianos. Marranos, les solían llamar en
Valencia a los Fernández en el pasado,
le había contado su
abuela a Trinidad.
Los Fernández, como muchas otras familias de apellidos
terminados en “ez” (que significa “hijo de”) como: López,
Sánchez, Ramírez, Martínez, González o Méndez, se decía
que eran de origen sefardita, de aquellos hebreos radicados en la Península Ibérica
desde tiempos de los romanos y que
habían sido expulsados en tiempos de los Reyes Católicos.

Pero la tradición contaba que ellos esperaban regresar un día a la antigua Sefarad, como llamaban a España, y se habían llevado consigo al partir la llave de su casa. Comunidades
enteras de esos sefarditas expulsados conservaron su lengua,
el ladino, especie de español antiguo, y sus costumbres,
donde quiera que se establecieron.
Los que abjuraron de su
fe hebrea, se convirtieron al cristianismo y pudieron salvarse
de la muerte o del exilio. Porque muchos de ellos perdieron
la vida en la Inquisición, acusados de seguir practicando su
religión. Como solían ser familias acomodadas, al ejecutarlos
se decomisaban sus propiedades, por lo que la denuncia verdadera
o falsa contra los judíos, tenía también un interés económico.
La ignorancia de la época los acusaba de practicar
misas negras y orgías donde se alimentaban con carne de
niños recién nacidos. El apelativo de marranos era infaman

te, pero los sefarditas lo portaban hasta cierto punto con orgullo,
porque significaba que eran distintos, que seguían siendo
el Pueblo Escogido y que seguirían siendo fieles a su fe en el
Dios único, cuyo nombre es Santo.
Cuando Luis conoció a Trinidad, que vivía en un pueblo
vecino al suyo, la familia Fernández estaba ya completamente
integrada a la cultura cristiana de los lugareños.
Sin embargo,
algo quedaba de aquel rescoldo lejano y los propios hermanos
de Luis se referían a la joven Trinidad como la
Marrana.
Cuando él partió rumbo a América ella le prometió
por su Dios que lo esperaría toda la vida. Y Luis cumpliría su
promesa de casarse con ella

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